¿Se romperá¡ el PP? Con una coda sobre el oportunismo de Rosa Dí­ez

Ignacio Sánchez-Cuenca

 

 

Las peleas internas de los partidos a veces se llevan a cabo a la luz del público y dejan de ser internas. Es lo que está sucediendo con el Partido Popular desde que perdió las elecciones el pasado marzo. El carrusel de insultos, puyas, ironías, indirectas, maldades e insinuaciones en la derecha española está alcanzando las mismas cotas de mezquindad que las broncas de los programas de cotilleo. Todo es muy exagerado: tanto los berrinches como las efusiones emotivas. En este blog se ha comentado ya con mucha gracia todas las tonterías que se han dicho, por ejemplo, sobre María San Gil, la mujer referente por antonomasia. Personajes como Gustavo de Arístegui oscilan entre el ditirambo y el vituperio de Mariano Rajoy. Un día Rajoy es el más grande, al día siguiente ha perdido el norte. Fraga, convertido hoy en la voz de la moderacian, incordia a Esperanza Aguirre, quien no pierde ocasión de despreciar a Gallardón, quien alaba a Rajoy¦ y así en una rueda sin fin.

Por supuesto, sin la ayuda de los medios amigos, como la COPE, Libertad Digital, o El Mundo, la batalla sería mucho menos divertida. Más de uno se regocija cuando observa cómo Rajoy y los suyos están probando la amarga medicina que administraron a los socialistas durante cuatro años. Soraya Saéz de Santamarí­a, que es blanco de ataques brutales por parte de la extrema derecha, ha llegado a afirmar que con ese acoso mediático su partido no puede desarrollar una tarea normal de oposición. Qué desfachatez.

 

 

Más allá de las sabrosas anécdotas que la bronca entre los populares nos está deparando, lo que hay en juego es bastante serio. Tanto, que corre peligro la propia unidad del partido. Algunos han comprendido que la estrategia de oposición frontal y a cara de perro contra el nacionalismo vasco y catalán le granjea al PP los parabienes de Federico Jiménez Losantos y algunos otros lunáticos, incluyendo la tropa de españolistas sobrevenidos de los últimos tiempos. Pero también les impide gobernar, a no ser que saquen una mayoría absoluta, lo que sólo resulta posible en caso de colapso de la izquierda. Cualquier poí­tico con los pies en la tierra sabe que en algún momento se tiene que plantear seriamente una estrategia que le permita llegar al poder para poner en práctica sus ideales. A ningún lí­der, salvo a Julio Anguita, le apetece ser un perdedor permanente.

 

Rajoy es consciente de que durante la legislatura anterior  arrastró al partido hacia posiciones políticamente insostenibles. El problema es que ahora resulta muy difícil rectificar. La crispación pasada ha generado un movimiento profundamente viscoso en torno a la defensa de España frente a los embates del nacionalismo y del terrorismo (que se consideran términos intercambiables). Quienes pertenecen a ese movimiento se creen llamados a defender heroicamente sus ideales ante el acoso de una alianza impía entre la izquierda y los separatistas. Ven que España se encuentra al borde del abismo. La figura más egregia de ese movimiento es Jaime Mayor Oreja, aquel dirigente que se hizo la foto famosa con Fernando Savater y Nicolás Redondo Terreros. Hoy defiende sin rubor una teoría no menos paranoide que la de la autoría de ETA en el 11-M, a saber, que el propio proyecto de España está en peligro porque Zapatero antepone su permanencia en el poder a la unidad nacional.

 

¿Cómo recuperar a esa gente que piensa que sólo ellos tienen convicciones sólidas contra ETA? ¿Qué se puede decir de un grupo en el que todos creen que son Marí­a San Gil, en una especie de misterio trinitario en versión colectivista? ¿Quién le dice a alguien que se cree que la poí­tica es moral y que é está en el bando de los puros, que ahora toca buscar compromisos con nacionalistas vascos y catalanes?  

 

Probablemente Rajoy quisiera rectificar el rumbo. Sin embargo, se encuentra con que muchos de los suyos se niegan a seguirle. Quienes tienen menos luces, como Regina Otaola, cuestionan incluso el compromiso de Rajoy con la libertad, la palabra sagrada del movimiento. El otro día, los propios votantes del PP abuchearon a su líder en el enésimo mitin político travestido de homenaje a las ví­ctimas del terrorismo. Los más extremistas ya no lo consideran uno de los suyos. Dentro de poco le acusarán de anti-español y de enemigo de las víctimas.

 

La amplificación de ese discurso alucinado por parte de los medios amigos le pone las cosas cada vez más difíciles a Rajoy. De hecho, la gente que conforma ese movimiento parece irrecuperable. No sería de extrañar que pudiera haber un goteo de dirigentes que, sin atreverse a fundar un partido ultranacionalista español, acabe sin embargo en la UPyD de Rosa Díez y Fernando Savater. Rosa Díez, la administrativa que gobernó en coalición con el PNV cuando de verdad ETA asesinaba, la del ven y cuéntalo, es una de las polí­ticas más oportunistas de nuestro país. Polí­tica profesional donde las haya, experta en luchas de aparato, tiene el olfato de quien sólo vive por el poder y la fama. De ahí que desde que fue elegida diputada se esté atreviendo a hacer una oposición totalmente carroñera que ya ni el PP se plantea realizar. Los medios que antes apostaban por Rajoy a muerte, ahora, para chincharle, apoyan fervorosamente a Díez como baluarte del antisocialismo más histérico. Ella les da la carnaza que le piden los Pedro J.Ramírez y los Federico Jiménez Losantos. Por eso ha decidido jugar hasta el final la explotación política y electoral del terrorismo etarra (ahí­ están sus declaraciones a propósito de la detención de López Peña y sus compinches, mezclando el caso de David Taguas con ETA), con la esperanza de que esos cuadros del PP rebosantes de indignación moral den el paso de abandonar su partido de toda la vida y se apunten a la UPyD, las únicas siglas de quienes de verdad, con todas sus consecuencias, se oponen al terrorismo. Da igual que ETA asesine a guardias civiles o a socialistas. Son ellos quienes encarnan la auténtica resistencia contra el terror.

 

¿A dóde iráuna María San Gil defenestrada? Y todos los que tambié son María San Gil, ¿dónde acabará?