Los de la escondida senda

Frans van den Broek

¿Ha llegado alguna vez a una fiesta llena de gente extraña y sentido imperioso deseos de largarse de allí o de arrumarse en un rincón? ¿Se ha encontrado alguna vez en casa como León en jaula y llamado al primer amigo de su lista, aburrido o no, con tal de salir de casa y meterse a algún bar lleno de gente? Si responde afirmativamente a la primera pregunta es usted, con buena probabilidad, un introvertido. Si dice que sí a la segunda, lo más probable es que sea usted un extrovertido. Pues resulta que desde que el mundo es mundo y el homo sapiens, homo sapiens, la población está dividida en tipos humanos más o menos identificables, a los que conocemos, desde Jung, por los nombres recién mencionados. Existe, eso sí, en esta era de clasificaciones sin fin, una categoría mixta, llamada ambivertidos, aquellos que combinan rasgos de ambas categorías, o que estuvieron distraídos a la hora de hacer el test, vaya uno a saber. En todo caso, lo anterior ha ocupado mi mollera debido a la lectura del libro de Susan Cain, aptamente titulado “Quiet”, en el que aboga por el reconocimiento de la contribución que han hecho y hacen los introvertidos a la humanidad, en todos los terrenos, en unos tiempos en que el tipo del extrovertido es visto como el modelo a seguir.

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