7-J. la Champions (I)

Ignacio Urquizu*

Tras las elecciones vascas y gallegas, llegan las europeas. Son los primeros comicios a nivel nacional desde que tenemos conocimiento de la crisis económica. Aunque parezca sorprendente, en este tipo de elección las cuestiones nacionales pesan mucho más que las europeas a la hora de decidir el voto. Por eso los partidos se pasan el día hablando de cuestiones domésticas. No obstante, son un magnífico termómetro para medir los apoyos con los que se cuentan.

 

Es cierto que en muchas ocasiones no se producen cambios bruscos y vuelcos sorprendentes en los porcentajes de voto cuando comparamos unas elecciones generales con sus siguientes comicios europeos. Por ejemplo, en el año 2004, en las elecciones generales el Partido Socialista venció al PP por 4,88 puntos porcentuales y, lo más importante, le aventajó en 23 de las 52 circunscripciones. Tres meses más tarde, en las europeas, la ventaja electoral se redujo a 2,25 puntos porcentuales y el PSOE ganó al Partido Popular en 22 circunscripciones. En cambio, las elecciones europeas de 1994 contribuyeron a acrecentar la posterior frustración política del PP tras las elecciones generales de 1996. En los comicios europeos de 1994 los populares aventajaron al PSOE en casi 10 puntos y 1.734.193 votos. Dos años más tarde, en las generales, esta ventaja se redujo a 1,16 puntos porcentuales y menos de 300 mil votos. Pero esto no significa que las elecciones del 7-J no vayan a tener consecuencias políticas. Los dos grandes partidos se juegan muchas cosas, en especial Mariano Rajoy.

 

Para el Partido Socialista estas elecciones representan una gran ocasión en la batalla de las ideas. La reciente crisis económica ha dejado al descubierto las debilidades intelectuales de la derecha, mientras que gran parte de las soluciones a la crisis están relacionadas con políticas de demanda y un papel muy activo del Estado. En los 90 la izquierda se apoyó a la hora de definir su proyecto en líderes como Tony Blair, Gerhard Schroeder y Bill Clinton, caracterizados por su tibieza ideológica. En cambio, todo lo acontecido en los últimos tiempos está dando fuerza a los postulados más progresistas. En estas elecciones los socialistas van a disponer de un escenario perfecto para señalar las claras diferencias entre la izquierda y la derecha, así como para explicar las principales medidas que se vienen desarrollando por el Gobierno español desde que tenemos conocimiento de la gravedad de la crisis.

 

En cambio, el Partido Popular no centrará su estrategia en la batalla de las ideas. Por un lado, saben que la mayoría de los españoles se sitúan en el espacio centro-izquierda y valoran positivamente las políticas sociales. Quizás, por ello, todavía no han dado a conocer sus propuestas económicas. Por otro lado, como acabo de señalar, la crisis ha debilitado enormemente los postulados conservadores. Los populares hablarán constantemente de la crisis y culparán, de forma más o menos explícita, al Gobierno socialista de que se haya producido. Confían en que una mala valoración de la situación económica se traduzca en la desmovilización de gran parte del electorado, especialmente entre los votantes progresistas. La apelación al catastrofismo buscará generar desconfianza y apatía.

 

En esta competición de Champions, quien más se la juega es Rajoy. Su liderazgo está en régimen de interinidad desde que perdió las elecciones generales del año pasado. Aunque salió triunfal del Congreso de Valencia, algunos de los apoyos internos de entonces están resultando ahora un lastre político. Unos resultados electorales que no diesen una contundente victoria al PP despertarían de nuevo las críticas internas. Nadie entendería que el Gobierno socialista se “escapase vivo” de unas elecciones de segundo orden donde los ciudadanos suelen enviar mensajes y advertencias al Gobierno.    

* Fundación Alternativas y Universidad Complutense de Madrid