La guerra de nunca acabar

Frans van den Broek

Algunos de los pasajes más emotivos y hermosos en la larga obra de Doris Lessing se refieren a su padre, un veterano de la primera guerra mundial. Como tantos en aquel entonces, su padre fue a la guerra con espíritu patriótico y juvenil, tal vez llevado por cierto sentido de aventura, influido por la propaganda nacionalista y los ideales del Imperio Británico. Volvió roto y desmoralizado, habiendo perdido una pierna desde la rodilla en la inmolación absurda que fue la guerra del 14. Lessing recuerda que jamás le abandonó la amargura de dicha experiencia, que afectó su espíritu de modo profundo, acercándole al cinismo y el descreimiento. Se sentía engañado, traicionado por su propia nación, por sus gobernantes, por sus políticos. ¿De qué había servido aquella matanza espantosa, realizada por primera vez en la historia, según nos cuentan los entendidos, a escala industrial? Lessing reflexiona entonces que la guerra mundial no solo afectó a su padre, sino a ella misma y a quienes heredaron de los combatientes sus memorias y su persistente dolor. La guerra, de muchas maneras, sigue su curso mucho más allá del armisticio, rendición o catástrofe que le pone fin. La historia no se detiene en fechas, sino que reverbera en el espíritu de los hombres y las generaciones, a veces por los siglos de los siglos. Pero no hay amén que las consagre o bendiga.

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Segundas partes pueden ser mejores

Barañain

No es que uno sea un mitómano, pero formando parte de lo que se consideró la última generación del antifranquismo, cuya educación político-sentimental estuvo tan marcada por el  traumático final de la experiencia socialista chilena de Allende  en 1973 (me gustaría poder decir que “parece que fue ayer” pero es una eternidad el tiempo transcurrido) no podía resultarme indiferente la escena del traspaso de poder en Santiago de Chile del conservador Sebastián Piñera a la socialista Michele Bachelet, con Isabel Allende –flamante presidenta del senado- haciendo de maestra de la ceremonia.

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La cosa pinta mal en Ucrania (III)

LBNL

Ya lo siento, volver a dar la paliza con lo de Ucrania, que queda muy lejos y parece tener mucha menos importancia que las imputaciones y fianzas desorbitadas que reparte a troche y moche esa juez impasible de Sevilla obsesionada con su cruzada particular, que el décimo aniversario del traumático atentado del 11-M y las cuitas que sigue suscitando o que la perenne indecisión de Rajoy sobre el cabeza de lista PPopular para las europeas. Es pura apariencia porque lo que está pasando y, sobre todo, lo que puede llegar a pasar, es muy gordo y puede tener consecuencias muy tangibles sobre las vidas de todos nosotros – y ninguna buena.

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Ante la desgracia

Lobisón 

Tras las atrocidades del 11-M, hoy hace diez años, confieso que sentí un gran alivio cuando se informó —no sé si con toda precisión— de que no se estaban produciendo reacciones violentas contra los musulmanes en España. Pero, suponiendo que realmente fuera así, viendo los testimonios de quienes sufrieron en carne propia la embestida de los creyentes en la versión paranoica de la autoría de ETA —como el ex comisario de Vallecas Rodolfo Ruiz— cabe la sospecha de que esa embestida canalizó el violento deseo de venganza de los sectores más primitivos de nuestra sociedad. Y así aumentó el número de víctimas, tan inocentes como las del propio 11-M.

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Citando a Churchill en Navarra

Oferta para socialistas enfadados

Oferta para socialistas enfadados

Guridi

«Os dieron a elegir entre dejar impune la corrupción o perder votos, elegisteis la impunidad y no tendréis los votos»

Los orígenes de todo esto no son tan tremendos como su resultado. Roberto Jiménez se sentía acosado ante su última oportunidad de poder plantar cara a UPN, tras haber gobernado con ellos porque a Pepe Blanco también le daba miedo que el PP les relacionase con Bildu.

Con un PSN que se veía cada vez más menguante en votos y más desconectado de la sociedad navarra, con Nafarroa Bai comiéndoles el terreno por la izquierda. Jiménez, que sabía que su apoyo a Chacón en Sevilla le iba a salir caro, creyó que tenía que hacer algo. Lo que fuera. A toda prisa. No sé cómo pensó que en algún momento Rubalcaba le permitiría hacerlo. Para un ex-ministro del Interior al que se le difamó diciendo que entregaba Navarra a ETA, el que te mencionen en la misma frase que a Bildu es inaceptable.

Si, además, los estrategas de Ferraz creen de verdad que sus encuestas dicen que se pierden menos votos consintiendo los escandalosos latrocinios de Barcina y su banda, que lanzando una moción de censura para quitarla de en medio… No hay nada que hacer.

No estoy seguro de que no se haya hecho lo correcto y estamos en el sitio al que nos ha llevado un camino lleno de errores, tropezones, chapuzas y oportunismo. Detrás de todo esto hay más de lo que trasciende a primera vista. Pero hay una cosa clara: lo que han percibido nuestros militantes -y nuestros votantes más izquierdistas-, es que hemos sido blandos con un flagrante caso de corrupción en cuanto nos han agitado el espantajo etarra.

Como tantas otras decisiones de la era Rubalcaba, puede que sea lo correcto pero no va a haber manera de explicar esto a la gente, nos va a costar apoyos que no se recuperarán y se percibe como otra traición a los principios del PSOE.

Cruzo los dedos para el «Efecto Valenciano» resuelva esto a gusto de todos en las elecciones.

Navarra: rumba entre dos aguas

Barañain

No me refiero a la que  interpretaba el malogrado Paco de Lucía sino la que se empeña en bailar el PSOE en torno a la gobernabilidad de Navarra. Y llueve sobre mojado.

Tras  el último escándalo protagonizado por su consejera de Hacienda, la presidenta  Barcina, lejos de asumir responsabilidad alguna por lo ocurrido –tampoco  lo hizo cuando a ella misma  le pillaron cobrando dietas escandalosas de CajaNavarra-, ha sacado a pasear  el espantajo de ETA: ella no dimitirá, dice, “para impedir que se cumpla la hoja de ruta de ETA en la comunidad”.  Tampoco está por la labor de disolver y convocar elecciones.

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¿Segunda guerra fría?

LBNL

A finales de enero publiqué por estos lares una columna sobre Ucrania en la que advertía de que la cosa se estaba poniendo fea y se podía poner mucho si el Presidente y la oposición no eran capaces de pactar. Acabaron haciéndolo pero un mes más tarde, en el que murieron decenas de manifestantes y algunos policías. La situación se degradó tanto que los Ministros de Exteriores de Alemania, Francia y Polonia, junto a un enviado del Presidente ruso, tuvieron que plantarse en Kiev para forzar la firma de un acuerdo que pusiera fin a la deriva hacia el caos. Ya era demasiado tarde y pocas horas después, el Presidente Yanukovich huía tras haber perdido el control hasta de su propio partido.

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Los de la escondida senda

Frans van den Broek

¿Ha llegado alguna vez a una fiesta llena de gente extraña y sentido imperioso deseos de largarse de allí o de arrumarse en un rincón? ¿Se ha encontrado alguna vez en casa como León en jaula y llamado al primer amigo de su lista, aburrido o no, con tal de salir de casa y meterse a algún bar lleno de gente? Si responde afirmativamente a la primera pregunta es usted, con buena probabilidad, un introvertido. Si dice que sí a la segunda, lo más probable es que sea usted un extrovertido. Pues resulta que desde que el mundo es mundo y el homo sapiens, homo sapiens, la población está dividida en tipos humanos más o menos identificables, a los que conocemos, desde Jung, por los nombres recién mencionados. Existe, eso sí, en esta era de clasificaciones sin fin, una categoría mixta, llamada ambivertidos, aquellos que combinan rasgos de ambas categorías, o que estuvieron distraídos a la hora de hacer el test, vaya uno a saber. En todo caso, lo anterior ha ocupado mi mollera debido a la lectura del libro de Susan Cain, aptamente titulado “Quiet”, en el que aboga por el reconocimiento de la contribución que han hecho y hacen los introvertidos a la humanidad, en todos los terrenos, en unos tiempos en que el tipo del extrovertido es visto como el modelo a seguir.

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Vísperas ucranianas

Lobisón

El domingo se difundieron imágenes de un centenar de personas que se manifestaban ante la embajada de Estados Unidos en Kiev solicitando la ayuda de este país frente a la intervención rusa. Eran personas de aspecto civilizado, probablemente creyentes en los valores occidentales, y su visión y sus palabras provocaban tanta simpatía como tristeza. Incluso, para las personas con cierta memoria histórica (mejor no hablar de edad), suscitaban una gran melancolía al recordar lo que sucedió en Hungría en 1956.

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