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Senyor_J 

Hay veces que la falta de inspiración propia y ajena reduce a una única cosa lo que puedes obtener. Eso mismo me sucedió el pasado sábado, un día en que una mañana soleada dejó paso a una tarde lluviosa, haciendo honor a una de las características más reconocidas de ese periodo del año que denominamos primavera. Esa lluvia en esa tarde dejó tras de sí un paisaje de rosas y hojas mojadas, que desmotivaron a más de uno para seguir paseando y le ofrecieron la oportunidad de pasar al recogimiento que ofrece un lugar tranquilo donde sirvan cafés o el reconocible calor del propio hogar.

Siendo la media tarde y lloviendo a cántaros, no quedaba otro remedio que escapar con el único botín del día y centrarse en su lectura. Se trata del Imperio del algodón, de Sven Beckert (Critica, 2016), una obra que ha sido bastante difundida por los medios que dedican su atención a los libros y que ha merecido numerosos elogios en tanto que aportación histórica a la comprensión de la época contemporánea. Ello necesariamente debe regocijarnos ya que son pocos las monografías históricas de alto valor académico que se publican en España y encima pasan desapercibidas en medio de un conjunto de trabajos que se reeditan una y otra vez, como si fueran clásicos, cuando a menudo no son más que aportaciones desfasadas, o bien entre centenares de libros sin interés que surgen de la autoproducción de los departamentos universitarios de nuestro país.

En efecto, casi se pueden contar con los dedos de la mano los libros publicados en los últimos años que compartan las características del que nos ocupa. Porque El Imperio del algodón se  presenta ante nosotros como una análisis crítico del papel de la producción de algodón durante la industrialización y traza con ello un retrato de ese periodo comprendido entre la segunda mitad del siglo XIX y la primera del siglo XX en que esta materia prima cobraría un papel fundamental para el capitalismo y su hegemonía global.

Frente al mundo de las minas de carbón, de los ferrocarriles y las plantas siderúrgicas, Beckert recuerda que es el algodón el producto clave de esa transformación histórica irreversible que vinculada a la industrialización. Porque se trata de un producto que requiere un uso intensivo de la mano de obra, tanto en el campo como en la fábrica. Porque a diferencia del azúcar o el tabaco, dio lugar a una gran masa de proletarios industriales y a la aparición de grandes empresa manufactureras, a la vez que abrió nuevos mercados a los fabricantes europeos como ningún otro producto. Se extendería por el mundo como ninguna otra industria y también sería responsable de un crecimiento enorme de la esclavitud y el trabajo asalariado. Las aportaciones del autor recorren con gran detalle un periodo de casi cien años, en que la industria algodonera crece, se consolida, domina y entra en decadencia, para retornar progresivamente desde los Estados europeos a sus zonas tradicionales de producción, donde se desarrolla actualmente.

De entre los numerosos elementos rescatables de este trabajo, me gustaría destacar dos.

Primero, que el autor utiliza el concepto de capitalismo de guerra para referirse al proceso de despliegue del capitalismo sobre un ámbito global. Argumenta para ello que las nuevas formas de organizar la producción, el comercio y el consumo que se despliegan durante el periodo estudiado reposan sobre una serie de elementos centrales como son la esclavitud, la expropiación de los pueblos indígenas, la expansión imperial, el comercio protegido y la soberanía que los empresarios ejercen sobre gentes y territorios. Sugiere que el capitalismo de guerra es algo que se extiende ya desde el siglo XVI, en un proceso creciente de explotación intensiva de la tierra y la mano de obra en el campo, que va acompañado de la expropiación violenta de territorios y fuerza de trabajo en América y África. Esas características hacen rechazar al autor el uso más tradicional del concepto de capitalismo mercantil, ya que capitalismo de guerra subrayaría mejor su cruda realidad y sus vínculos con la expansión imperial europea.

Segundo, que el autor desmiente que aquello que denominamos globalización sea un proceso novedoso y surgido en las últimas décadas, señalando que el capitalismo es un sistema de intercambio de dimensiones globales desde su origen y negando la existencia de un conflicto entre lo que supone el proceso globalizador y las necesidades de los Estados-nación, en favor de la conclusión de que ambos se han reforzado a menudo mutuamente. Así las cosas, el rasgo más destacado de la globalización hoy no sería un nivel inédito de interconexión a lo largo del globo, puesto que este ya estaría vigente desde hace 300 años, sino la capacidad que otorga a los capitalistas de emanciparse de esos estados-nación que en el paso pusieron las bases para su florecimiento.

Así las cosas, El imperio del algodón ofrece una ventana abierta a una realidad reciente en términos históricos, que se examina con nuevos criterios historiográficos e intenta aportar un análisis de fondo al origen del mundo que conocemos hoy. Se trata de una obra que hace valer aquella frase, casi siempre falsa, de que ese imposible comprender el presente sin conocer el pasado. Y es falsa porque las lecturas del pasado suelen estar viciadas por  la influencia de lo que hoy nos rodea, por la pereza de los historiadores, por sus desatinos o por su irrefrenable tendencia a escribir muchas más páginas de las necesarias. No es el caso de este libro y por eso debemos estar contentos.