Teatro de verano

Ricardo Parellada

 

 

Una vez superado el horror de los sanfermines y con la política a medio gas, hay que reconocer que el verano ofrece también espectáculos bonitos. Hay cine, música y teatro por todos lados. Se puede disfrutar, por ejemplo, de obras de teatro clásico español representadas al aire libre. Yo quiero recomendarles una que vi hace unos días en el Centro Cultural Galileo de Madrid: No hay burlas con el amor, de don Pedro Calderón de la Barca. Se representa hasta el 31 de agosto.

 

Se trata, como se puede sospechar, de una obra de enredo, o más bien enredos, varios divertidos enredos amorosos. Los personajes inteligentes son, naturalmente, las damas y los sirvientes y sirvientas. Los caballeros son un poco más cortos, lo cual acentúa la cercanía de la obra. Hay que reconocer que en eso España ha cambiado poco.

 

Mi personaje favorito es una culta latiniparla interpretada estupendamente por Alejandra Torray. A esta dama le gustan más los libros que los hombres y dice cosas como “no te apropincues tan liberalmente” en lugar de “no te me pegues tanto que hueles a ajo”. Es la hija mayor de un hombre celoso, cómo no, del honor de sus hijas. Y es víctima de un engaño urdido por su hermana, que hace creer al padre que iban dirigidas a ella las palabras comprometedoras que aparecen en un papel.

 

Un caballero se hace el enamorado de la culta para burlarse de ella, consigue engañarla, se esconde en una alacena, se cae por el balcón y, tras un par de vueltas y revueltas magistrales de Calderón, acaba enamorado y casado con la dama libresca. La trama perdona al final a la hermana mentirosa, que acaba casada con el caballero soso que la pretendía. Naturalmente, los sirvientes protagonizan la tercera boda tras salir airosos de los tejemanejes propios y ajenos y despertar las mayores simpatías y llevarse los mejores aplausos del público.

 

A mí me encanta el verso en que está todo expresado. Se encabalgan versos y medios versos de distintos personajes con soltura y agilidad. Las idas y venidas de la trama, el trasigo de las palabras y la mudanza del ánimo de los personajes saltan de verso en verso. Yo no sé si podría apreciarlo en otra lengua, pero este baile ritmado de palabras e ingenio en la lengua que circula por mis venas me anima y me reconforta enormemente. El poeta enreda el sentido y el ritmo de forma magistral.

 

Cuando yo era un chaval tuve suerte y oportunidades. Estudié a temporadas en varios países y llegué a chapurrear y a leer con gusto varios idiomas. Iba para intelectual cosmopolita, pero me quedé en estudiante semiviajado y sufrí después un proceso acelerado de repaletización. Disfruté versos y novelas extranjeras, pero creo que a mí el diafragma sólo me baila de verdad a ritmos muy locales. Soy un alma limitada y sólo tengo una lengua, que vibra tanto con noticias telediarias como con versos de Calderón.

 

La culta, la hermana, el padre, los caballeros y los sirvientes pícaros danzan e intercambian palabras ingeniosas. El decorado es sobrio. La noche es urbana, pero hermosa. Los viajes, la gente y los idiomas intensifican el sabor de lo propio. El mundo es grande y hermoso. Lo propio es pequeño, pero también puede ser hermoso. En casa está el teatro, el ritmo y el amor. Una noche de verano el teatro de Calderón me recuerda que la vida no sólo es ruido. La vida es ruido, pero tiene también cosas bonitas.