La guerra de nunca acabar

Frans van den Broek

Algunos de los pasajes más emotivos y hermosos en la larga obra de Doris Lessing se refieren a su padre, un veterano de la primera guerra mundial. Como tantos en aquel entonces, su padre fue a la guerra con espíritu patriótico y juvenil, tal vez llevado por cierto sentido de aventura, influido por la propaganda nacionalista y los ideales del Imperio Británico. Volvió roto y desmoralizado, habiendo perdido una pierna desde la rodilla en la inmolación absurda que fue la guerra del 14. Lessing recuerda que jamás le abandonó la amargura de dicha experiencia, que afectó su espíritu de modo profundo, acercándole al cinismo y el descreimiento. Se sentía engañado, traicionado por su propia nación, por sus gobernantes, por sus políticos. ¿De qué había servido aquella matanza espantosa, realizada por primera vez en la historia, según nos cuentan los entendidos, a escala industrial? Lessing reflexiona entonces que la guerra mundial no solo afectó a su padre, sino a ella misma y a quienes heredaron de los combatientes sus memorias y su persistente dolor. La guerra, de muchas maneras, sigue su curso mucho más allá del armisticio, rendición o catástrofe que le pone fin. La historia no se detiene en fechas, sino que reverbera en el espíritu de los hombres y las generaciones, a veces por los siglos de los siglos. Pero no hay amén que las consagre o bendiga.

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