Más pobres, pero sólo algunos

José S. Martínez

La crisis ha supuesto una disminución de nuestra riqueza. En el gráfico que acompaña a este post pueden ver la evolución del PIB per cápita en euros constantes (de 2010). Disponemos ahora de la riqueza de 2006. No éramos muy pobres en ese año, y la tasa de paro estaba en torno al 8%. Ahora con el mismo PIB per cápita estamos por encima del 20% de paro. Es decir, los que se han quedado trabajando son más productivos que en 2006.

Pero este PIB no se está distribuyendo de la misma forma. Según los datos del INE, la tasa de riesgo de pobreza relativa ha subido al 21,8%, el más alto desde que se manejan estos datos, y la diferencia entre ricos y pobres también está en sus niveles más altos. Este aumento de la desigualdad, ¿se debe al paro? No está tan claro, pues en los últimos 30 años la tasa de paro ha variado entre el 8 y el 24%, pero sin embargo la mencionada tasa de pobreza sólo lo ha hecho entre el 18 y 22%, y se ha mostrado bastante insensible a variaciones del ciclo económico, igual que otros indicadores de desigualdad social. Julio Carabaña y Olga Salido han estudiado este fenómeno de poca sensibilidad de la pobreza al paro y concluyen que se debe a que los efectos del paro son compensados por el subsidio de desempleo y por la transferencia de rentas en el seno de la familia que vive en el mismo hogar.

Otra posibilidad es que la desigualdad esté aumentando debido a que la crisis afecta de forma más intensa a los sectores de menos renta de la población. En el gráfico se aprecia que a diferencia de crisis pasadas, la disminución del PIB per cápita es mayor en esta crisis. En los 90, como mucho, el PIB per cápita descendió en 300€, mientras que ahora lo ha hecho en unos 1.500€. Al ser mayor la disminución, afectará más a los indicadores agregados de desigualdad si la reducción de riqueza no es proporcional en todos los grupos sociales.

En la época de crecimiento el debate social sobre la distribución de la riqueza quedó diluido gracias al crecimiento: lo importante no es tanto distribuir bien, sino que todos crezcamos, aunque unos más que otros. Los ecologistas llevan años avisando que esto es insostenible, pero mientras había cemento para todos, a pocos importó. Se decía que los efectos beneficiosos de la desigualdad, como incentivo al esfuerzo, compensaban sus riesgos, como el debilitamiento de la cohesión social. Pero ni siquiera todos los economistas del desarrollo comparten este axioma, que ha sido cuestionado con pruebas, mostrando que mayores niveles de igualdad garantizan un crecimiento más sostenido, y que precisamente la desigualdad ha sido uno de los detonantes de esta crisis.

Sin embargo, ahora que llega el momento de la disminución de la riqueza, los que más están perdiendo son precisamente los que están más abajo. En los últimos años hablar de políticas de igualdad era sinónimo de igualdad de género. Posiblemente en los próximos años, cada vez más cuando se hable de políticas de igualdad se esté hablando de redistribuir mejor la riqueza.

A diferencia del crecimiento, la redistribución es un juego de suma cero, es decir, si uno tiene más es porque otro tiene menos. Por tanto, el aumento de la desigualdad en un contexto de disminución de la riqueza es razonable que traiga mayores tensiones sociales. Esperemos que no sean como las de los años 30.