“The thousand autumns of Jacob de Zoet”, de David Mitchell

Frans van den Broek 

Libros como el de Edward Said, “Orientalismo” (para mencionar sólo uno, de cuya calidad puede dudarse, pero no de su cantidad de lectores), y una larga historia de descolonización, comercio global y posmodernismo militante nos han habituado a la suspicacia a la hora de juzgar obras como la tratada aquí. Dondequiera que una novela procure representar el encuentro de dos o más culturas diferentes, sobre todo cuando una de ellas es la cultura blanca y occidental, el crítico –o el lector así inclinado- se siente casi en la obligación de descubrir tejidos jerárquicos de poder, o narrativas de la opresión tácita o flagrante del Otro, o una idealización exótica y denigrante del habitante del mundo no occidental; en general, signos de una actitud prejuiciosa para con quien no comparta la cultura superior de la Ilustración. No siempre esta suspicacia estará justificada, por supuesto, y no faltan casos en los que el lector permanecerá en la duda sin remedio.

Piénsese en el caso de Joseph Conrad, por ejemplo. ¿Es su obra expresión de una actitud colonialista? ¿O de todo lo contrario, al ser una denuncia de la brutalidad e irracionalidad del colonialismo? Opiniones abundan y se encuentran en todo el espectro que va desde el que piensa que Conrad encarna el espíritu colonial a quienes lo ven como una mente liberal precursora de los movimientos de independencia. Pues bien, no creo que nadie pueda juzgar “Los mil otoños de Jacob de Zoet” como una obra representativa de un espíritu colonial, algo casi imposible de encontrar en estos momentos, pero no faltarán quienes sientan resquemores ideológicos frente a algunos aspectos de su planteamiento y ejecución. La novela narra la historia de Jacob de Zoet, un holandés en la veintena, quien ha sido más o menos obligado por un suegro prospectivo a enrolarse en la famosa VOC, la organización holandesa que durante siglos fue la encargada de comerciar en el Oriente –y que se considera una de las primeras empresas globales-, a fin de hacer fortuna y ganar el derecho de casarse con la joven Anna. Jacob es hijo de pastor y, por tanto, de pocos medios económicos, mientras que su novia proviene de un mejor estamento social. Jacob se ha ganado la vida hasta su partida como administrador en distintos lugares de Europa. La estadía en el oriente duraría cinco años y estamos en 1799. El destino final de Jacob será la dependencia comercial de Dejima, en Nagasaki, que constituye en aquel momento el único contacto de Japón con el mundo exterior, ya que el país está aislado y todo contacto no controlado por el Shogún y sus delegados se castiga hasta con la muerte. Jacob va hacia Dejima acompañando a Vorstenbosch, el nuevo gobernador, quien está dispuesto a limpiar la compañía de la corrupción rampante de sus funcionarios, los que falsean cuentas, comercian privadamente y, en general, trapichean como pueden para acelerar su enriquecimiento y así poder dejar el lugar, en el que se sienten como en una jaula. Jacob, como buen hijo de pastor, se adhiere al celo moral de su jefe y pronto se gana enemigos. Además, se enamora de una bella japonesa, quien posee en un lado de la cara una cicatriz producto de una quemadura, y es discípula del doctor de la delegación como obstetriz. La vida de Jacob se complica cuando la labor de su jefe resulta ser también una farsa de la que no quiere ser cómplice, por lo que en lugar de promoción, sufre degradación y vilipendio, y el corazón se la parte al ver a la japonesa obstetriz ser llevada contra su voluntad rumbo a un misterioso monasterio de uno de los notables de Nagasaki, un siniestro personaje aureolado de poderes mágicos y terrenales. Los holandeses son servidos por gremios de intérpretes y uno de ellos también está enamorado de Orito, la japonesa obstetriz, y cuando esta desaparece acude a Jacob para que le ayude a rescatarla, aun sabiendo que Jacob está enamorado de ella. La novela nos lleva también al monasterio adonde ha ido a acabar Orito y revela un mundo signado por la superstición, la decepción y la crueldad. Orito logra escapar en cierto momento, pero renuncia a la libertad para ayudar a una de las otras reclusas que necesitará de sus conocimientos como partera, pues tiene mellizos y es probable que muera si no la ayuda alguien competente. La secta monástica abriga a mujeres sin recursos, antaño prostituidas o malformadas de nacimiento, y las obliga ritualmente a ser inseminadas por los otros acólitos para que sus niños sean ofrecidos a familias pudientes, según se les hace creer, que les darán una buena vida, y así asegurar también la fertilidad de la región donde está situado el monasterio. Pero uno de los acólitos ha escapado del monasterio, trayendo consigo un manuscrito donde se revela la terrible verdad de la secta que encarcela a Orito. Este manuscrito llega a las manos del intérprete enamorado y desencadena el desenlace final.

La novela procede por una serie de intrigas que llevarán a Jacob a arriesgar su vida, a intentar rescatar a Orito, y a enfrentarse a los poderes holandeses y japoneses y, sobre todo, a aceptar su destino con hombría y resignación cristiana. Hasta tiene que enfrentarse a un intento inglés de tomar Dejima y apoderarse del comercio con Japón, encuentro que sucedió en realidad, pero unos años más tarde. En el proceso se convertirá en una de aquellos personajes del expansionismo imperial, a medio camino entre dos mundos y realmente en ninguno, que tanto han poblado las páginas de la literatura universal.

La novela está estructurada de manera ágil y segura, haciendo uso de todos los trucos del oficio para capturar la atención del lector y no dejarla ni un momento, por lo que el placer está asegurado. La investigación que ha llevado a cabo el autor para escribir la novela es impresionante, si bien comete algunos errores que un editor más sagaz podría haber evitado, como un juego de palabras imposible en el supuesto holandés de su personaje, aunque comprensible en inglés o la fecha de publicación de un libro que no cuadra, pero estas son fallas menores. Los personajes principales están bien delineados y llegan a conmover, aunque estén situados en una situación y una historia que podríamos cualificar de casi propia del realismo mágico. Su lenguaje es muy trabajado y el lector sólo puede admirarse de su variedad de registros, con diferentes voces, tonos y puntos de vista, si bien algunos críticos han considerado esta variedad como su mayor acierto y, a la vez, su mayor debilidad, pues se resiente la unidad de la novela. Aunque esto último fuera cierto, creo que el problema mayor surge, como apunté al comienzo, cuando se calibran las implicaciones ideológicas de la obra. Obviamente, Mitchel ha intentado hacernos ver que la naturaleza humana está anclada en un terreno cultural del que le resulta difícil salir, cualquiera que fueran sus coordenadas, pero que a la vez también es posible tramontar dichas barreras por la irrupción de fuerzas más primigenias, instigadas por el amor o el instinto de supervivencia o una ínsita moralidad universal. Sin embargo, la impresión general que produce la lectura nos podría llevar a la conclusión de que por más sofisticación que posea la cultura japonesa, a la que se le presta relativa justicia, son los rudos europeos quienes poseen las claves del espíritu científico, representado en especial por la figura de Marinus, un escéptico doctor embarcado en la tarea de inculcar los valores de la Ilustración en Japón a un selecto grupo de discípulos, Orito entre ellos. Mitchel pretende una visión equilibrada de la relación entre dos culturas muy distintas –unidas, empero, por el mutuo interés comercial-, pero aunque el esfuerzo es loable, no la consigue del todo. Quizá este reproche sea injusto, ya que una novela en la que se presta tanta atención a la construcción formal no puede sino dejar algunos cabos sueltos. Unos cabos sueltos importantes, sin embargo.

Será interesante observar la reacción del lector y crítico japonés a la novela, pues es probable que lo que uno considera un problema, no lo sea desde la otra orilla. Tengo la impresión de que los japoneses, aunque profundamente nacionalistas, son bastante tolerantes con las imágenes que les ha endilgado occidente. Suelen apropiarse de los recursos y valores occidentales propios de la literatura occidental con más soltura que el caso contrario, como el que representa Mitchel. El éxito de algunos de sus escritores más vendidos, como Murakami, sirve para demostrarlo. La novela tratada es un gran logro, no obstante, de la mano de uno de los escritores más interesantes de la literatura anglosajona actual y es de esperarse que se traduzca con habilidad, pues el lenguaje es uno de los protagonistas principales. No es común, por lo demás, que personajes holandeses aparezcan en la literatura no holandesa, y Jacob de Zoet se convertirá sin duda en una de sus referencias más entrañables.