Todos hemos perdido, pero sobre todo…..

LBNL

Sobre todo Rajoy, cuyo discurso de “celebración” consistió en una serie de incoherencias vacuas que sólo cabe explicar como producto de su aceptación de que la – rotunda pero insuficiente – victoria del PP ayer provoca necesariamente su abandono de la política. El PP fue el primero en votos y escaños, ganando más de medio millón de votos pese a los 5 puntos de abstención adicional y sacando bastantes más escaños que los previstos en la más favorable de las encuestas. Los demás perdieron todos, en votos y escaños, también el PSOE por más que resistiera tanto en escaños como en votos el temido sorpasso. Unidos Podemos se mantuvo en 71 pero la expectative del “millón” de votos de IU era tan grande que la derrota fue mayúscula. Y Ciudadanos apenas perdió en porcentaje de voto pero bajó 8 escaños que no hacen sino consolidar su posición de cuarto en discordia, que es muy poca cosa comparado con las expectativas previas a Diciembre pasado. Así que el PP ganó, por mucho más de lo esperado, y aun así, Rajoy está muerto.

Lo dejó muy claro Rivera: Si hay voluntad de cambio apoyaremos y si no pasaremos a la oposición. Teniendo en cuenta lo que ha declarado en muchas ocasiones sobre la necesidad de que Rajoy de un paso al costado… Y por más que a muchos les cueste entenderlo, el PSOE no puede apoyar o siquiera abstenerse en una posible investidura de Rajoy. Y la abstención de al menos uno de sus diputados es imprescindible para romper el hipotético empate a 175 escaños que ya descuenta el apoyo de PNV y Coalición Canaria. En aras de la responsabilidad y en vista de un acuerdo concreto y detallado entre PP y Ciudadanos, el PSOE podría llegar a facilitar la investidura pero desde luego apoyando la exigencia de Ciudadanos de que dicho Gobierno, de coalición o monocolor, esté presidido por alguien diferente a Rajoy.

Rajoy podría – y es posible que lo haga – negarse como gato panza arriba: he ganado otra vez y me corresponde gobernar. Pero la presión será insostenible porque si no cede tendríamos que ir a nuevas elecciones. Es evidente que el PP debe encabezar el Gobierno: tanto por haber ganado otra vez como porque las demás combinaciones no suman o son imposibles en la práctica. Pero en ningún sitio está escrito que Rajoy deba ser el Presidente del Gobierno. Tiene todo el derecho del mundo a exigir permanecer al frente del PP, si quiere, pero no a encabezar el Gobierno. Porque su labor de gobierno no ha conseguido los apoyos necesarios para revalidarse sin la ayuda de otros y porque su persona no suscita la confianza necesaria para que le apoyen aquellos cuya complicidad es indispensable para el PP.

Rajoy lo sabe y de ahí esas palabras extrañas desde el balcón refiriéndose al PP como un instrumento que siempre pondrá por delante los intereses generales de España y sobre que la Junta Directiva del PP trabajará desde mañana para formar un nuevo Gobierno. La cara de su mujer lo decía todo: victoria reivindicativa de la figura de su marido, denostado por todos pero capaz de volver a ganar por tercera vez, pero victoria insuficiente para su aspiración de seguir al frente.

Pedro Sánchez también lo tiene complicado pero la derrota de Susana Díaz en Andalucía y haber conseguido evitar el sorpasso – también en votos – le ayudarán a sobrevivir al frente del PSOE. Tiene todos los apoyos necesarios para resistir la presión a favor de una gran coalición con el PP: el partido se sublevaría todavía más que si se tratara de investir a Pablo Iglesias como Presidente si se hubiera consumado el sorpasso. Su bagaje de ayer es meramente que ha conseguido reducir el ritmo al que el PSOE pierde escaños y votos. Lamentable pero el PSOE liderará la oposición con la que el PP y Ciudadanos – tanto si entra en el Gobierno como si condiciona el programa de gobierno desde fuera – tendrá que lidiar para sacar cualquier iniciativa adelante.

Al frente del Gobierno necesitamos a un político del PP capaz y con talante negociador – primero con Ciudadanos para pactar un programa de gobierno y luego con el PSOE para sacarlo adelante en el Congreso. Rajoy es tremendamente capaz pero sólo para la inacción y la resistencia a la presión. Es un veterano de AP, de la AP gallega por más señas, entrado en años y un señor antiguo de los de toda la vida. Por no hablar de sus amistades tipo Bárcenas o su nombramiento a dedo por Aznar. O de su incapacidad para hilvanar un discurso en público mínimamente coherente y lógico tanto en cuento a la semántica como al contenido.

Nos esperan algunas semanas de dimes y diretes y posicionamientos ajedrecísticos complejos y en principio impredecibles. Pero no tanto porque la sociedad española no toleraría – con razón – unas terceras elecciones y nuestra todavía frágil democracia tampoco. El grado de desafección política sería brutal y Rajoy podría pegarse un trompazo similar al de Pablo Iglesias si optara de nuevo por sentarse a esperar, rechazando el encargo de someterse a la moción de investidura en vista de que nadie le ajunta. Especialmente si Ciudadanos explícitamente y el PSOE más implícitamente dejan claro que es posible un gobierno que refleje la voluntad mayoritaria expresada en las urnas con un Presidente distinto al que tanto rechazo suscita incluido entre sus propios votantes.

El Rey Felipe tendrá algo que decir al respecto. Ignoro como se posiciona en sus contactos con los líderes pero para seguir siendo útil la Monarquía tiene que ser capaz de desatascar la situación. Si Rivera y Sánchez le dicen que cooperan siempre y cuando Rajoy se vaya, el Rey se lo debe pedir. Y Rajoy haría bien en dar el paso antes de que se lo pida el Rey y/o la ejecutiva del PP.

Asumiendo que esta hipótesis será la que se materialice dentro de algunas semanas, se nos presenta un escenario muy interesante. ¿Recuerdan cuando tras la victoria de Zapatero en 2004 los analistas predecían los peores males para un gobierno en minoría que necesitaba de apoyos puntuales de varias fuerzas para sacar cualquier cosa adelante? No sólo no fue mal sino que fue muy saludable, especialmente después de la mayoría absoluta previa de Aznar.

A mí Cifuentes me parece una señora de derechas de tomo y lomo, amiga de muchos indeseables y pija por los cuatro costados. Pero es ciertamente inteligente y fue capaz de pactar con Ciudadanos e ir sacando adelante lo pactado, en ocasiones con la connivencia del PSOE. Yo habría preferido un gobierno PSOE-Podemos o PSOE-Ciudadanos en Madrid, especialmente dado que lo habría presidido Gabilondo. Pero el gobierno de Cifuentes es muy diferente al de Esperanza Aguirre y al señor del ático que la reemplazó. Tengo la sensación de que no hay corrupción bajo la mesa y de que si la hubiera y saltara a la opinión pública, las sanciones serían inmediatas. Y lo mismo respecto al contenido del programa de gobierno.

En España la cosa será todavía mejor porque el filtro de las condiciones de Ciudadanos no será suficiente: cualquier propuesta del Gobierno tendrá que encontrar apoyos adicionales para materializarse, desde los Presupuestos Generales del Estado – incluidos los recortes que exige la contención del déficit – hasta la ley de educación, la acogida de refugiados o cualquier otra cuestión sensible. Y a la primera de cambio, cese del alto cargo que haya metido la pata so pena de que caiga el gobierno entero.

Así funciona en toda Europa cuando no hay mayoría absoluta monocolor, que no se da casi nunca con la excepción de Reino Unido y Francia. No preside el Gobierno necesariamente el cabeza de lista de la lista más votada y el programa de gobierno del partido más votado en las elecciones refleja las componendas a las que debe llegar para conseguir ser investido y después no tumbado.

En conclusión, Rajoy ha ganado y ahora se retirará en gloria, haciendo un sacrificio por su partido y por España que todos le agradeceremos. Albert Rivera venderá caro su apoyo y conseguirá innumerables concesiones incluida la de la cabeza de Rajoy, exigencia a la que se sumará Pedro Sánchez para prestar la ausencia de algún diputado del pleno de investidura. Lo de Pablo Iglesias, Errejón, Garzón y compañía lo dejamos para otro día, tanto por falta de espacio como por imposibilidad de prever cómo se desarrollará ese sainete después de la tremenda trompada que se han metido.