¿Por qué Zapatero siempre gana los debates con Rajoy?

Ignacio Sánchez-Cuenca

Hasta los más zapateristas admiten que el Presidente del Gobierno no es precisamente un Demóstenes. La oratoria no es la principal cualidad de Zapatero. Hay ocasiones en que pronuncia palabras que no significan nada, o que no se sabe qué significan. Lo peor, con todo, es cierta incapacidad para utilizar con soltura el léxico castellano. Zapatero transmite la impresión de que le cuesta hilar una frase, le falta soltura se mire como se mire. De ahí que su lenguaje parezca a menudo acartonado y artificial. Ni siquiera acierta en la entonación. Algunos pensamos que coloca los énfasis caprichosamente. No tanto como Aznar, por supuesto, que se ponía firme cuando no tocaba, o chistoso cuando no venía a cuento.

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Cambio de Registro

Pablo Beramendi

 

Zapatero ganó el debate, por “la mínima” para unos, de modo contundente para otros.  Entre el bonobús, la “agresión a las víctimas”, y  la despedida de Rajoy, más propia de “Marcelino Pan y Vino” que de un político moderno, el candidato socialista ganó, pese a estar  bastante flojo en cuestiones como terrorismo, estructura del Estado e inmigración, y a no usar con la contundencia que se puede las políticas sociales, los avances en derechos, y los resultados económicos. Bien es verdad que, dado como se planteó el debate, había muy poco espacio para argumentar de forma racional.

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Sobre la mentira en política

Lope Agirre

El texto del catecismo era claro: “Mentir es decir lo contrario de lo que se piensa con intención de engañar”. Tengo amigos que, en teoría, no aceptan la mentira, bajo ninguna circunstancia. Dicen que ellos, por imperativo moral, no mentirían jamás. Pero yo les digo que dicho imperativo puede ser contrario a la necesidad de sobrevivir. En caso de que nuestra vida estuviese en peligro y si la salvación dependiese de una mentira, sin que las consecuencias de ella implicaran un mal a otra persona, ¿dudaríamos en mentir? Pedro mintió, no una ni dos, sino tres veces, y llegó luego a santo. Tal es el ejemplo de la Iglesia.

Los gobiernos mienten a menudo a los ciudadanos, a veces consciente y a veces inconscientemente. Lo hacen, por debilidad, para evitarse reproches o para ocultar actuaciones incorrectas, o porque piensan que el ciudadano no tiene derecho a saber más de lo que sabe. “Nosotros no hemos sido” es un argumento muy utilizado, cuando las preguntas que se hacen no tienen respuesta, o la respuesta que se tiene no es conveniente que se divulgue. Si yo fuese Presidente del Gobierno y me preguntaran sobre lo sucedido en la negociación con ETA, poco añadiría a lo aparecido en los periódicos, porque hay ciertos secretos que es mejor no airear, por la seguridad del Estado y por la tranquilidad de los ciudadanos. Si yo fuese Ministro de Economía, tampoco andaría proclamando a los cuatro vientos la realidad de la crisis, porque podría crear pánico, y sería peor el remedio que la enfermedad. Hay verdades que es mejor desconocer, por el interés público, y por prudencia, que es una de las grandes virtudes, creo yo. Sé, por experiencia, que los médicos no dicen todo lo que saben, cuando se les pregunta por un enfermo. No es que tengan por honra mentir, sino que miran el daño que puede causar la verdad en los familiares, si no están preparados para recibirla tal y como es. “Mentira piadosa” se llama.

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Rajoy aguanta pero no puede con Zapatero

Mimo Titos

Anoche Rajoy necesitaba ganar claramente para recuperar su desventaja en las encuestas y no fue capaz de hacerlo por lo que sus posibilidades de gobernar tras el 9 de marzo se redujeron un poco más.

Sin embargo Zapatero no contentó a todos los suyos. A unos por no responder con más virulencia a las insidias proferidas por Rajoy, entre las que sobresalió la infamia de que había agredido a las víctimas. A otros, por el contrario, nos frustró que se dejara arrastrar en demasía al intercambio agrio, desperdiciando así su mayor ventaja: su simpatía natural, su cercanía, en definitiva, su mejor talante.

Rajoy sí fue recibido con gran entusiasmo por los suyos. No es de extrañar porque sus expectativas eran muy bajas: Rajoy había perdido todas y cada uno de los duelos dialécticos de los que ha dispuesto en el Congreso durante los últimos cuatro años. Encima, tenía que calibrar mucho los golpes: si se pasaba de duro corría el riesgo de movilizar a la izquierda pasiva y si en cambio se quedaba corto, volverían a lloverle las críticas de sus apoyos más fachas. Consiguió atinar en al menos dos ocasiones: inmigración y terrorismo.

El discurso sobre inmigración fue muy cínico pero efectivo. Suscitó todos los miedos subyacentes utilizando vocablos como avalancha y reclamando orden y control pero lo hizo evitando caer formalmente en la demagogia al dejar de lado la inmigración ilegal para centrarse en que Zapatero no ha hecho nada para remediar la insuficiente dotación en servicios públicos pese al drástico aumento de población legalmente residente. Zapatero se defendió muy bien, subrayando los progresos en el control de la inmigración ilegal y denunciando el descontrol imperante cuando Rajoy era Ministro del Interior. Pero tuvo que limitarse a defenderse sin poder explotar en su favor los grandes logros del Gobierno en esta materia.

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El debate del debate

Aitor Riveiro

Entre hoy y el próximo lunes se decidirá el futuro presidente del Gobierno de España. Los dos debates entre José Luis Rodríguez Zapatero y Mariano Rajoy que se van a celebrar con una semana de separación han tomado una importancia tan grande que pareciera que son el único acto de campaña que se va a celebrar y que PP y PSOE son los únicos partidos que se presentan a las elecciones.

Y los debates son importantes, sí. Pero no sé yo si lo son ‘per se’ o, precisamente, por la expectación que han levantado tanto los medios de comunicación como los dos partidos políticos que han sido invitados a tan magno evento. Supongo que la ‘debatitis’ que nos ha entrado a los españoles es lógica tras 15 años (que se dice pronto) sin que se celebrara uno de similares características.

Y es que no sé si será porque ya he visto muchas (que no) o simplemente porque soy un adicto (que va a ser), pero esta campaña me está pareciendo un poco sosa. Creo que los debates han impregnado hasta tal punto el ambiente que hay miedo a gastar el armamento pesado antes del día D, miedo de descubrir las cartas, de decir algo que pueda ser utilizado por el rival en el cara a cara. El fin de semana ha sido sosegado, suave, calmo. Quizá, hoy empiecen a tirar a dar.

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Razones para ir a votar

Marta

Ha comenzado la campaña electoral (me encanta dar primicias). Nos esperan dos semanas estupendas, con encuestas a diario, mítines cada 12 horas, Zapatero besando niños, Rajoy en el mercado, Llamazares de vuelta a la vida real, y los nacionalistas sin descubrir que vivimos en el siglo XXI.

Muchos podrán pensar que esta es una campaña electoral igual que tantas otras, pero están equivocados: habemus debate. Y eso en España es novedoso de lo más, pues de los que se celebraron en 1993, con Felipe casi sin canas y Aznar sin greñas, aunque igual de inquietante que ahora, casi no nos acordábamos. Ha habido que quitar el polvo de siglos de las grabaciones de antaño y hemos descubierto, con cierto asombro, que Manuel Campo Vidal existe.

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Una campaña decisiva y bipartidista

Millán Gómez

En la medianoche del jueves al viernes comenzó la campaña electoral más reñida de la historia democrática de España. Los dos grandes partidos lucharán hasta el último minuto por el voto ciudadano durante estas dos semanas porque, tal y como anuncian las encuestas, la diferencia es prácticamente nula entre uno y otro. Todo parece indicar que el que al final se lleve el gato al agua lo hará por un puñado de votos. Ha comenzado la campaña oficialmente, porque oficiosamente llevamos en campaña toda la legislatura. Absolutamente toda acción política tiene su dosis mayor o menor de electoralismo. La única diferencia es que ahora los partidos sí pueden pedir explícitamente el voto a los ciudadanos.

La campaña comenzó con un debate entre los dos líderes económicos del PSOE y el PP, Pedro Solbes y Manuel Pizarro, respectivamente. La mayoría de los ciudadanos considera que el vencedor fue el candidato socialista frente al fichaje estrella de Rajoy que, como todos saben, es un currante mileurista que va a defender los derechos de los más débiles. Lo que hay que oír a estas alturas.

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Algunas recomendaciones para leer las encuestas

Ignacio Urquizu

Durantes estas semanas hemos conocido multitud de encuestas y, en los próximos días, “lo que te rondaré morena”. Así que ante tal avalancha, debemos tener en cuenta algunas advertencias, no sea que esperemos de las encuestas más de lo que nos pueden dar. 

1. Políticos y analistas están intrigados por el futuro. Todos esperan que las encuestas les digan qué va a pasar. Pero lamentablemente, y al igual que sucede en economía, explicar el pasado es más “fácil” que anticipar el futuro. Las encuestas son instrumentos muy útiles para saber por qué sucedió algo. Pero no son bolas de cristal. Así que aquellos que esperen saber con precisión cuántos votos y escaños va a conseguir el vencedor, se van a sentir decepcionados. 

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Balance (I): política exterior

Mimo Titos

Una semana tan marcada por la actualidad internacional (declaración de independencia de Kosovo, derrota electoral de Musharraf en Pakistán, retirada de Fidel Castro…) ofrece una buena excusa para hacer balance de la política exterior del primer Gobierno de Zapatero, pese a que todo apunte a que la cuestión no será en absoluto decisiva durante la campaña electoral que comienza formalmente mañana. No fue así hace cuatro años, cuando tanto el envío de tropas a Irak como la amenaza del terrorismo yihadista irrumpieron con fuerza y dramatismo los últimos días de campaña, posiblemente acabando de dar la victoria al PSOE por la pésima gestión que Aznar hizo del atentado, cuando menos equivocándose empecinadamente sobre su autoría.

La política exterior marcó también el inicio de la Legislatura, con la retirada de Irak como primera decisión del nuevo Presidente del Gobierno, deseada por la abrumadora mayoría de la población y promesa incluida en el programa electoral por mucho que tantos observadores extranjeros la interpretaran como un intento de mitigar la amenaza yihadista. La retirada supuso en verdad la mejor visualización del cambio en política exterior que se avecinaba, de la recuperación de la política exterior tradicional de la democracia española frente a las innovaciones introducidas por Aznar en sus ocho años de Gobierno. Zapatero trocó el énfasis en la relación con Estados Unidos por el apoyo a las Naciones Unidas, dio prioridad al multilateralismo frente a las relaciones bilaterales y optó por el diálogo constructivo, incluso con los socios más incómodos, frente a la dureza que caracterizó a los Gobiernos de Aznar, no sólo frente a las dictaduras sino también en el seno de la Unión Europea. Sigue leyendo

Fidel se va: ¿es el tiempo de Raúl?

Barañain

Tras la confirmación, no por previsible menos impactante, de la retirada de Fidel Castro de la Presidencia de Cuba, se abren todos los interrogantes posibles sobre el futuro de la isla. Desde la esperanza de que se abra un período de cambio democrático hasta las dudas sobre si tal proceso está o no en la agenda de los gobernantes cubanos, desde la confianza en un proceso hacia la democracia  pacífico y pactado entre castrismo y oposición hasta la intransigencia de quienes confían en una revancha, todo son ahora conjeturas ante el futuro de un fenómeno como el de la Revolución Cubana que –sea cual fuere la valoración que a cada cual merezca-, ha desafiado tantas previsiones razonables y ha hecho fallar, incluso estrepitosamente a veces, tantas apuestas.

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