21 Diciembre. La multilateralidad necesaria

Alfonso Salmerón

El 27 de octubre la situación en Catalunya dio otro giro inesperado. Si el día anterior se estuvo muy cerca de un acuerdo para que Puigdemont disolviera el Parlament y convocara elecciones, ese viernes el Parlament aprobó una declaración de independencia que no llegó a consumarse pero precipitó el desenlace conocido de los hechos. Aplicación del 155, convocatoria de elecciones el 21 de Diciembre, huída de Puigdemont a Bruselas y prisión preventiva para 7 de los consellers Además, los miembros de la mesa del Parlament que votaron a favor de que el Parlament discutiera la DUI, están siendo investigados por el Tribunal Supremo, con petición de prisión por parte de la fiscalía del Estado.

Catalunya vive en estado de shock permanente, al punto que reulta muy difícil encontrar la distancia adecuada que permita analizar los hechos con calma y con la garantía de un mínimo de objetividad. Son demasiadas emociones las que se han vivido en los últimos meses. Cada día resulta más difícil tratar de ejercer el libre pensamiento hoy en Catalunya (acaso también en España) sin correr el serio riesgo de caer abatido por el fuego cruzado. Duele comprobar como el fracaso de la política está conduciendo a Catalunya al desastre. El procés ha quedado atrapado en un relato sin conexión con la realidad. Incapaz de frenar, ni de proyectar las consecuencias de sus acciones, Puigdemont optó por una huida hacia adelante completamente suicida, que entregaba las instituciones catalanas, la iniciativa política y el control del tiempo político a Mariano Rajoy, a la vez que ponía en marcha el reloj de la vía judicial con todas sus consecuencias. Además, por pura reacción, su decisión consiguió activar al nacionalismo español, hasta la fecha muy residual en Catalunya. La movilización del voto identitario español puede convertirse en un vedadero terremoto político el 21-D.

Duele ver cómo se han ido tirando a la basura, una a una, todas las oportunidades para una solución acordada. Los dos bloques han preferido continuar encerrados en la burbuja de su relato, más pendientes de los réditos electorales que de buscar soluciones políticas de largo alcance. Las consecuencias están siendo terribles. Catalunya ha perdido su autogobierno, 9 personas en prisión a causa de sus decisiones políticas, la situación económica empieza a resentirse. Más de 2000 empresas han abandonado ya Catalunya y el consumo ha caído singularmente el mes de octubre. Pero a pesar de todo, lo que más me preocupa es la fractura social que existe en estos momentos en Catalunya. La agenda política puede provocar un vuelco electoral mayúsculo el próximo 21 de Diciembre. Y lo que es peor, no hay garantías de que el futuro immediato vaya a ser mejor después de las elecciones.

Lo ocurrido hasta la fecha deja varias conclusiones. La primera de ellas, el régimen del 78 ha sabido responder al desafío independentista, aprovechándose de sus errores. Ese sistema politico al que la crisis y la corrupción instalada en las centros de poder había dejado claramente tocado, gracias al tsunami político del 15 M y su onda expansiva en forma de nuevas opciones políticas, está empezando a recomponerse. Conviene no olvidar que la corriente de cambio llegó a ser de tal magnitud, que precipitó la abdicación del rey Juan Carlos. Una abdicación exprés que fue pactada por los partidos constitucionalistas, PP y PSOE junto al artefacto Ciudadanos, creado expresamente para frenar la subida de Podemos. El sistema necesitaba un nuevo partido bisagra que garantizara aquilatar las mayorías parlamentarias de orden.

La segunda conclusión, la precipitación y falta de acierto de los soberanistas. Como ha escrito Guillem Martínez, da la sensación que la hoja de ruta del procés se acababa el 1 de Octubre. Como si no hubiera escrita ni una sola página más. Cada día que pasa me convence más esa hipótesis. Hasta allí llegaba la previsión del govern y los suyos. Esperaban mostrarle al mundo la foto de las colas de ciudadanos frente a los colegios electorales clausurados por las fuerzas de seguridad del Estado, y se encontraron con una inesperada victoria que no supieron gestionar. La organización popular, acaso también con el permiso del Estado, convirtió la jornada del 1-0 en un éxito que nadie esperaba, consiguiendo que la votación se llevara acabo pese a la brutal represión policial.

El govern se econtró con un triunfo que no esperaba, un éxito que tuvo como colofón la jornada de paro general del 3 de Octubre. En esos días se vivieron verdaderamente unas horas de tensión revolucionaria en Catalunya. A partir de ese momento, todo fue ya improvisación, Puigdemont y su gobierno empiezan a ceder la iniciativa política, atrapados en su propio relato. No pueden frenar pero tampoco pueden continuar hacia adelante. Ahora ya podemos decir que no se habían creado las estructuras de Estado necesarias para garantizar la viabilidad de la república catalana, y que, por otra parte no habían apalabrado un eventual reconocimiento internacional. Ningún pais del mundo iba a reconocer a la nueva república, como luego supimos. Rajoy empieza a recuperar posiciones, seguramente bien asesorado por la vicepresidenta que había aprovechado el tiempo para tomarle el pulso a la situación catalana.

Llegados a ese punto, hoy desde la distancia de apenas unas pocas semanas, podemos decir que Puigdemont y su gobierno podría haber actuado de manera diferente. Había otras alternativas pero escogió la peor. Un callejón sin salida, adornado de malabarismos lingüísticos para hacer creer lo contrario a los más de dos millones de ciudadanos favorables a la proclamación de la república.

Podría haber dado el golpe del timón el 26 de octubre como ha venido escribiendo Enric Juliana, y convocar elecciones evitando así la intervención del Estado y el consecuente encarcelamiento de su gobierno. Esto le hubiera permitido mantener la iniciativa política, salvaguardado las instituciones catalanas y convertir las elecciones en un nuevo plebiscito. Sin embargo, no tenía apoyos para hacerlo. Se había llegado demasiado lejos como para realizar un giro de esa envergadura. Ese giro de timón le hubiera dejado solo a los pies de los caballos (los suyos).

Sin embargo, podría haber hecho otra cosa diferente a la que hizo si hubiera leído de otra manera lo que ocurrió entre el 1 y el 3 de octubre en Catalunya. La represión de las fuerzas de seguridad del Estado y el éxito de convocatoria del 1 de octubre consiguieron movilizar a amplísimos sectores de la sociedad catalana. El independentismo había conseguido romper sus propias fronteras. Había una ola de de solidaridad y simpatía inmensas que hicieron que el paro general fuera un éxito incontestable. En aquellos días, que ahora parecen tan lejanos, la cosa ya no iba de independencia, la cosa iba de democracia. Fueron unas horas en las que la ventana de oportunidad del cambio volvió a vislumbrarse. Así lo entendió perfectamente el Estado y por eso, dos días más tarde, el monarca se vio obligado a intervenir. Había que emplearse a fondo para evitar que la situación fuera a mayores. Ahí empezó a operar el miedo. Felipe VI tocó a rebato en defensa de la patria. Avisó a los rebeldes que la cosa iba en serio y espoleó a los patriotas, que respondieron consecuentemente a su llamada el domingo 8 de octubre en la mayor manifestación a favor de la unidad de España que se había producido hasta la fecha en Catalunya, hecho que se repitió tres semanas más tarde.

Ahí se cerró la ventana de oportunidad, que estuvo abierta entre los días 1 y 5 de octubre. Entonces, Puigdemont, y los partidos soberanistas, incluidos los no nacionalistas que han defendido el derecho de autoderminación, como Catalunya en Comú, pero también el PSC, podrían haber hecho una cosa diferente, intentar articular políticamente la corriente de movilización expresada esos días, que iba mucho más allá de las fronteras de la ANC y Omnium.

Aquel era un momento que requería una mayor amplitud de miras. Se había abierto una ventana de oportunidad que la DUI, paradójicamente , cerraría de un portazo. En lugar de seguir adelante con un relato, que ya se sabía entonces, conducía a la nada, podrían haber continuado profundizando en la grieta que se había abierto. La alternativa pasaba por haber articulado un verdadero frente democrático, que no independentista, para plasmarlo en un gobierno de concentración que ampliara el espacio politico y social, a la vez que obligara a un replanteamiento de la estrategia política.

Era el momento de jugar a la multilateralidad, ampliando en lo interno las alianzas y las complicidades en el conjunto del Estado y en Europa bajo el denominador de un un único programa: referéndum. Era la única salida posible. Una salida que interpelara al PSOE para articular un nuevo proceso constituyente que permitiera alumbrar una nueva España, plurinacional, federal y republicana.

Ésta hubiera sido una propuesta de largo recorrido, que hubiera permitido construir complicidades para alumbrar una alternativa en todo el Estado. No se quiso, no se supo o no se pudo acaso ni contemplarla. Lo que ocurrió ya lo conocemos de sobra y de sobra se ha escrito estos días. El govern quedó atrapado en su relato y prefirió caer con él a contemplar nuevas narrativas. Las elecciones del 21D pueden ser una nueva oportunidad. Ganará quien sepa articular una nueva narrativa superadora de la dinámica de bloques y esté felizmente encardinada en la realidad de las clases medias y populares. Porque la gente está cansada, muy cansada y sigue existiento una amplísima mayoría social que está a favor de un referendum acordado y quiere para sí misma las mismas cosas: pan, casa, trabajo y convivir en paz. Quien se atreva a interpelar a esa nueva mayoría sin complejos tiene mucho ganado.