Corrupción estructural

David Rodríguez

Este domingo, el periodista Jordi Évole entrevistaba a Mariano Rajoy con la corrupción como tema estrella sobre el tapete. Ante la evidencia de los muchos casos que se ciernen sobre el PP, el Presidente intentaba a la desesperada transmitir la idea de que se trata de hechos aislados. La enorme cantidad de los mismos no le desanimaba, y Rajoy insistía en la realidad de que también existen numerosas personas honestas en su partido. Lo que no quedó claro es cuál ha de ser el umbral de casos a partir del que deba resultar preocupante el asunto de la corrupción. Así, el Presidente naturaliza como algo lógico la existencia de tantos y tantos incidentes en su Partido, obviando el carácter estructural con que la corrupción mancha sus siglas. Esta es una de las estrategias para relativizar el problema, tratando de individualizarlo o reducirlo a acontecimientos aislados.

El mismo domingo se conocían los papeles de Panamá, aún cuando la totalidad de los mismos parece que va a entregarse al público por fascículos, para de este modo maximizar los ejemplares vendidos o visitas realizadas a la correspondiente web. Van saliendo escándalos que afectan a presidentes, colaboradores, políticos, deportistas, empresarios, famosos varios, entidades financieras, bufetes de abogados y todo un entramado corrupto de los más variado y completo. Hay que tener en cuenta, además, que Mossack Fonseca es sólo uno de los cinco despachos mundiales más importantes a la hora de fabricar sociedades ‘off shore’, de lo que podría deducirse que al menos un 80% de los corruptos internaciones quedarán impunes, a no ser que esto sirva para emprender acciones de transparencia inmediata a nivel mundial, cosa realmente dudosa. De aquí podría derivarse una segunda estrategia para afrontar el problema, consistente en llegar a la conclusión de que ‘corruptos somos todos’, de que se trata de un tema consustancial a la naturaleza humana.

Frente a estas visiones reduccionistas del fenómeno de la corrupción, prefiero la interpretación que se basa en el hecho de definirla como sistémica, en el sentido de que deriva de los rasgos básicos del sistema económico que padecemos. En efecto, si atendemos al affaire panameño podemos comprobar la implicación de empresas, del sistema financiero, de los gobiernos que tachan a ese país de la lista de paraísos fiscales, e incluso de un sistema legal que busca como driblarse a sí mismo. En este sentido, son sintomáticas las palabras de Barack Obama: “Están aprovechándose del sistema”. Nunca mejor dicho.

Las causas de la corrupción son profundas pero fácilmente detectables. Se trata de la enorme desigualdad existente, la que permite que haya patrimonios multimillonarios susceptibles de huir a paraísos fiscales, salarios desmedidos de ejecutivos o deportistas, beneficios extraordinarios derivados de la especulación, rentas astronómicas que proceden de activos ociosos, etc. La corrupción ética de la desigualdad es la que facilita que muchos de sus beneficiarios se acojan a las maniobras que han destapado los papeles de Panamá.

Cuando afirmo que la corrupción es sistémica no quiero decir que únicamente el sistema capitalista es o haya sido corrupto. A lo largo de la historia de la humanidad, cualquier mecanismo económico que ha generado excesivos privilegios ha ido acompañado, en mayor o menor medida, de distintos grados de envilecimiento. Lo que ocurre es que aquí y ahora el sistema capitalista es el hegemónico, y su dinámica facilita el saqueo en dimensiones nunca antes presenciadas. Esto no significa que todos los participantes del sistema sean corruptos o lo sean en la misma proporción, pero sí que encuentran un terreno de juego óptimo para sus blanqueos o evasiones fiscales.

Otro elemento a tener en cuenta es que el grado de tolerancia ante la corrupción no es el mismo en todos los lugares. Ahí tenemos el ejemplo de Islandia, en el que acaba de dimitir el Primer Ministro, hecho que en otros lares semeja una quimera. O el caso de los países nórdicos, en el que, con sus contradicciones, la mayoría de la población tiene una visión positiva de los impuestos como medio para financiar el gasto social, mentalidad que genera un fraude fiscal muy inferior al de otros territorios más cercanos. 

Ni la corrupción es inevitable ni será posible acabar completamente con ella a corto plazo. Pero detectar todas sus causas es un paso esencial para trabajar en serio contra la misma. La reducción de las desigualdades y el aumento de la justicia social son elementos básicos en la lucha frente a esta lacra, a la vez que se toman las medidas para atajar el fraude con verdadera voluntad política. Todo ello mientras se trabaja para superar el actual sistema económico, hecho que me parece imprescindible, aunque es obvio que por desgracia tiene un alcance algo más a largo plazo.