¿Una nueva recesión global?

Lobisón

Si el día 2 de agosto no ha habido acuerdo en el Congreso de Estados Unidos para elevar el techo de endeudamiento del país, puede producirse por primera vez en la historia la suspensión de pagos de la principal potencia económica. Como no hay precedentes no podemos saber las consecuencias de este hecho, aunque su mera posibilidad ya ha desatado una renovada presión sobre la deuda de España e Italia, lo que parece una ratificación de aquella memorable ley de la dialéctica según la cual todo estaba interconectado, versión primera de lo que ahora llamamos efecto mariposa.

Un filósofo británico del lenguaje, cuando le preguntaron si creía en la otra vida, contestó que lo mejor era esperar y ver, o, más probablemente, esperar y no ver. En este caso no hay duda de que debemos esperar, y, con un poco de suerte, no ver. Pero existe un riesgo real de que se produzca la suspensión de pagos y de que ésta desate una nueva recesión global, con lo que se cumpliría la predicción de los agoreros de que ésta sería una crisis en W, con dos recesiones sucesivas. Pero esa negra profecía se basaba en argumentos económicos, y no preveía un detonante político como el que sería la falta de acuerdo en Washington.

El desacuerdo es en principio un típico juego de la gallina. Como la suspensión de pagos sería un final terrible, las dos partes, Obama y los republicanos, confiarían en que la otra parte termine por hacer concesiones para evitar el desastre. Pero los republicanos probablemente creen que sería Obama el que pagaría el precio político del desastre en las elecciones de 2012, y por otra parte están fuertemente condicionados por su derecha (el Tea Party) para no hacer concesiones ideológicas, que verían como una renuncia a sus principios.

El problema es que entre esos principios ideológicos está el bajar los impuestos, que en esta circunstancia se traduce en negativa a suprimir los privilegios fiscales de los más ricos, en un país donde los impuestos son ya muy bajos y donde las ventajas de las rentas altas resultan escandalosas. Esta  posición constituye una locura económica, pero es sabido que no hay nada más difícil que negociar con alguien que está demente o que actúa como tal. Así, los posibles compromisos pasan por recortar el gasto, dañando a las rentas bajas y medias a través de la reducción del presupuesto, pero sin tocar los impuestos de las rentas altas.

Lo más paradójico es que la razón de que los republicanos tengan fuerza en el Congreso para negociar así debe buscarse en las elecciones legislativas del año pasado, en las que los electores castigaron a los demócratas por el alto desempleo y el lento crecimiento. La mayor parte de los electores que castigaron a Obama y premiaron a la derecha republicana no pertenecen a las clases altas, pero su voto de protesta contra el gobierno ha situado a éstas en muy buena posición para defender sus privilegios a costa de la mayoría.

Habría que mencionar también la desconfianza hacia los impuestos y el gasto público que siempre ha caracterizado a la cultura política de Estados Unidos, y que desde los años de Reagan se ha convertido en una fe religiosa. Pero que la derecha haya logrado activar este reflejo en su beneficio, y los republicanos tengan ahora en su mano la posibilidad de poner en peligro a toda la economía mundial, resulta estremecedor cuando se piensa hasta qué punto los electores votaron en 2010 contra sus propios intereses.