292.000 razones para aguantar

Barañain

¿Era una inocentada lo del sueldo del rey Juan Carlos que ha divulgado ayer la Casa Real? ¿O la inocentada era el pudor con que la cifra se trataba en los medios? Una ojeada rápida a las versiones digitales de los principales diarios españoles -no sé si la cosa habrá cambiado en las versiones impresas de hoy-, permitía descubrir lo atareados que algunos deben haber estado en las últimas horas para poder ofrecernos tranquilizadoras comparaciones entre  el coste de nuestra monarquía y el de las otras del entorno – “¡la más barata, oiga!”-,  o para precisar que a cada español le supone  apenas 19 céntimos de euro el sostenimiento de la institución (“un presupuesto menor que el del Celta de Vigo o que el del plan Renove de motos”, aseguran los entusiastas monárquicos de ABC). Y, por supuesto,  para alabar el  ejercicio de transparencia, ¡qué menos!, que ha supuesto revelar a los contribuyentes el desglose de los sueldos “reales”.

 Con esta transparencia en la que tanto se insiste -¿deberemos estar agradecidos por ella?-, se  ha pretendido contrarrestar el escándalo del probable enjuiciamiento al yerno y, sobre todo, compensar la escasa agilidad mostrada por la Casa Real cuando se empezó a conocer la manera de hacer negocios de Urdangarín. Con eso tan campechano de que en realidad  eran  “cosas de Iñaki”, el rey creyó tal vez que podría quedar al margen o que el asunto no iría a más.

Pero el asunto sólo había empezado a rodar. El caso Urdangarín salía a la luz en el peor momento posible, cuando la desesperanza colectiva por la situación económica – en esta época de desempleo e incertidumbre-, hacía quizá más necesaria que nunca la solidez de las instituciones más valoradas por los ciudadanos. Y las “cosas de Iñaki” pueden deparar desagradables escenas judiciales para las que, me temo, el protocolo de la Casa Real no está preparado.

Tal vez recuerden que hace cuatro años cotilleábamos aquí acerca de la separación matrimonial de la infanta Elena y Marichalar y especulábamos con la posibilidad de que el rey Juan Carlos – al que veíamos muy avejentado ya -, se decidiera a retirarse de la escena en favor de su hijo. Intuíamos que cuanto más se retrasara el relevo en peores condiciones asumiría el título el actual heredero;   episodios como los vividos ese año bien podían deteriorar (decir dilapidar sería excesivo) el capital de simpatía acumulado por el rey durante la transición.

Movido sin duda por la vocación de sacrificio inculcada por su augusto padre – si me permiten decirlo a la manera de ABC-,  el rey no quiso escuchar nuestra sugerencia y ahí sigue, sacrificándose por el país y dejando madurar en el banquillo a un príncipe Felipe que debe estar preguntándose a santo de qué había tantas prisas para que completara su formación militar -por tierra, mar y aire-, en un par de cuatrimestres o así. El rey sigue reinando y, por ello, teniendo que responder por los tejemanejes de sus yernos. Ahora, cuando ya estaba olvidado el paso de Marichalar por el palacio de la Zarzuela, las andanzas desvergonzadas de otro yerno han venido a alterar el apacible discurrir de la vida familiar del Jefe del Estado. A este paso, aún le tocará lidiar con la golfería de algún nieto precoz.

Sin duda, 292.000 euros compensan esos sinsabores. Pero ¿a cuánto ascenderá su pensión? ¿está “topada”? En fin, seguro que penurias no va a pasar, así que debería decidirse ya a renunciar. Lo digo por su tranquilidad, más que nada. El momento tal vez sea este.

El caso Urdangarín amenaza con arruinar la imagen social de la monarquía. No sé cuál será la percepción actual que tienen los españoles de los Borbones y de la institución monárquica – de su legitimidad, de su utilidad y de su futuro-, pero sin duda hoy debe ser peor que la de ayer. ¿Mejorará al saber que pagamos al rey 292.000 euros?  ¿Se consolará alguien con eso de que nos sale a 19 céntimos per cápita según han calculado los pelotas de ABC (¡supongo que no se habrán atrevido a poner esa bobada como titular de portada!)?