A la salida del túnel

Barañain

En un artículo publicado ayer José María Maravall señalaba que “la desesperanza con la política deriva en buena parte de que los políticos no hablan de en qué país querrían vivir al final del túnel, para que se entiendan sus políticas”. Según el ex ministro, a diferencia de lo ocurrido en otros momentos de dificultades – y evocaba las que tuvo que afrontar Felipe González-, hoy nadie indica dirección alguna. Entre la angustia y el desconcierto, los ciudadanos –concluía-,  no saben qué les espera.

Maravall situaba el problema en la esfera de la política; más exactamente, en la esfera de los políticos. Ellos serían los que ignoran que dirección tomar. ¿Y los ciudadanos? ¿Sabemos lo que queremos? Identificar lo que no queremos, lo que lamentamos perder, lo que rechazamos con mayor o menor rotundidad es fácil, pero no es suficiente. De ahí no se deduce necesariamente un programa para la recuperación de lo que fuimos o tuvimos una vez. Y eso aún suponiendo que tal recuperación sea lo deseable.

Hablando de políticas de gasto público, suele decirse que es más fácil implementar un determinado recurso que eliminarlo después, aunque haya evidencia de que ya no es tan necesario o es ineficiente. La gente se resistía a perder lo que consideraba un derecho consolidado e irrenunciable (aquel centro de salud que se abrió en un barrio por la presión vecinal y que ha quedado obsoleto, aquella subvención, aquella línea de autobús hoy casi sin viajeros, etc.…). En la sociedad del bienestar –al menos en su versión meridional-, los ciudadanos se acostumbraron a acumular servicios o recursos públicos a base de superponerlos como capas de cebolla, en progresión continuada.

Nadie imaginaba, hace sólo unos pocos años, que asistiríamos a la demolición consciente y sistemática de servicios que suponíamos  invulnerables. Llegados a este punto, ¿no comparten la inquietante sensación de que no les está resultando tan difícil la demolición? Así que si,  después de todo, no era tan difícil eliminarlos, ¿la alternativa será reponerlos cuando se de la vuelta a la tortilla? ¿Será eso posible? Y, sobre todo, ¿será conveniente?

Aunque sea una obviedad, no está de más recordar que si a los políticos les cuesta  alumbrar un futuro posible –menos aún, en forma de alternativa ilusionante-, es porque en el seno de la sociedad civil no hay consenso suficiente en torno a lo deseable. Incluso dentro de cada bloque ideológico, no está claro que haya demasiadas cosas claras sobre lo que debería mantenerse o cómo deberían gestionarse los servicios públicos en el supuesto de que nos viéramos ya libres de la amenaza de los recortes.

En el debate político –por otra parte, casi exclusivamente limitado a discusiones en el ámbito  institucional-, presuponemos que existen ideas claras sobre la burbuja inmobiliaria, sobre la fiscalidad conveniente o sobre el nivel de gasto público y damos por hecho que hay consenso social suficiente sobre la sanidad o la enseñanza públicas, por mencionar asuntos que suenan de manera recurrente. ¿Pero realmente es así?

En el fondo somos conscientes de que una cosa es hablar de déficit fiscal y otra aceptar la subida de impuestos; de que demandamos mayor eficacia contra el fraude mientras aceptamos pagar en negro siempre que nos lo ofrecen; de que defendemos la ley de costas – por aquello  de la sostenibilidad – y suspiramos por una segunda vivienda en primera línea de mar; de que una cosa es proclamarse defensor de la enseñanza pública y otra enviar a nuestros retoños a la enseñanza segregada; de que una cosa es denunciar el empobrecimiento de la sanidad pública y otra luchar porque el convenio de tu empresa te conceda  un aseguramiento privado. Y así un largo etcétera.

Parece que los momentos críticos como estos que vivimos no son los más favorables al cuestionamiento de las políticas seguidas. Se impone la crítica a la defensiva contra el desmantelamiento de lo que consideramos nuestro sin ponernos a pensar si valía demasiado la pena. Ni un titubeo que pueda ser interpretado como condescendencia con los dueños de las tijeras.

Al principio de la crisis un gestor sanitario socialista lamentaba en público que la misma no fuera a durar lo suficiente como para hacer posibles los cambios  necesarios en una sanidad pública con muchas cosas que no funcionaban, más obesa que fibrosa, pero que nadie se atrevía a cuestionar de verdad en época de bonanza. Y eso pese a que hubiera un consenso generalizado, de puertas adentro, sobre la conveniencia de los cambios, incluso radicales y  pese a que ese consenso englobara tanto a los gestores y expertos alineados con la izquierda como a los cercanos al PP.

Ahora, en medio del combate, se acabó lo de discurrir qué cambios son imprescindibles. Para reforzar la denuncia contra la política del gobierno se promueve una defensa coral acrítica del sistema preexistente, de ese que hubiéramos tenido que cambiar, de todas maneras, si la crisis no nos hubiera sacado del escenario. La última muestra de esta actitud la estamos viendo estos días a propósito de las jubilaciones forzosas de médicos en el servicio madrileño de salud. La crítica a las formas adoptadas -¿pero qué otra cosa se podía esperar de Ignacio González y sus Lasquettis de turno?-, y la relación entre las jubilaciones y los recortes permiten obviar que la jubilación a   los 65, además de un imperativo legal es algo que intentaron, con desigual éxito,  las administraciones sanitarias socialistas hace apenas unos años.

He puesto un ejemplo que puede ser muy limitado y poco significativo, pero no sería difícil imaginar situaciones similares en otros ámbitos. Ahora sospechamos que se acerca un momento re-constituyente, asumimos que los partidos  necesitan imperiosamente renovarse y vemos que quieren surgir nuevas plataformas. Pues bien, hagamos el ejercicio mental de imaginar una asamblea constituyente de una de esas nuevas formaciones posibles, llamadas a oxigenar nuestra caduca y  enrarecida política. Cientos de personas, jóvenes sobre todo, sin los  tics de los veteranos, poniéndose de acuerdo en las grandes líneas de nuestro sistema político y social. Por no hablar de temas sectoriales muy concretos, por poner un solo ejemplo ¿habría consenso sobre aumentar el gasto y subir impuestos o se impondría la idea de que bajarlos es de izquierdas?

Hace poco, en una reunión con socialistas y a propósito de la dificultad de levantar cabeza, alguien llamó la atención de que los líderes y cuadros  de ese partido siempre hablan de qué propuestas nuevas generar y de cómo llegar con ellas a los ciudadanos; que daban por hecho que la política debía de ser imaginada o inventada por los propios socialistas y luego convencer de su bondad al personal, que nadie de hablaba realmente de escuchar a la gente. Y eso, junto al cuestionamiento de las viejas certidumbres, de lo ya conocido –aunque lo hubiéramos parido nosotros-, son los requisitos  imprescindibles, para rehacer un discurso político válido.

`Crisis´ era en griego `separar´, `decidir´: el momento culminante en que algo se rompe y hay que analizarlo. Contienda, elección, juicio, … son conceptos asociados a la crisis, que es un momento de oportunidad. La palabra hebrea para ‘crisis’, es “mashber” (rotura), que también significa ‘silla de parto’ en ese idioma. Y es que las crisis no son solamente oportunidades, también pueden ser momentos de renacimiento.