Sobre la mentira en política

Lope Agirre

El texto del catecismo era claro: “Mentir es decir lo contrario de lo que se piensa con intención de engañar”. Tengo amigos que, en teoría, no aceptan la mentira, bajo ninguna circunstancia. Dicen que ellos, por imperativo moral, no mentirían jamás. Pero yo les digo que dicho imperativo puede ser contrario a la necesidad de sobrevivir. En caso de que nuestra vida estuviese en peligro y si la salvación dependiese de una mentira, sin que las consecuencias de ella implicaran un mal a otra persona, ¿dudaríamos en mentir? Pedro mintió, no una ni dos, sino tres veces, y llegó luego a santo. Tal es el ejemplo de la Iglesia.

Los gobiernos mienten a menudo a los ciudadanos, a veces consciente y a veces inconscientemente. Lo hacen, por debilidad, para evitarse reproches o para ocultar actuaciones incorrectas, o porque piensan que el ciudadano no tiene derecho a saber más de lo que sabe. “Nosotros no hemos sido” es un argumento muy utilizado, cuando las preguntas que se hacen no tienen respuesta, o la respuesta que se tiene no es conveniente que se divulgue. Si yo fuese Presidente del Gobierno y me preguntaran sobre lo sucedido en la negociación con ETA, poco añadiría a lo aparecido en los periódicos, porque hay ciertos secretos que es mejor no airear, por la seguridad del Estado y por la tranquilidad de los ciudadanos. Si yo fuese Ministro de Economía, tampoco andaría proclamando a los cuatro vientos la realidad de la crisis, porque podría crear pánico, y sería peor el remedio que la enfermedad. Hay verdades que es mejor desconocer, por el interés público, y por prudencia, que es una de las grandes virtudes, creo yo. Sé, por experiencia, que los médicos no dicen todo lo que saben, cuando se les pregunta por un enfermo. No es que tengan por honra mentir, sino que miran el daño que puede causar la verdad en los familiares, si no están preparados para recibirla tal y como es. “Mentira piadosa” se llama.

Tengo amigos, como ya he dicho, empeñados en decir siempre la verdad o lo que ellos consideran como tal. No es que nadie les crea, todo lo contrario; pero nadie les hace caso y, excepto unos pocos, todos los demás huyen de ellos, porque se vuelven un tanto pesados y redundantes. Se consuelan pensando que son profetas que predican en el desierto, y todos tan contentos. Sólo se engañan a sí mismos.

Casi nadie, excepto los escritores, mienten porque sí. Lo dijo Juan Marsé: “Mintiendo el escritor dice la verdad”. No está mal la definición, y no voy a ser yo quien le enmiende la plana al maestro. Tengo un amigo que es antropólogo, experto en “antros”, pero podía ser cuentista. Siempre está inventando patrañas, pero lo hace con tanta gracia y delicadeza, que da gusto escuchar sus palabras. Sería de mala educación reprocharle sus mentiras. También conozco a una persona que, por puro delirio, es incapaz de decir la verdad sobre nada, pero carece de imaginación y de humor. Pocos somos los que nos paramos a escucharlo y lo invitamos a bebida.

Se miente cuando se afirma algo que no se cree verdadero, aunque no se tenga intención de engañar. Si un ministro niega saber algo sobre lo que conoce perfectamente, miente, aunque no busque el engaño. Si un ministro afirma algo que no es cierto, sin saber la verdad, no miente; pero engaña. Otra cosa es que se intente convertir la mentira en verdad, la única verdad. “En Irak hay armas de destrucción masiva y quien diga lo contrario miente.” No es lo mismo decir que no se sabe quién atentó en Atocha el 11M, sabiéndolo, que afirmar que fue ETA, sin saberlo, y convertir esa autoría en verdad proclamada a los cuatro vientos. Depende del objetivo que se espera conseguir con la mentira. En el primer caso se trataría de ganar tiempo y dar una oportunidad a la policía para detener a los autores. En el segundo, de crear un estado de opinión que posibilitase ganar las elecciones, ante todo, costare lo que costare. Hay mentiras y mentiras. Hay mentiras que, con el tiempo, se han convertido en verdades oficiales. Tengo amigos que juran y perjuran que la Constitución no fue aprobada por referéndum en Euskadi (lo cierto e irrefutable es que el sí ganó al no, pero la abstención fue mayor que síes y noes). Les entiendo perfectamente; es más cómoda la fe que la verdad.

Nadie piense que estoy haciendo apología de la mentira, ni que estoy justificando que mentir esté bien o mal, según el caso o el caos. No creo en las buenas causas, cuando coinciden con los intereses de quien miente. De fariseos el mundo lleno está. Pero puede suceder que se diga la verdad, no por amor a ella, sino por interés, lo cual tampoco me sirve de ejemplo. De cínicos el mundo lleno está también. Yo les enseño a mis hijos que mentir siempre está mal (es lo que me queda de mi educación jesuítica), pero no por ello dejan de hacerlo. Yo lo sé, y ellos también. Se ha convertido en un juego, no demasiado trascendente por ahora. Ellos son conscientes de que mienten. Cuando miento a alguien, o cuando me mienten a mí, me invade la mala conciencia (es lo que me queda de mi educación jansenista). Pero mentir es más difícil de lo que se piensa. Hace falta tener muy buena memoria para sostener una mentira hasta el final, y monsieur Proust no siempre vence a herr Alzheimer. Es más fácil mentirse; y tan humano.