2017

LBNL

Hay consenso sobre que 2016 fue un año malo de toda maldad y también una gran incertidumbre, apesadumbrada, sobre lo que nos deparará el año entrante, sin necesidad de profecías mayas o milenarias de por medio. No hay que ser un lince para atisbar que Trump va a generar no pocas turbulencias, incluso aunque alguna pueda llegar a ser positiva. Si alguno confiaba en lo contrario, su pre-ejercicio del cargo desde que fue elegido indica que, a todas luces, va a ser fiel a su estilo, precisamente bastante caótico y desde luego poco ortodoxo. En Moscú se frotan las manos y seguramente no todas sus expectativas se cumplan, como es de esperar que tampoco lo hagan todas las amenazas frente a las que ya se está preparando Pekín. En el ámbito patrio, el escenario tampoco es demasiado halagüeño. Si bien el PSOE y el PP llevan unas pocas semanas demostrando respectivamente que se puede hacer oposición constructiva eficaz y gobernar con cierta flexibilidad y diálogo, la pareja de hecho forzosa puede saltar por los aires en cualquier momento, especialmente teniendo en cuenta el proceso congresual que afrontará el primero antes del verano – esperemos al Comité Federal para la fijación de la fecha definitiva.

Entre lo internacional y lo interno cae la gestión del Brexit, por aquello de que la Unión Europea es parte de nosotros al formar parte nosotros de ella. Según su compromiso, la ínclita Primera Ministra May, que cada vez da más muestras de haber perdido el norte definitivamente si es que alguna vez lo tuvo en el radar, presentará la petición de salida de la UE antes del final de febrero. Muy poco después, el resto de líderes europeos se reunirá en Roma para celebrar el 60º aniversario del Tratado fundacional de Roma y, se espera, aprovechar para dar un salta hacia delante al estilo del novio despechado que se va de copas para demostrarle a la novia huidiza que puede ser féliz sin ella y todo lo que se pierde. La Defensa será un sector esencial de la nueva Unión, más unida y más política, pero también otras áreas.

Como en el caso de los novios despechados, el mensaje no es sólo para la que se va, sino también para uno mismo, en este caso las opiniones públicas de los restantes veintisiete Estados Miembros y, muy especialmente, las francesa y alemana, que se enfrentan a elecciones presidenciales y parlamentarias cruciales. La mecanica electoral francesa permite prever desde ya que el candidato de la derecha vencerá en segunda ronda -con el apoyo de la izquierda que, desunida y desprestigiada no conseguirá siquiera pasar a la final- a Marine Le Pen, que sin embargo ganará con cierta holgura la primera vuelta. Las predicciones electorales las carga el diablo y sobre todo últimamente, pero no será la primera vez que la ultraderecha llega a la segunda ronda de las presidenciales -ya lo consiguió el padre, si bien quedando segundo en la primera vuelta- y que la izquierda se vuelca para evitar que llegue a la Presidencia. Si llegara a conseguirlo, 2017 será sin duda mucho peor que 2016 porque supondría en verdad el fin del europeismo ilustrado imperante en el corazón de Europa desde el final de la segunda Guerra Mundial. Le Pen no sacaría a Francia de la UE, sino que la Unión se terminaría ipso facto porque no tiene sentido sin Francia y Alemania, entre otros, pero muy especialmente, porque no podría aceptar seguir trabajando codo con codo con quien representa todo aquello de lo que la Alemania democrática huye.

Ademas, el triunfo de Le Pen daría alas a todas las fuerzas políticas etnico-nacionalistas que ya copan cuotas sustanciales de poder en Hungría, Polonia, Países Bajos, Finlandia, Dinamarca y otros. Y por supuesto en Alemania, donde la infausta y racista AfD podría añadir la amenaza francesa a su elenco de enemigos externos de los que hay que defenderse, y amenazar todavía con más fuerza a la gran capitana europea, nuestra Señora Angela Merkel, que Dios guarde muchos años.

Angela Merkel se impuso in extremis a sus ayatollahs austericidas y consiguió salvar al euro cuando la crisis griega estaba al borde del estallido final. Tras haber aceptado imponer -todo el mundo pensaba que Alemania jamás accedería y de hecho probablemente no lo habría hecho de no haber sido derribado el avión de la KLM- las sanciones más duras de la historia a Rusia por su agresión militar contra Ucrania, Sor Angela cogió de la mano al pelele Hollande y se lo llevó a Minsk para negociar con Putin y Poroshenko un acuerdo que dificílmente llegará a cumplirse en su integridad, pero que puso fin a un posible conflicto bélico entre Rusia y la OTAN. Y tras ganar sendos match points económico y político, finalmente la Señora Merkel salvó la cara de la dignidad moral europea cuando decidió por su cuenta que Alemania no expulsaría a ningún refugiado que llegara a su territorio huyendo de la horrible guerra civil siria, pese a tener el derecho de hacerlo según la legalidad europea imperante, devolviéndolos al primer país europeo que dichos refugiados hubieran pisado.

En España yo nunca he votado y creo que jamás votaré al PP y este último me da razones prácticamente a diario para razonar fácilmente mi sectarismo larvado. Pero en Francia y Alemania yo votaría a la derecha sin dudar, en beneficio propio y pensando en Europa.

Tiempo habrá para volver al redil nacional y comentar cómo Rajoy lidia el desafío soberanista catalán y cómo Susana Díaz maniobra para asegurarse de ser la única candidata a la Secretaría General. Dejémoslo por ahora en que si yo fuera Puigdemont estaría verdaderamente acongojado dada la habilidad con la que Rajoy ha sabido defenestrar a todo aquel que se le ha puesto por delante, dentro y fuera de su partido, con la única excepción de Zapatero, que yo sepa; y Puigdemont francamente… Y dejémoslo también en que no es previsible que alguien que ha destacado precisamente por su dominio de lo orgánico y su cautela para evitar pasos en falso, vaya a aceptar, de repente, que sería beneficioso para el partido socialista unas primarias abiertas.

Pero no piensen en Rajoyes o Susanas o siquiera en Trumps. Lo de Cataluña puede ser un fregado monumental, la desaparición del PSOE sería un horror y Trump puede poner el mundo patas arriba. Muy patas arriba. Sin embargo, nuestro futuro depende este año, sobre todo, de lo que pase en París y Berlín. Lo malo es que apenas podemos hacer nada (yo estoy dispuesto a organizar una “kedada”, hacer un círculo, agarrarnos las manos y concentrarnos todos mucho mucho para contribuir, siquiera un poquito, a acabar con una señora pérfida y garantizar la continuidad de otra a la que, hace no tantos años, despreciaba políticamente y que me ha demostrado con obras cuán equivocado estaba. Bien mirado, igual es que no soy tan sectario 🙂

¡Que tengan un muy buen año en lo personal y sigámonos escribiendo por estos lares!