¿A dónde vamos?

Lobisón 

En un coloquio sobre la situación española, un latinoamericano sugiere que el problema de nuestro gobierno es que carece de una narrativa, que no está explicando a los españoles a dónde nos dirigimos. Un español, economista ortodoxo, le responde que diseñar ese relato no es tan fácil, porque significaría explicar a los ciudadanos que estamos tratando de administrar nuestra decadencia. Que es la de todo el mundo (nor)occidental, porque ya no podemos seguir esperando, ni en Estados Unidos ni en la UE, que los países emergentes nos compren nuestra deuda para cubrir nuestros déficits estructurales, la diferencia entre nuestra inversión y nuestro gasto.

Desde luego, sólo le faltaba a Rajoy ponerse a hablarnos de la decadencia de Occidente mientras el fantasma de Bárcenas se agita frenéticamente entre bambalinas. En este caso se puede comprender que opte por el silencio. Porque además algún malintencionado le podría acusar de mezclar churras y merinas. En primer lugar Estados Unidos no parece tener mayor problema en que le financien su deuda, y los países europeos que lo tenemos desde 2010 podríamos no tenerlo tampoco si las instituciones europeas permitieran que el BCE, directamente o a través de la emisión de eurobonos, avalara las deudas soberanas en peligro.

Por otro lado, tampoco los países emergentes están ya consolidados en su nueva situación. Brasil no puede seguir creciendo sobre la base de su mercado interno, y necesita relanzar sus exportaciones. Y China, a la inversa, no puede seguir creciendo sólo sobre la base de sus exportaciones, sino que necesita estimular su mercado interno, en una situación delicada por los conflictos entre la mayoría pobre, las nuevas clases medias y los nuevos ricos, multimillonarios incluidos. Estas cosas no son tan fáciles de manejar en un régimen de partido único, por muchos defectos que tengan las democracias que conocemos.

En realidad, lo único que podría decir Rajoy es lo que dice, que está tratando de reducir el déficit y que después todo se nos dará por añadidura. Lo que no es nada evidente, porque los recortes a mansalva están reduciendo nuestra competitividad a medio plazo, tanto por deteriorar la salud y la calidad de vida como por erosionar nuestro sistema educativo y la investigación y la enseñanza superior. En la forma en que se está recortando lo único que parece buscarse es competir por bajos salarios, o, dicho más finamente, la devaluación interna.

Es probable que en la intimidad Rajoy se encomiende a sus dioses para que la mujer de duro corazón permita una política europea de estímulos o al menos un mayor dinamismo del mercado interno alemán, para reactivar las exportaciones de los demás países de la Eurozona, España incluida, y permitir una inflación un poquito más alta que vaya licuando las deudas en euros. Quizá Rajoy esperara incluso que en Italia le saliera un aliado, pero Bersani no parece que vaya a estar en condiciones de apoyar a Hollande en ningún intento de cambiar las reglas de juego. Y ni por carácter ni por la situación española parece que Rajoy pueda plantearse un mayor protagonismo en Europa. En fin, que no nos pase nada más.