35 años después

Lobisón 

35 años después de la promulgación de la Constitución democrática de 1978, las opiniones se dividen entre las de quienes consideran prudente y necesaria su reforma y la de quienes en la práctica proponen abrir un nuevo período constituyente. En este último grupo no sólo figuran los jóvenes que se sienten frustrados por las instituciones (‘lo llaman democracia pero no lo es’) sino también personas de cierta edad que consideran que la transición no se resolvió debidamente, y que aquellos polvos han traído los actuales lodos.

Lo más llamativo es que en esta posición se encuentran algunos personajes de la ciencia y la teoría política. Lo considero notable porque (a), parecen creer que con otra transición y otra Constitución se podría haber llegado a un marco constitucional impecable y flexible frente a cambios significativos de contexto, cosa que en buena lógica es poco o nada racional; y (b), porque este planteamiento de hecho lleva a ignorar esos cambios de contexto, como si la deriva hacia el integrismo belicoso de la Conferencia Episcopal, la incompleta construcción institucional del euro o la apuesta de la UE por el austericidio no tuvieran ninguna relación con la crisis que atraviesa España.

Lo primero me recuerda las críticas del desaparecido Rafael del Águila a los defensores del ‘pensamiento impecable’. No me resulta fácil aceptar la creencia en soluciones definitivas, perfectas y a la vez realistas a los problemas de una sociedad. Creer que el Título VIII de la CE es muy mejorable no equivale a decir que ex ante existieran posibilidades de darle otra forma, no sólo por el obstáculo de los ‘poderes fácticos’ sino también porque fuera de las llamadas nacionalidades históricas no es evidente que en 1978 hubiera consenso para la aceptación de fórmulas más audaces.

En cuanto a las relaciones con la Iglesia, a los nuevos críticos impecables no parece que les importe la evolución y secularización de la sociedad española en estos 35 años, ni que una revisión profunda de aquellas relaciones hubiera podido polarizar a la sociedad española de la época. En suma, como dijo el historiador Santos Juliá en un reciente homenaje a Julián Santamaría, la visión absolutamente negativa de la transición parece ignorar las palabras del Eclesiastés: cada día tiene su propio afán. Por cierto, él dijo ‘cada día tiene su propia malicia’, y me quedé con las ganas de preguntarle qué traducción usaba.

Volviendo a mi razonamiento, sin embargo, lo más misterioso para mi es que en una crisis como la actual la atención se concentre en los defectos de nuestras instituciones y no en el contexto adverso que se ha producido en la UE a raíz de la crisis del euro. Sería bastante paradójico de que los jóvenes y bastantes mayores se dejaran llevar por el clima dominante de pesimismo y prestaran tanta atención a la corrupción o a las disfunciones de la ley electoral que se les olvidara la política europea, por ejemplo a la hora de votar en las elecciones para el Parlamento Europeo. Si es cierto que los dioses ciegan a quienes quieren perder, el problema es que los dioses insistan en cegar siempre a los mismos.