Una historia de Queens y del Bronx

Marc Alloza

Queens

John es un tipo de clase media o media baja según se mire, que vive en un barrio tranquilo de Queens de niños jugando en las plazas, jubilados patrullando las obras, desempleados y gente de curritos con amplios horizontes de mejora salarial.En su barrio la crisis pegó especialmente fuerte y dejó cicatrices que difícilmente sanarán. En aquellos años los baretos low-cost proliferaron y afianzaron clientela en pleno horario laboral. De aquellas «sinergias» hubo gente que montó la oficina en el bar y se dedicó a buscarse las habichuelas mediante ilícitos. Empezaron con objetos y ropa de segunda mano, después ampliaron género con falsificaciones de ropa, calzado deportivo aderezado con material que directamente «se caía» de los camiones. El menudeo de droga se hizo evidente y se agravó temporalmente con el cambio de Sheriff en el barrio colindante. La promesa por la que el Sheriff fue votado era que expulsaría fuera de los límites de su distrito a toda la «basura». Aquella época fue dura para John y para todos los vecinos de fuera del «business» pero finalmente el permanente rechazo y la perseverante lucha vecinal devolvió las aguas a su cauce o eso creía.

Bronx

La semana pasada John cogió su ranchera y cruzó el río Este por Whitestone Bridge, para ir a visitar a su colega Carmelo del Bronx. Hacía tiempo que John no hacía ese recorrido y se entretuvo un poco viendo cómo evolucionaba la construcción de unas nuevas viviendas en unos antiguos solares industriales ubicados en primera línea de un centro de valorización energética, tres centrales de ciclo combinado y una de las autopistas con mayor densidad de tráfico de Nueva York. John encontró muy acertado el nombre de la promoción East River Upper Town Port y se lamentó no tener pasta para poder adquirir un pisito nuevo y tan bien ubicado…

Sin darse cuenta John se retrasó. Cuando llegó al boulevard dónde se habían citado, Carmelo estaba a punto de pirarse, pensaba que John se habría olvidado puesto que le había enviado un whatsapp y John ni caso. Carmelo curraba en un tienda y cada día sale molido, al día siguiente se tenía que levantar a las 5 O’Clock para poder abrir la persiana, por lo que entre semana pocas licencias se permitía.

Los dos amigos enfilaron hacia un bar para charlar de lo suyo. Carmelo explicó a John que no pasaba por su mejor momento económico y que por mucho que trabajaban él y su pareja, no les daba. Mientras decía eso, un hombre de avanzada edad se acercó con pasos cortos pero rápidos a Carmelo, que al verlo lo saludó afectuosamente. Carmelo ya sabía lo que quería el anciano y autorizó al camarero a servirle un refresco a su cuenta. En el barrio de Carmelo hay mucha gente que lo pasa mal, tan mal que no hay ni estadísticas de desempleo, ni de la municipalidad ni del estado ni federales. Ya se sabe que son vergonzosamente malas y que obtenerlas sólo evidenciaría la incapacidad y la desidia para buscar soluciones estructurales en el barrio. Así que mejor no registrarlas. Aún así había gente como Carmelo que trata de ayudar a sus vecinos y hacer de su barrio un lugar mejor. Gente que tozudamente lucha contra las adversidades para recordar que en el barrio siguen viviendo personas, aunque a menudo las administraciones no lo tengan en consideración.

Después de un par de cervezas y unos manís salados, llegó la hora de marcharse. Los amigos se dirigieron a dónde John había aparcado su ranchera. Nada más llegar, un hombre alto, de tez morena, huesudo, de rostro demacrado y andares de anciano se les acercó rascándose la espalda como buenamente podía.

– Cangrejos, cangrejos, por favor quitádmelos.

Los dos amigos le aseguraron que no tenía nada en la espalda. Pero el pobre insistía.

– ¿Seguro?, estaba en el descampado y me han empezado a subir arañas por la espalda.

El hombre iba completamente colocado, su cuerpo y su mente estaban visiblemente al límite desde hacía mucho tiempo, por lo que todo signo de mocedad y envergadura pretéritas lo habían sesgado las drogas. Al poco rato se convenció de que no tenía nada en la espalda y siguió su deambular calle abajo no sin antes pedir un cigarrito o una moneda.

Justo se había perdido de vista cuando se oyó el rugido de un potente motor. Un Lamborghini Gallardo entraba por la calle seguido de una Chevrolet Silverado. Ambos vehículos se pararon en el semáforo al lado de los dos amigos. En el interior había miembros de los Sharks, la banda que «controla» gran parte del barrio. Al cruzar la calle los del Lamborghini saludan a un tipo en una moto. Mientras el Lamborghini sigue adelante, la pick-up se para ante el de la moto e intercambian algo. Prácticamente por generación espontánea aparece un joven con gorra de beisbol montado en una bicicletilla que se acerca a la pick-up para asomarse a la ventana del acompañante y pedirles algo.   En menos de 5 minutos queda todo resuelto y cada uno se va por su lado.

Queens

John se despide de Carmelo y enfila otra vez Whitestone Bridge, esta vez no presta atención a la obras, va pensando en lo mucho que admira a su amigo Carmelo y a su familia y en lo jodido que es vivir en su barrio. Como es habitual en John, pensamientos serios se intercalan con pensamientos chorra como el de si su pareja estaría dispuesta a mudarse allí por un millón de dólares. De vueltas a los serios, se preguntaba que cómo era posible que aquello sucediera a sólo un puñado de paradas de metro del corazón de Manhattan y se puso de mala leche.

Llegó el fin de semana, John a menudo se auto-convencía de que, al fin y al cabo, su barrio no era Upper East Side ni Williamsburg, pero no estaba tan mal. Pero aquella noche alrededor de las 3 de la madrugada se oyeron tres fuertes ruidos que le despertaron. Echó un vistazo para ver que todo estaba en su sitio, todos sobando, miccionó para aprovechar el viaje y se acostó de nuevo. Al día siguiente, John se entera con estupefacción que un hombre había sido detenido por disparar con un AK47 a escasas manzanas de su casa. Al parecer el individuo, apresado por la Policía de la Autoridad Portuaria (PAPD) y bajo custodia del departamento de Policía de Nueva York (NYPD), pertenecía a los Jets, una banda que, en principio operaba en el Bronx. El arma todavía no había aparecido por lo que John se sintió vulnerable y mucho peor sintió que su familia era vulnerable. Recordó entonces que ni NYPD ni mucho menos la PAPD cuenta con armas ni equipación ni personal preparado para hacer frente a amenazas terrorista o de delincuencia con armas de guerra, porque el gobierno federal no autorizó la compra de 20 armas largas automáticas en un escenario más de la guerra entre la administración federal y la estatal-metropolitana.

En cuanto lo pudo digerir John llamó a su amigo Ron de Brooklyn y le explicó lo del AK47 y que el arma todavía no se había encontrado. Ron que conocía la vicisitudes que habían padecido John y su familia en Queens, pensó en lo mucho que los apreciaba y se preguntó si él se mudaría con la suya al barrio de John por un millón de dólares….

Al colgar, a John le vino a la mente sin saber por qué, de la canción Time Will Tell de Bob Marley y la empezó a tararear involuntariamente:

…Oh! Time will tell

Think you’re in heaven but you’re living in hell…

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