¡Pere, vale ya de acojonar!

MCEC

¡Qué presión! Mientras el número y la intensidad decreciente de las intervenciones en el blog me recuerdan que la mayoría de la gente ya está de vacaciones, yo tengo más trabajo en la oficina que nunca. Pero pese a estar a finales de julio, los medios de comunicación no dejan de dar noticias espectaculares: la liberación de las enfermeras búlgaras secuestradas en Libia, el apagón tercermundista de Barcelona, el auto del ínclito juez tercermundista de Murcia F. Perrín que, hace años, ya condenó a dos chicas a tres días de calabozo por “delito��? de top less, la detención de “el solitario��? de Las Rozas (ayuntamiento gobernado por el PP, subrayo), la inopinada conferencia de prensa – ¿tercermundista también? – del Director del CNI para revelar la traición de un agente doble… de hace años. O la muerte de Polanco, cuestión que Cicuta ansía trate ya algún articulista. Para colmo, sólo me queda otro artículo antes de la pausa de agosto, que conllevará la desaparición de MCEC del panel de articulistas de este ilustre blog (Por si no se entiende, el anuncio es una llamada a que los posibles fans empiecen a reclamar mi vuelta tipo Salaberría,  Landa o Polonio ¡desde ya!). Así que me enfrento al folio en blanco con la triple sensación de que a) – han pasado un montón de cosas y no se en cuál centrarme para que A verlas no critique la falta de actualidad; b) – más vale que sea bastante polémico para intentar llegar a comentarios de dos dígitos; y c) – da igual sobre lo que escriba o cómo lo escriba porque no dejo de ser un mero telonero del esperado artículo de Miguel Sebastián del jueves que, para más inri, será polémico como pocos por defender que los impuestos han fracasado en su objetivo redistributivo; chupate esa…

En fin, que panorama… Pero creo haber encontrado la solución; un tema que es tan polémico como inexpugnable para el articulista dado que todo el mundo tiene formada una opinión de partida del mismo y, además, no hay datos objetivos suficientes para refutarlo (lo cual exime de la indispensable investigación).Así pues, me dispongo a escribir una columna a la Aitor, provocadora e indocumentada, única forma de llamar la atención cuando uno se encuentra entre el infatigable y quizás pedante Permafrost y el fichaje galáctico del blog (Pido perdón si me he dejado a algún asiduo sin insultar).

Creo que mi salvación puede ser la (¿mal llamada?) seguridad vial, tema de plena actualidad en plena (¿valga la redundancia?) operación salida, u operación regreso que, a estas alturas, quién sabe, alguno habrá dispuesto a disputarle el monopolio del DC a AC durante agosto.

Los lugares comunes sobre siniestralidad vial son que los jóvenes borrachos de fin de semana y los fernando(s) alonsos que van a 200 por la autopista son los conductores más peligrosos, tanto para ellos como para los demás. Pero luego consultas los datos y va a ser que no.

Para empezar cuando se habla del exceso de velocidad como causa de la mayor parte de los accidentes, no se dice que en la mayoría de los accidentes en los que concurre como causa, el exceso de velocidad sólo era una de varias. Así, las distracciones del conductor son causa en el 50% de los accidentes. Claro, el conductor va a 120 por un tramo limitado a 100, se queda dormido y se sale en una curva. Lo más relevante no es que excediera la velocidad máxima sino que se quedara dormido, o adormilado: si hubiera seguido despierto no se habría salido en la curva, por mucho que de haber ido a 100 el golpe habría sido menos fuerte y las consecuencias, quizás, menos gravosas.

Así, en 2006 las salidas de vía fueron el factor concurrente que más muertos causó: un 37% de los 3.016 fallecidos en todos los accidentes de tráfico registrados el año pasado. Mientras que la velocidad sólo fue factor concurrente en el 24% de los accidentes mortales. ¡37 contra 24! Pero es que, además, el 28% de los fallecidos no llevaba puesto el cinturón de seguridad. Por lo que no hay forma humana de saber a ciencia cierta cuánta gente murió por ir demasiado deprisa sin incurrir en somnolencia o desprotección.

Ya decía antes que los datos disponibles no son demasiados ni fáciles de contrastar. Pero la conclusión inevitable de un estudio superficial indica que hay un exceso de lugares comunes en lo que se refiere a seguridad vial: no son tantos los jóvenes suicidas, ni los borrachos de todas las edades, ni los fernando(s) alonsos vocacionales que desprecian los peligros de la carretera por la que circulan.

Lo cierto es que ante la dificultad presupuestaria de solucionar los “agujeros negros��? (lugares donde la probabilidad de accidente esta contrastada), de mejorar la educación vial de los conductores (muy deficiente en general), o el elevado coste de modernizar el parque automovilístico, la DGT opta – con independencia del color del gobierno de turno – por lo más fácil: acojonar al personal. Así, el ínclito Pere Navarro, en vez de actuar a saco contra el millón largo de personas que conducen sin carné, nos impuso el carné por puntos a los que siempre hemos conducido con carné (un poco al estilo de cargar la redistribución fiscal sobre los asalariados). Y por supuesto, antes de disponer de la infraestructura técnica y administrativa que permitiera verdaderamente aprovechar los efectos disuasorios de tal medida, que no son otros que la comunicación casi inmediata de los puntos perdidos, para que el saldo menguante opere como incentivo al cumplimiento de las normas vigentes.

Esa es otra historia. La señalización viaria deja mucho que desear, por decirlo suavemente. El código de circulación dispone de una rica panoplia de señales que permitirían indicar con mucha mayor exactitud cuándo conviene reducir la velocidad y cuándo es imperativo hacerlo. Pero no. Así, uno circula por una vía de tres carriles volviendo de la T4 y la velocidad máxima es de 60, por razón de unas obras señalizadas pero invisibles. O se mete uno en la vía de servicio de dos carriles de la nacional VI saliendo de Madrid para ir a visitar a “el solitario��? en Las Rozas, y la limitación es de 90. Por no hablar de la idéntica limitación de velocidad a 50 que impera en La Castellana y en cualquier callejuela estrecha de barrio. ¿Pero quién no infringe constantemente dichos límites? ¿Quién no circula a más de 120 por las autopistas? Resulta que (casi) todos somos criminales.

Pero claro, todo está justificado porque tenemos unos índices de siniestralidad vial superiores a la media europea. Además, países como Francia han conseguido reducir los suyos con medidas similares. Ya, pero otros como Alemania los mantienen bajos sin necesidad de que paguen justos por pecadores.

Afortunadamente la DGT ha empezado a difundir mensajes menos demagógicos y bastante más útiles, como el que incide en la importancia de evitar las distracciones al volante, el que pretende corregir esa tendencia tan española a apropiarse del carril izquierdo de la vía o, simplemente, el destinado a concienciar a los conductores de utilizar el cinturón y el casco.

No se equivoquen, en modo alguno abogo por la laxitud en el cumplimiento de las normas. Pero como sabe cualquier jurista, las normas son cumplidas en su mayoría por adhesión, no por represión. A sensu contrario, cuando las normas son incumplidas por la mayoría, conviene revisarlas; por ejemplo, la señalización de velocidad.

Dado que DC parece estar convirtiéndose en un blog de referencia para personajes importantes, me encantaría que esta modesta columna fuera leída por el ínclito Pere y le hiciera reflexionar. Espero al menos haber sido capaz de suscitar aceradas e invectivas críticas por parte de los habituales a las que me propongo contestar desde mi condición de excelente conductor, no faltaba más.