“Lo que hay que hacer es ganar al PSOE”

Aitor Riveiro

El vicepresidente (único, desde la purga de Aguirre) de la Comunidad de Madrid se despachó ayer a gusto en una entrevista publicada por El País.

Ignacio González reparte estopa contra su propio partido (la existencia de una segunda vicepresidencia del Gobierno Regional de Madrid –que ya no existe- no era más que un “compromiso de la presidenta de 2003”, es decir, una prebenda por un favor político), reconoce que la sanidad privada es igual de cara que la pública y que su único objetivo es generar beneficios empresariales (“si el servicio cuesta 120 y me lo hacen por 110, ¿es malo que la empresa se lleve 10?”) y reta a sus enemigos a que hagan público un mágico informe que nadie sabe dónde está, pero que provocó uno de los escándalos políticos más claros y menos mediáticos que recuerdo: compañeros de partido robándose ordenadores y papeles varios a plena luz del día.

Pero de toda la entrevista hay una parte que me encanta y que describe perfectamente cuál es la situación actual de la Política (con mayúsculas), si no en el mundo sí en la parte del mundo que nos interesa.

Preguntado por la reciente crisis del Partido Popular, tanto nacional como el regional, y que se ha saldado con la salida del propio González de la ejecutiva nacional y el cese fulminante de los consejeros regionales afines a Rajoy, el vicepresidente de Esperanza Aguirre asegura: “Lo que hay que hacer es trabajar para ganar al PSOE.  Ganando Madrid es como mejor contribuimos a que gane el PP nacional”.

Es decir, que da igual quién es el presidente del PP, quién está en Génova, quién en Sol y quién en el País Vasco o Cataluña. Lo importante es ganar, gobernar. La ideología no cuenta; o mejor, sólo hay una ideología: Poder.

De unos años para acá parece claro que las líneas divisorias entre las diferentes ideologías tienden a difuminarse y resulta difícil encontrar grandes diferencias entre los distintos partidos, o por lo menos entre aquellos que tienen posibilidades de gobernar.

Un ejemplo perfecto es el de Barack Obama. Sus votaciones desde que es senador de Estados Unidos han sido un referente de la izquierda real, aquella que cree que las cosas hay que cambiarlas, pero desde el sistema, no luchando contra él. Durante su mandato se opuso, por ejemplo, a la guerra de Irak o a la creación del ‘corpus’ normativo que dio carta blanca al campo de concentración de Guantánamo. Participó en otras votaciones con un marcado carácter progresista (liberal, que dirían por allí) y su mentor ideológico, el reverendo Wright, es poco menos que tildado de radical por muchos de los compañeros de partido del propio Obama.

Con esas credenciales, y no con otras, Obama logró lo imposible: vecder a Hilary Clinton en las primarias más emocionantes e ideológicas que la mayoría de la sociedad recuerda, y conseguir la nominación como candidato demócrata a la Casa Blanca.

Obama ganó con un discurso ideológico, de principios. Ahora, Obama deja caer que Irán debería ser atacado, ha templado su posición en lo que al mantenimiento de tropas estadounidenses en Irak se refiere… En definitiva, a decir de los analistas que de esto saben mucho de tanto analizar, Obama ha “centrado” su mensaje para tener opciones de ganar la Presidencia de los EE UU en noviembre.

¿Es esto legítimo? Obama ganó la nominación con un mensaje, que está matizando a marchas forzadas para arañar votos entre su rival, John McCain, y entre los fanáticos de su otra rival, Clinton. Así que una de dos: o no creía en lo que decía y engañó a millones de estadounidenses o cree que Washington bien vale bombardear Teherán (que podría considerarse la versión contemporánea de aquél “París bien vale una misa”).

Las preguntas están servidas: ¿Los partidos deben adecuar su mensaje a lo que suponen que quieren oír los ciudadanos? ¿Debe un partido de izquierdas defender un libre mercado voraz y fuera de control en aras de la gobernabilidad? ¿Es normal que un partido conservador admita el aborto o los matrimonios homosexuales? ¿Las ideologías son intercambiables?

Desde mi humilde punto de vista, no. Desde mi humilde punto de vista no se puede ser conservador a medias o progresista los días pares. Y no puede ser, no por una cuestión de inmovilismo ideológico, sino porque si algo no soporto es el gusto por el poder que impregna a los políticos actuales.

Para mí, y para mucha más gente de la que los políticos y sus demoscópicos de cabecera creen, los valores son importantes; y defenderlo, aún a costa de perder, también.

Por eso me indigna que Ignacio González diga por un lado que él plantó cara a los planteamientos de Rajoy y los suyos antes, durante y después del Congreso que reeligió al gallego como presidente de su partido y por otro asegure que lo que hay que hacer es ganar al PSOE. Es decir, que aunque no esté de acuerdo con los principios de su partido, prefiere que éste gobierne a que lo haga otro. Poder.

También me indigna por lo mismo que el Gobierno monte un pollo de mil pares de narices a cuenta de la consulta de Ibarretxe (una de las jugadas políticas más patéticas que se recuerda, sin valor alguno y ni siquiera apoyada dentro de su propia formación) mientras la UE adopta una directiva (con voto socialista) que legaliza (más) campos de concentración en Europa o se queda tan ancho ante los movimientos facciosos de Berlusconi y compañía. Si la demoscopia dice que mejor no hablar, callamos.

Obama, el Partido Demócrata y los ciudadanos de EE UU son libres de hacer lo que quieran y, quizá, en noviembre veamos al primer presidente negro electo de la historia de la primera potencia mundial. Yo así lo deseo, porque los matices son fundamentales. Pero si yo tuviera que votar en EE UU no lo haría por Obama: no puedo confiar mi voto a quien cambiará su ideología por ganar, por el poder.