“Gloire” mediterránea

El crítico constructivo

Gloria, gloria, lo que se dice gloria, sea quizás un poco exagerado, pero no cabe duda de que el ínclito Sarkozy se apuntó ayer un gran tanto acogiendo a más de cuarenta jefes de Estado y de Gobierno de los países de la Unión Europea y de la cuenca mediterránea.

Una cumbre más, dirán los escépticos, de resultados cuando menos dudosos, y no está de más el escepticismo después del lamentable espectáculo de pasividad, falta de concierto y desvergüenza ética ofrecido por los líderes del G8 el fin de semana anterior.

Pero quizás el contraste ayude a subrayar el valor del trabajo euro-mediterráneo culminado ayer en París, modesto pero sólido, lento pero seguro, con mucho ruido pero acompañado de algunas nueces.

La inanidad del G8 llevaba ayer a Moisés Naím a denunciar en El País los peligros que se derivan de la práctica imposibilidad de actuar concertadamente para afrontar los importantes retos globales, léase hambre, calentamiento, proliferación nuclear, crimen organizado, etc.

En efecto, actuar en común lleva tiempo y más si los diferentes actores cuentan, como en las relaciones internacionales, con el respaldo de la casi impenetrable soberanía nacional, que en la práctica obliga a negociar permanentemente con el horizonte máximo del mínimo denominador común, es decir, con la cuasi garantía de que el mejor resultado posible estará por debajo del reto planteado y desde luego quedará muy lejos de la solución óptima.

Pero no hay una alternativa mejor. Si descartamos la guerra como método tanto por principios como por costes, y dejamos de lado las presiones por ilegitimas y las sanciones por ineficaces, no queda otra que negociar, incluso con aquéllos que no parecen dar la talla.

Este es el caso en el ámbito mediterráneo. Poco importan las razones, lo cierto es que la mayoría de los regímenes políticos del sur de la cuenca mediterránea no son lo suficientemente democráticos, respetuosos de los Derechos Humanos o transparentes y eficaces en cuanto a la gestión de los recursos públicos. Y aún así, si queremos hacer frente a la pobreza y los conflictos en la región, no hay más remedio que sentarse a negociar con ellos procedimientos de cooperación que nos permitan a todos estar en mejor disposición de convivir en paz, seguridad y justicia.

La rueda ya estaba inventada. En 1995 la Unión Europea lanzó el denominado “Proceso de Barcelona” como mecanismo para promover las reformas políticas, económicas y sociales en nuestros vecinos del sur a cambio de concesiones mercantiles y transferencias de capital para que pudieran afrontar el coste de las mismas. A pesar de lo mucho que se ha escrito al respecto, el modelo no fracasó en absoluto. Ahora bien, los resultados han estado a la altura de los recursos invertidos, siempre muy inferiores a los destinados a la reconversión del este de Europa que, pese a salir de varias décadas de comunismo totalitario y estatista, gozaba de mucho mejores condiciones de partida, tanto sociales como económicas.

El este de Europa tenía a su favor el peso de la historia pre Pacto de Varsovia, cuantificado en cifras de desarrollo humano mucho más positivas que las del sur mediterráneo, ya sea en términos de crecimiento demográfico, educación, sanidad, expectativa de vida o igualdad de género. La diferencia de renta per capita con Europa occidental era muchísimo menor como también la diferencia en dotación de infraestructuras.

Por ello, no es de extrañar que mientras la Europa oriental conseguía integrarse mal que bien en la Unión, el éxito del Proceso de Barcelona se limitara a contener la deriva de nuestros vecinos del sur, que no es poco pero obviamente no es suficiente.

De ahí que tanto Zapatero en 2005, convocando una primera Cumbre para revitalizar el Proceso de Barcelona, como ahora Sarkozy, se hayan empeñado en recordar a nuestros socios europeos que gran parte de nuestro futuro depende del destino que vayan a tener nuestros vecinos del sur, que a su vez, dependerá en gran medida de la ayuda que estemos dispuestos a prestarles, en beneficio mutuo, nunca mejor dicho.

No tiene ningún sentido ético o económico subsidiar a un latifundista en el sur de España que contrata a jornaleros magrebíes “ilegales” en vez de permitir la libre entrada de productos agrícolas marroquíes en el mercado interior europeo, evitando así que los centenares de miles de desempleados del sur se vean compelidos a cruzar el Mare Nostrum en pateras o, en su defecto, a matar el tiempo libre en mezquitas adoctrinadoras. Nuestro bienestar económico no depende de la viabilidad subsidiada de nuestras industrias primarias, sino de que seamos capaces de destacar en los nichos económicos de mayor valor añadido, y también de que consigamos ensanchar nuestros mercados naturales, para que unos vecinos del sur más prósperos puedan vendernos lo que ellos son capaces de producir más eficazmente y así estar en situación de comprarnos lo que sólo nosotros somos capaces de producir. ¿Alguien duda de que Alemania ha sido la más beneficiada de la integración económica europea pese a las generosas transferencias netas de capital que ha venido sufragando? ¿No es de cajón que Alemania gana más comprando nuestras naranjas y vendiéndonos Audis?

La filosofía está bastante clara, el problema es cómo llegar hasta el resultado deseado. Los logros de la Cumbre de ayer no son espectaculares pero tampoco son inútiles: Roma no se construyó en un día. Inicialmente Francia quería crear una nueva organización internacional, restringida sólo a los países ribereños y que, antes que complementar, reemplazara al Proceso de Barcelona. La oposición manifiesta de Alemania a ser excluida y la tenacidad de la diplomacia de España y de las instituciones comunitarias, consiguieron reconducir la iniciativa hacia un relanzamiento de Barcelona.

A partir de ahora el “Proceso de Barcelona: Unión por el Mediterráneo” tendrá una doble co-presidencia, asegurada por un socio europeo y uno del sur, con un secretariado permanente en una sede a decidir el próximo noviembre entre las ciudades candidatas (por el momento Malta, Túnez, Marruecos, con Barcelona como tapada). El refuerzo institucional no es desdeñable pero quizás lo más importante sea el acuerdo de centrarse en seis proyectos concretos, que serán financiados especialmente por el capital privado, hasta ahora el gran ausente del Proceso de Barcelona. Los temas escogidos son inobjetables: descontaminación marítima, energía solar como alternativa, comunicaciones marítimas y terrestres, protección civil, educación y ayuda a las PYMES.

No será en absoluto fácil. Como tampoco poner fin a los conflictos que enfrentan bilateralmente a varios de los socios del sur. No hay perspectivas a corto plazo de reapertura de la frontera entre Marruecos y Argelia, como tampoco hay visos de progreso para el conflicto del Sahara Occidental. Sin embargo, Sarkozy ha conseguido que Siria y Líbano acuerden el establecimiento de embajadas recíprocas por primera vez desde la independencia, lo que supone la renuncia implícita de Siria a su histórica reclamación sobre lo que siempre ha considerado una provincia propia.

Los progresos en las negociaciones que Siria e Israel vienen manteniendo con mediación turca no han sido suficientes como para lograr un apretón de manos entre el Presidente Asad y el Primer Ministro Olmert. Aún así, conviene subrayar que es un éxito sin precedentes que los mandatarios de ambos países, que aún no han firmado la paz, acepten sentarse en la misma mesa. Como también que Olmert y el Presidente palestino Abu Mazen hayan vuelto a escenificar la continuación de las conversaciones bilaterales en curso desde la Cumbre de Anápolis, que todavía pueden fructificar en un paso tangible hacia la paz, especialmente si se mantiene el frágil alto el fuego en Gaza y la administración Bush pone toda la carne en el asador en los pocos meses que le quedan de mandato.

En fin, el Mediterráneo va a seguir siendo una región muy conflictiva en los próximos años, en la que se concentran todos los retos a los que se enfrenta la Humanidad. Los progresos realizados ayer en París no garantizan que vayamos a ser capaces de superarlos con éxito pero sí nos sitúan en una mejor posición para que seamos capaces de hacerlo. La misma naturaleza de la diplomacia internacional hace que sea prácticamente imposible que la ciudadanía pueda apreciar el valor de los pequeños pasos diplomáticos, cuyo impacto mediático palidece frente al de los grandes estallidos y manifestaciones dramáticas de los problemas que nos aquejan. Y está bien que la opinión pública reclame más acción y más eficacia. Pero al menos yo, hoy 14 de julio, brindaré a la salud de Francia por haber tenido el coraje de haber convocado la Cumbre y haber sido capaz de concluirla con éxito. ¡Y si es posible lo haré con un buen champán francés!