¿Qué hay de Bradley en Pennsylvania?

Antesala

 

Pennsylvania es conocida como “the Keystone State”, que podría traducirse como “el Estado Piedra Angular”. El apodo tiene un origen difuso, pero diversas fuentes tienden a atribuir el apelativo a la contribución esencial que este Estado ha tenido en el desarrollo económico, social y político del país. Allí se elaboraron la Declaración de Independencia y la Constitución de los Estados Unidos y durante años Philadelphia fue la sede de la Administración de la Commonwealth, de la que fue su centro neurálgico.  

 

El mapa electoral de Pennsylvania en las últimas elecciones presidenciales refleja claramente las dos personalidades del Estado. Por una parte, el área metropolitana de Pittsburgh, al oeste, y el eje Philadelphia-Allentown-Scranton, al este, conforman dos áreas urbanas de gran pujanza económica. El partido demócrata es mayoritario en estas urbes, en las que la representación del partido republicano suele confinarse a sus periferias residenciales. El resto del territorio lo compone una vasta zona conocida despectivamente como “Pennsyltucky”, por las similitudes paisajísticas y sociales con el ámbito rural de Kentucky. Allí son hegemónicos los republicanos.

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Inmigración y voto en las elecciones del 9-M

Ignacio Urquizu 

Tras las elecciones generales del 9-M, el Partido Socialista decide introducir algunos cambios. Entre éstos, destaca la renovación en el Ministerio de Trabajo y Asuntos Sociales, donde Jesús Caldera da paso a Celestino Corbacho. Este cambio implica un discurso distinto en materia de inmigración. Podríamos pensar que esto es producto de un desgaste electoral. Es decir, que la anterior política de inmigración resta votos al Partido Socialista. Pero, ¿es realmente así?

Si realizamos una simple regresión entre las ganancias y pérdidas electorales del Partido Popular por provincias y el aumento de inmigrantes entre 2004 y 2007 en estos lugares –ver Gráfico 1-, veremos que en aquellas circunscripciones donde más inmigrantes llegaron, más votos ganó el PP. No obstante, de datos agregados no podemos inferir siempre comportamientos individuales. Es decir, esto no implica que los votantes castigaran la política de inmigración del Partido Socialista. Pero esta relación estadística nos presenta un puzle intrigante.   

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Defensa apasionada de mi abuela (y otras personas mayores)

Aitor Riveiro

Desde pequeño la información meteorológica ha tenido una relevancia especial para mí. Quizá el único momento del día en el que en la cocina de la casa de mis abuelos se guardaba un silencio sepulcral era después del “parte”, cuando aparecía en Televisión (sólo había una, aún hoy lo parece) “El Hombre del Tiempo”. Recuerdo aquellas larguísimas previsiones que abarcaban varios días, informaban de los vientos con todo lujo de detalles y de las inimaginables, aún hoy para mí, olas de 5 a 7 metros, la marejadilla, la mar gruesa,… y el sempiterno Anticiclón de las Azores, que sigo sin saber qué demonios es.

Durante los larguísimos veranos de la infancia que pasé allí, Maldonado y Montesdeoca ayudaban a mi familia en sus labores diarias. Si al día siguiente iba a lucir el sol tocaba segar o, si la hierba ya estaba seca, empezar a empacar; si llovía, lo mejor era aprovechar la jornada para arreglar las uñas de los animales, inseminar alguna vaca,… El buen tiempo no significaba entonces lo mismo que hoy, porque un día lluvioso de mediados de julio podía devenir en un divertidísimo paseo en tractor por un campo embarrado (paseo para mí, que para mi tío era un curro).

Mis recuerdos de entonces son difusos, pero me ha quedado la manía de prestar atención a la información meteorológica, aunque sea de forma inconsciente. Quiero decir que no la escucho, pero la oigo, y que cuando “el (o la) del tiempo” dice algo que desentona, yo lo proceso. Por ejemplo, el domingo pasado, justo cuando salía de casa, con las llaves en la mano y la chaqueta a medio poner, a mitad de camino de la puerta, “la del tiempo” de TVE (¿existe otro?) dijo que el invierno “se había instalado definitivamente” en España. Con dos meses de antelación, ni más ni menos.

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Cartas Fiñolesas (1)

Frans van den Broek 

 

I

 

A mi heredad genética y cultural mestiza, en la que confluyen vaya uno a saber cuántas sangres y legados –dado que ni el europeo más ‘puro’ ni el indio más ‘auténtico’ dejan de ser a su vez otras tantas mezclas sobre mezclas-, puedo añadir el hecho de tener una hija finlandesa y afincada en Finlandia, cuya madre es originaria de aquel bello país. La madre, faltaba más, es también una mezcla de ancestros suecos y fineses, y hasta hay un lejano ancestro holandés perdido por allí entre los bosques y los lagos en busca de fortuna y de mujeres, abundantes estas últimas tras las guerras y pobrezas que decimaron a los hombres en el pasado. Y no me extrañaría que alguna gota de sangre eslava se haya colado en sus venas, tras tantos años de dominio ruso, aunque no puedo aseverarlo. No me pregunte el respetable cómo es que llegué a hacerme padre de una adorable finesa, hoy de 11 años, pues tendría que acudir a los viejos conceptos del azar y la necesidad, sin saber en realidad dónde aplicarlos ni por qué. Si menciono este hecho es sólo para indicar la razón de mi interés por Finlandia y de que visite el país con bastante regularidad, cada tres o cuatro meses, y de que, a raíz de este contacto, haya llegado a saber algo de su historia y de sus gentes. Lo menciono, además, como una prueba más de la fragilidad de las identidades nacionales en el mundo globalizado de hoy en día, prueba modesta tal vez, pero simbólica en alguna medida del mundo que se aviene, y como una acotación al margen sobre la obsolescencia relativa de las identidades étnicas, las cuales me parecen cada vez más ficticias, cuando no francamente absurdas. Si le preguntaran a mi hija, como hicieron conmigo al llegar a Holanda –por primera, pero no última vez en mi vida- a qué categoría étnica se considera perteneciente, me temo que o bien tendría que apelar a muchos guiones o paréntesis, o a muchas horas de terapia. Claro está, ella se siente finlandesa, por la sencilla razón de que esa es su patria y allí transcurre su vida, pero los idólatras de las tribus jamás se contentan con ello. Y en su propia patria hay lealtades divididas, entre la comunidad finlandesa mayoritaria y la minoría de habla sueca. Pero sobre esto hablaré en otra ocasión. 

 

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¿A dónde va el capitalismo?

Lobisón

 

En medio de la montaña rusa de las bolsas y de las noticias sobre quiebras y despidos, se puede encontrar un placer perverso en el temor que invade a quienes hacen gala de su fe en los mercados. El 27 de septiembre el Financial Times publicó un editorial (“Elogio del libre mercado”) en el que, tras reconocer que “éste es un momento difícil para defender el libre mercado”, proclamaba que “el FT está orgulloso de defenderlo, incluso ahora”. Y el 16 de octubre The Economist (“El capitalismo en aprietos”) se alarmaba: “La libertad económica está sufriendo un ataque… Todas las señales apuntan en la misma dirección: un mayor papel para el Estado y un menor y más limitado sector privado”. Más modestamente, el mismo día un banquero de inversiones escribía al consultorio profesional-sentimental de Lucy Kellaway en el FT lamentándose de que al revelar su profesión en una cena de amigos todos le habían mirado como si hubiera confesado ser pedófilo. ¿Debería fingir que era bibliotecario?

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Greenspan contra las cuerdas

Magallanes

Hace un par de meses, más o menos, escribí en un comentario de este blog que la culpa de la crisis financiera que se ha originado en EEUU, la tenía el anterior gobernador de la Reserva Federal, Alan Greenspan, con su radical filosofía liberal mamada en los círculos de la escritora Ayn Rand de los años 40s y 50s y expuesta en su famosa novela “The Fountainhead”.

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Manifestación artificial

Millán Gómez

 

Este pasado lunes, el diario ABC dedicaba parte de su editorial y dos páginas del interior del periódico a la situación idiomática en Galicia. La información se centraba en la manifestación convocada el pasado domingo en A Coruña por la Mesa por la Libertad Lingüística en contra de la supuesta imposición de la lengua gallega. El análisis no podía ser más disparatado. Anunciaba a bombo y platillo burradas del calibre de que en Galicia la gente tiene miedo a hablar y que no dicen su nombre por temor, que sólo se editan libros en gallego y que los jóvenes de esta tierra tienen un conocimiento superficial de la lengua castellana. Así, para ir abriendo boca.

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Tragedia de los albañiles y camareros

Sicilia 

 

Parece que la fase financiera de la crisis ha tocado fondo y se atisba el fondo del pozo. Las acciones concertadas de los bancos centrales, la toma de capital por parte de los estados, las garantías de los depósitos de los ahorradores y el respaldo a la deuda de los bancos (más alguna otra especificidad local), parecen haber calmado el pánico.

 

El paisaje después de la batalla deja mutilados de facturas diferentes.

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Lo que cuesta un riñón (2)

 Ricardo Parellada 

 

Hace unos meses conté en este foro, violando quizá las normas más elementales del respeto a la intimidad de las personas, el caso del hermano del marido de una prima mía, enfermo de riñón. A pesar de que son bastante baratos, este chico se negaba a comprar el riñón de un pobre en el mercado negro y su hermano (mi cuñado segundo, en adelante cuñado tout court para entendernos) estaba dispuesto a donarle uno. Pues bien, os cuento con gran alegría que hace unos días tuvo lugar la operación y que por ahora va todo bien.

 

Violando quizá de nuevo las normas más elementales del respeto a la intimidad de las personas, me gustaría compartir unas reflexiones que no dejan de rondarme la cabeza. La pregunta es sencilla: ¿qué puede llevar a una persona (en este caso mi cuñado) a realizar una acción semejante? ¿Qué función de utilidad tendremos que reconocer en un individuo para poder comprender una acción como esa? He buscado una respuesta en algunos de los medios a los que tengo algún acceso, aunque sea muy limitado, pero no acabo de encontrar una explicación que me convenza del todo y agradeceré cualquier tipo de ayuda.  

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Oponerse no vale para nada

Aitor Riveiro

Las leyes presupuestarias que cada año aprueban los parlamentos en las distintas administraciones del Estado son los más importantes, o eso se ha dicho siempre. Prueba es que, excepción hecha del Debate sobre el estado de la nación, los Presupuestos Generales del Estado y sus hermanos pequeños autonómicos reciben siempre una gran atención por parte de los medios de comunicación y los gobiernos dedican semanas a recibir los apoyos necesarios para sacar adelante sus cuentas.

Sin estas leyes la nación es ingobernable. Marcan las prioridades de los distintos gobiernos y, analizándolos, los ciudadanos podemos dilucidar cuáles son las intenciones reales de quienes deciden por nosotros en las instituciones públicas. Así, un presidente de una comunidad autónoma puede desgañitarse en un mitin alabando la política social de su ejecutivo o anunciando que, esta vez sí, la partida destinada a I+D+i pone a su región al nivel de los países más avanzados en la materia; pero cuando se echan cuentas, uno descubre la realidad.

Desde siempre se ha dicho además que el debate presupuestario es uno de los más propicios para hacer oposición. Son tantas las partidas y tanto el dinero a invertir que el partido que no gobierna tiene munición de sobra para atacar al contrario y para desenmascarar sus pecados. En tanto en cuanto que los presupuestos suelen tener una gran repercusión mediática (y real), es un momento óptimo para aquellos que, por diversas cuestiones, tienen muy difícil cumplir con su cometido de oposición.

Todo el mundo está de acuerdo. ¿Todos? ¡No! El presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, ha decidido que para solucionar la crisis el partido que dirige no va a hacer oposición en aquellos lugares donde no gobierna. O eso nos quiere vender.

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