Jóvenes y política

Ignacio Urquizu

El nombramiento de Bibiana Aído como nueva Ministra de Igualdad ha suscitado numerosas críticas. Por un lado, los habitantes de la caverna han sacado el “hombre” que llevan dentro para recordarnos que en este país todavía hay machistas. Han sido pocos. No merecen que gastemos nuestro tiempo en contestarles porque sus comentarios les retratan. Por otro lado, algunos han visto en su juventud un problema. Pero, ¿ser joven es un inconveniente a la hora de asumir responsabilidades? ¿Qué puede aportar la juventud a la política? ¿Es la experiencia un valor?

Por los estudios sociológicos sabemos que, a diferencia de lo que ocurre con los movimientos sociales o las ONGs, los jóvenes participan menos que sus mayores en política. Aunque también es cierto que, a excepción de las elecciones de 2000, desde principios de los 90 las diferencias entre jóvenes y adultos (más de 30 años) se han reducido -ver Belén Barreiro (2002), “La participación de los españoles en elecciones y protestas”, Estudios de Progreso 10/2002, Fundación Alternativas-.  Quizás, la incorporación de jóvenes a puestos de responsabilidad tenga efectos sobre el resto de la población de su edad y sirva para incrementar los bajos índices de participación política.

Otro de los posibles beneficios está relacionado con los procesos de cambio generacional dentro de los partidos. Cuando los jóvenes socialistas del interior se impusieron en el Congreso de Suresnes, los que habían dirigido hasta entonces los destinos del PSOE fueron laminados de la dirección. De hecho, la generación de Rodolfo Llopis fundó el PSOE (sector histórico), que en 1982 acabó denominándose Partido de Acción Socialista (PASOC), siendo más tarde miembro fundador de Izquierda Unida. Tras la victoria de José Luis Rodríguez Zapatero en el XXXV Congreso, muchos de los socialistas de la generación de Felipe González se sintieron desplazados. Algunos comenzaron a hablar de “nuevo testamento” y “viejo testamento”. Tal y como había sucedido varias décadas antes, el cambio generacional generaba cierta inestabilidad. La incorporación de jóvenes a la primera fila de la política y en los equipos puede servir para evitar transiciones generacionales conflictivas y tortuosas.

La principal crítica a la entrada de jóvenes en puestos de responsabilidad es su poca experiencia. Este reproche parece suponer que el paso del tiempo tiene algo de mágico que convierte a las personas en más capaces por el mero hecho de tener más “canas”. Pero también puede suceder que la experiencia política se reduzca a saltar de poltrona en poltrona, siendo el político un experto de la supervivencia, sin más mérito que saber estar en el bando de los ganadores en cada congreso o asamblea. La experiencia es un valor cuando va acompañada de cualificación. Y los más cualificados no son siempre las personas de más edad. De hecho, muchas veces se habla de nuestra generación (aquellos que nacimos después de 1978) como la generación más preparada de la historia de España. Si esto es realmente así, ¿por qué hay miedo a que los jóvenes asuman responsabilidades? Creo que lo correcto no es juzgar a las personas por sus años, sino por sus méritos, y existen jóvenes con mucha preparación, así como mayores con escasa cualificación.