Un vistazo sobre el hombro

Econcon

Las palabras que siguen pretenden ir al hilo del articulo de Ignacio Urquizu, y tratan de poner en línea lo que fue la política económica de la primera etapa socialista y de la etapa popular y enlazarla con las líneas maestras del gobierno actual. En 1982 la situación de la economía española era, a todos los niveles, la de un país en vías de desarrollo. La renta per capita no llegaba a los 5000 dólares y el paro se había disparado merced a las sucesivas crisis del petróleo (había pasado de los 600.000 parados en 1976 a los 2.286.000). Debido sobre todo a que la capacidad de captar ingresos por parte del Estado era muy escasa (aún tras la reforma de fiscal del 77 -por cierto, encabezada por Fernández Ordóñez-), la dotación de infraestructuras era pobre, deficiente y absolutamente desequilibrada en lo territorial. Los servicios públicos esenciales como sanidad y educación se prestaban con una calidad paupérrima (sobre todo el primero) y aún no se habían universalizado, y lo mismo ocurría con las pensiones. En los años siguientes podrá argumentarse que los gobiernos socialistas no los crearon, pero desde luego no puede negarse que los generalizaron, los pusieron verdaderamente a funcionar y salieron enormemente mejorados.

En lo que se refiere a la regulación económica, había una especie de selva normativa  (ya empezada a desbrozar por los gobiernos de Suárez, pero aún con muchísimo pendiente) de tal complejidad, que la mejor virtud competitiva era tener contactos con el poder. La corrupción era una “virtud necesaria” para competir. En tal ambiente habían hecho el agosto los que medraban a la sombra del poder franquista. La inolvidable “La escopeta nacional” de Berlanga, mediante el personaje interpretado por J Sazatornil, deja ver perfectamente entre líneas lo que tenia que hacer un empresario de entonces para tener éxito, retrato desde luego muy poco evocador de virtudes liberales a lo Adam Smith o  Hayeck. Esto era lo que había. La referencia a que la Tercera Vía de Giddens fue inventada aquí,  hecha por Ignacio Urquizu en su artículo “25 años después..” , no me parece en absoluto desencaminada. Fueron años de reformas de esas que ahora se llaman “estructurales” continuadas y que, por lo visto, más de uno se obstina en creer que empezaron y acabaron con Rodrigo Rato.

A los Gobiernos del PSOE les corresponde el mérito económico, y justo es reconocer el coraje político que fue necesario reunir, de afrontar la reconversión naval, la de la siderurgia integral y la de la minería, entre otras. Por cierto, las primeras etapas de privatización de las empresas públicas rentables –si es que la privatización en sí es virtuosa, cosa que merecería varios artículos- también se llevó a cabo con gobiernos socialistas. A la sazón se llevaron a cabo varias reformas laborales, que costaron el divorcio con los sindicatos y cuyo fruto fue la huelga general del 14-D; también cuentan en el haber de los sucesivos ministros varias reformas de los mercados de capitales, la creación de la CNMV y el acta de independencia del Banco de España.

 Capítulo aparte merece el cambio severísimo y para mejor que supuso para la economía nacional la entrada en la CEE. No faltaron los argumentos, algunos razonables en esa época y otros no tanto, para decir que íbamos a convertirnos en poco más que en exportadores de naranjas y que estábamos condenados a que el tejido industrial nacional sucumbiera ante la moderna Europa. Por lo visto no fue así. La importancia que ha tenido para la economía nacional (de toda España) el dinero europeo recibido en forma de fondos estructurales y de cohesión (este último negociado por el malvado González en Edimburgo mientras que Aznar, el eficaz gestor, le llamaba pedigüeño) habla por si misma.  Además de todo ello, se consiguió que el Estado mejorase su capacidad de actuación en la economía, la recaudación fiscal subió diez puntos aproximadamente en esa época y se reformó el funcionamiento de la Administración (entre ellas la famosa Ley de Moscoso, canonizado de forma civil por todo funcionario desde entonces.)

Hay luces,  y hay sombras, por supuesto. La expansión económica que duró aproximadamente del 85 al 92 (grosso modo), no fue capaz de consolidar la creación de empleo ni de reducir  de forma permanente el paro. La crisis que sobrevino fue profunda e intensamente destructora de empleo. En el debe del Gobierno de entonces queda que las políticas fiscales expansivas, (o sea, los sucesivos déficit públicos) que el Banco de España trataba de contrarrestar subiendo el tipo de interés, no eran recetas económicas adecuadas en esa época, si bien es cierto que el déficit de un gobierno, de cualquier gobierno, suele hacerse siempre para mejora de las infraestructuras o del bienestar de los ciudadanos.  La época Solbes estuvo precisamente caracterizada por un retorno a la ortodoxia económica, de la que luego Rato, posiblemente un Ministro de Economía sobrevalorado, cogería el testigo.
 
Los años de PP comenzaron con una economía mucho más modernizada que la del 82, que estaba saliendo de la crisis  y muy encaminada a la entrada en el euro, mucho. Ese arcano que en economía se denomina “ciclo” había comenzado a remontar en el 95. La economía, desde luego, no sube o baja de un día para otro porque cambie un ministro, el que quiera creer eso es que o no sabe nada de nada (que hay pocos) o pretende engañar y engañarse.

Corresponde al PP una consolidación fiscal intensa en los primeros años de su mandato, mediante la congelación de las inversiones y de los salarios de los funcionarios durante algún o algunos ejercicios. Por el lado de los ingresos, las privatizaciones de las empresas públicas aportaron recursos extraordinarios a las arcas públicas. No obstante, la parte del león de la reducción del déficit no corresponde a ninguna decisión brillante de Rato, sino a la adopción en España del tipo de interés europeo por entrar en la Unión Monetaria (1998). Eso permitió que más dinero público fuera utilizable en lugar de tener que ir a pagar intereses de la deuda. O sea, los tipos “nos los bajaron porque tocaba”.

Justo es reconocer también a Rato y a su equipo la instauración en la sociedad de la idea de que el Gobierno debe ser austero. Eso ahorraría considerables problemas a gobiernos sucesivos a la hora de apretarse el cinturón. Su política de comunicación en éste y otros aspectos fue tan excelente que acabaron por convencer a más de uno de que el sol salía por obra y gracia del PP.

Otra cuestión que también constituye una reforma importante es la liberalización impulsada en los sectores energético, de telecomunicaciones, y de mercados de capitales. Sobre todo en los dos primeros hubo un salto muy importante pero, por desgracia para los hagiógrafos de Rato, no son invento revelado suyo, porque los malvados socialistas ya habían iniciado el camino, especialmente en el sector energético

El par de reformas fiscales llevadas a cabo no entrarían en la misma categoría; no dejan de ser opciones de política económica cuyos objetivos podrían haberse visto cubiertos mediante programas de gasto público (por ejemplo, vivienda o políticas natalistas o sociales), pero que no son ni mucho menos cambios estructurales de calado.  Algo parecido puede decirse de las reformas en el mercado laboral, medidas de ajuste fino que no son en absoluto inadecuadas, pero que carecen de la entidad de las otras y que, desde luego, están muy empequeñecidas por las que se tomaron en la época socialista,

Como no podía ser de otra manera, y aventuro que para sorpresa de alguno, también el PP tiene sombras en su gestión económica. Cabe destacar el componente fraudulento de las privatizaciones, que se hicieron colocando previamente a gestores afines, con el claro propósito de configurar un sector industrial potente de partido. Si las privatizaciones son recomendables es porque se impide que una determinada empresa con un peso importante deje de operar con otra mecánica distinta al mercado, no para que se convierta en un resorte más de poder fuera del alcance de los procedimientos democráticos.  Al debe de Rato también corresponde la manipulación torticera que se hizo de la información económica en general. El llamado “apagón” estadístico no es sino un intento de apoderarse del concepto “economía”. En los debates alrededor de ella pretendían que hubiera únicamente dos bandos, los que aplaudían mucho y los que aplaudían muchísimo. Esto constituye un fraude en toda regla, primero porque la información económica pertenece a los agentes, y segundo, porque sin información no se pude llegar a diagnosticar aquellos problemas que puedan surgir en el futuro, y eso va en perjuicio de todos. En este capítulo “manipulador” digámoslo así, entra también la leyenda de la eliminación del déficit de la Seguridad Social. Este problema se solucionó él solo debido a que, por la parte del ingreso, la economía española empezó, por fin,  a crear empleo como cabía esperar desde hacía años, mientras que, por la parte del gasto, los factores demográficos reducían el flujo de salida debido al menor número de nacidos por la Guerra Civil y posguerra . No hubo medida alguna a la que pueda atribuirse esta evolución.

La tercera sombra o más que sombra, digamos error de cálculo, ha sido toda la política alrededor del suelo y la vivienda. La ley del suelo  del 97 es uno de los factores clave (aunque no el único ) del encarecimiento salvaje de la vivienda y de los desmanes urbanísticos subsiguientes, y llama la atención lo poco que se discute este tema.

Otro error de cálculo, o más bien error de discurso, es el que respecta a la inmigración. Ahí siempre convivieron dos almas: la sensata, que apuntaba a la ampliación del cupo y a las regularizaciones, y la insensata que, siguiendo instintos xenófobos y de bajo vientre, pero rentables en lo electoral, apuntaba a identificar al inmigrante básicamente como un elemento indeseable y del que hay que prescindir a la mayor brevedad. Los inmigrantes son fuerza de trabajo y agentes que consumen, invierten y pagan impuestos. Dar pábulo a que permanezcan en la economía informal, para hacer ver que “no son bienvenidos” y “a ver si no vienen más” es un error dramático, primero porque bienvenidos o no, resulta que hacen falta y seguirán viniendo mientras aquí se viva mejor que allí, y segundo, porque tenerlos dentro del sistema es mejor que tenerlos fuera, tanto en fase de bonanza (porque pagan) como en fase de recesión, porque en ese caso no constituirán bolsas de marginalidad  sino que constituyen un elemento adicional de demanda.

Cabe decir para cerrar, como puntada, que “lo gordo” fue realizado en la primera legislatura; la segunda……eso sí que fue vivir de la fama.

En cuanto al gobierno socialista presente sigue una línea sensata, sin alharacas. La situación al incorporarse al gobierno era más favorable que la que encontró el PP al entrar (aunque esta no era tan mala como los propagandistas de turno pretenden hacer creer) aunque, sin embargo, distaba de ser perfecta e idílica. No obstante, como aviso para navegantes, si bien es cierto que la situación económica al entrar el gobierno presente era mejor que la que encontró en su momento el PP, justo es reconocer que su margen de actuación es más pequeño. Se han transferido, para bien o para mal, multitud de competencias y recursos a las CC AA, esto de mandar ya no es lo que era y lo cierto es que se ha perdido poder duro, dicho sea de paso, con la bendición y el impulso de “Somos España” y compañía

Lo primero de todo, una dosis de “talante”, como ejemplo de que hay otra manera de debatir. Debe elogiarse el tremendo impulso en transparencia informativa que se ha adoptado, aunque esto quizás sea menos vendible que otras cosas.

En la faceta fiscal, coherentemente con la buena salud de los ingresos y la situación cíclica, se ha adoptado una posición fiscal de superávit, encarado a reducir deuda pública para el futuro. Esto permite dos cosas: menos ingresos públicos van a pagar intereses de deuda, y pueden gastarse en cosas “que molen” (carreteras, colegios, hospitales, pensiones) y, ante una hipotética situación económica futura desfavorable, permitirá tener el recurso de endeudarse.

Debido a que se detecta que el patrón de crecimiento de los últimos años adolece de falta de productividad, se impulsan políticas que la impulsen. La productividad, que es clave para la mejora de los salarios reales futuros y de la renta per cápita. En este sentido, me apetece señalar que a tal punto de insensatez se había llegado durante la etapa del PP que al que defendía la importancia de la productividad, se le miraba como sospechoso de “rojeras”.

También el presente gobierno tiene una mayor preocupación social: medidas como la subida de la pensión y el salario mínimos, las políticas natalistas, los planes de vivienda, el gasto en educación, el incremento de dotación policial y la mejora de las condiciones de la carrera militar lo señalan. Pueden criticarse si son más o menos adecuadas, pero son una señal inequívoca distintiva de esta legislatura.

En cuanto al capítulo de reformas regulatorias, se han realizado varias. Laboral, en el sector energético, telecomunicaciones, sistema de defensa de la competencia, fiscal etc. Las reformas de calado a afrontar ya no son tan importantes como en otros periodos, aunque queda alguna pendiente, desde luego, y estamos entrando en un terreno donde cabe una mayor elección en cuanto a su forma e intensidad, seamos sinceros, también porque con crecimiento alto, los problemas parecen menores y no hay ganas de tocar muchas cosas.

Para cerrar, una frase sobre la maltratada coyuntura económica cuyas cifras, más veces de las necesarias, se usan como blasón o proyectil según convengan. La evolución de variables como la creación de empleo, el crecimiento económico, el superávit, etc….son deudos de factores como  bajadas de tipos de interés, inmigración, tipo de cambio, costes laborales, capital humano, hábitos de consumo, seguridad jurídica etc.  que no corresponden ni al señor Rato, ni al señor Solbes ni a Fernando VII. Vivimos un largo y dulce momento de expansión que es hijo de muchos padres, entre otros de una sociedad moderna, desarrollada y que desde que murió el dictador, el de la Orejiana placidez, no ha hecho nada más que mejorar …y que dure.