¿Terminará alguna vez el invierno?

Lobisón

La reunión de hoy en París de varias fundaciones de centroizquierda, en torno al candidato socialista a la presidencia de Francia, François Hollande, parece tener como objetivo, además del muy lógico de arropar a Hollande, apuntar una alternativa europea a la política de austeridad fiscal sin crecimiento que se plasmó en el tratado de comienzo de marzo. Esta idea tiene dos aspectos que merecen analizarse por separado.

El primero, y muy obvio, es que la aceptación del dogma y los plazos de la consolidación fiscal fijados por la UE deja a la izquierda europea en una situación insostenible. No sólo porque los recortes crean desempleo adicional y desincentivan la actividad económica, además de deteriorar los servicios públicos de educación y sanidad, sino porque van acompañados de medidas más ideológicas que pragmáticas, como la segunda reforma laboral española, que recortan los derechos individuales y colectivos de los trabajadores sin aproximar en ningún sentido el momento de la recuperación económica y del empleo.

Pero, a la vez, ningún país puede pretender descolgarse de las decisiones colectivas de la UE sin pagar un alto precio de credibilidad. Incluso un político sensato, convencido de que los recortes y los sacrificios humanos a los mercados no van a restablecer la inversión, debe sopesar el riesgo de provocar una desconfianza adicional que se traduzca en encarecimiento de la deuda y aplazamiento de posibles inversiones. Por tanto, para salir del círculo vicioso de recortes y recesión hace falta una nueva postura común de la UE a favor de medidas de estímulo que permitan recuperar el crecimiento. Este es el segundo aspecto que es preciso subrayar.

Hollande está hablando de renegociar el tratado del Pacto Fiscal. Esto es poco verosímil, y si Francia intentara hacerlo en solitario probablemente los resultados serían negativos. Pero, incluso si Hollande no ganara las elecciones, sin duda es una llamada de atención muy útil para cambiar la relación de fuerzas en el debate de la opinión pública europea. Por un lado por devolver la iniciativa a la centroizquierda, sacándola de la trampa y la impotencia en la que ha llegado a estar. Al poner la pelota en el tejado de la UE, y hacerlo en nombre de la izquierda europea, el manifiesto —o como se llame— de París sería un paso adelante.

Por otro lado, pese a la hegemonía conservadora entre los gobiernos actuales de la UE, es cierto que el desánimo sobre las perspectivas económicas de la eurozona está cundiendo y puede favorecer un cambio de clima. El deseo de una mayor flexibilidad en objetivos y plazos por parte de Rajoy no puede interpretarse precisamente en términos ideológicos, sino que es una evidente muestra de pragmatismo. Y si ese pragmatismo se extiende a otros gobiernos, y la coyuntura alemana va cambiando, no se podría descartar que llegara a su fin el actual invierno. Yo de momento estoy haciendo una novena para que los liberales se estrellen en las elecciones de Renania del Norte-Westfalia, y para que las movilizaciones sindicales provoquen un giro de la economía alemana hacia la reactivación del mercado interno.