¿Sálvese quien pueda?

Frans van den Broek

Al momento de escribir estas líneas el militar retirado Ollanta Humala habría ganado las elecciones peruanas del último domingo. Da igual, sin embargo, el título de esta nota hubiera sido el mismo de haber ganado el otro candidato a la segunda vuelta, Keiko Fujimori, pues el electorado peruano y su clase política consiguieron situar al país en la memorable situación de tener que escoger entre la sartén o el agua hirviendo. No es que las otras opciones fueran baño de rosas o miel sobre almendras, pues el panorama político de Perú se ha modificado tanto en las últimas décadas que los partidos tradicionales, esto es, aquellos equiparables con alternativas políticas más o menos reconocibles en el espectro político de la mayoría de las democracias mundiales, han debido dejar su lugar a movimientos o personalidades de carácter más improvisatorio y coyuntural. Con todas sus imperfecciones, había, empero, mejores opciones que las que llegaron a la segunda vuelta. Pero no, al electorado peruano le encanta de vez en cuando aupar a figuras insulares, carismáticas, caudillistas o aprovechadas. ¿Cómo es posible si no que debimos escoger entre un militarote de poco fiar y la hija de un presidente preso (presidente, no se olvide, escogido sin fraude o trampa por el mismo electorado peruano por sobre la personalidad de nadie menos que Vargas Llosa)?

Se dirá que las opciones políticas de los candidatos a la segunda vuelta sí que son tradicionales, esto es, una emergente social democracia latinoamericana al estilo de Lula, nacida de la moderación de los partidos comunistas y socialistas más extremos de antaño, y un centro derecha –o derecha extrema, si se quiere- que no ha dejado de estar presente en el transcurso de nuestra historia. Pero esto es ilusorio, algo similar al hechizo esencialista del lenguaje que denunciaron los filósofos ya hace buen tiempo. Ponerle a algo un nombre no convierte al concepto o referente que denota –fuera lo que fuere- en un objeto real, menos aún si se trata de fenómenos tan complejos como las organizaciones políticas o supuestas tendencias de acción social. Llamar social demócrata a Humala no sólo es hechizo, es mera estupidez, no habiendo probado aún qué es lo que va a hacer en concreto. Es como decir que Hugo Chávez es un gran revolucionario de la izquierda latinoamericana y Fidel Castro un gran y real demócrata (hecho afirmado hasta por el propio y tan cacareado Lula). Humala o Fujimori no representaban opciones políticas en un sentido real, esto es, como programas claros de acción o conjunto de prioridades y valores éticos y administrativos guiando dichos programas de actividad gobernante. Se representaban a sí mismos y lo que lograron se asociara con la imagen que se han hecho de sí mismos, manipulada por técnicas de promoción comercial y ayudada por las inveteradas ilusiones del electorado.

Pues, ¿quién es Humala, después de todo, qué le ha dado el derecho a proclamarse salvador de la patria e impulsor de la gran transformación (frase esta última que hace que tiemblen todos los huesos de mi espinazo)? ¿Un nuevo Mariátegui, un Lenin peruano, un Felipe González andino, el futuro Lula? Tal vez haya personas que se crean lo que le dicen en campaña o en la televisión, y han de ser muchas, pero espero no contarme entre ellas. Humala, repito, es un militar retirado, pero los militares no se retiran jamás, no en Latinoamérica. Los militares dividen el mundo en civiles y militares, y confían mucho más en estos últimos que en los primeros. Su amistad con Chávez no es sólo consecuencia de supuestas comunidades ideológicas, sino de esta formación cuasi sectaria. Esto no debiera ser malo en principio, pues lo mismo hacen los banqueros o los hinchas del Barcelona, pero no tiene nada que ver con un programa político. ¿Cómo es posible que un militar en Perú tenga tendencias de izquierda, entonces? Esto es fácil de explicar y se llama general Velasco Alvarado, quien influyó en toda una generación de militares tras el golpe militar del 68 que lo llevó al poder hasta el 75, en que otro militar lo depuso. Con la excusa de revolucionar al país –hecho que logró en parte, vale decirlo- los militares se dedicaron a nacionalizarlo todo y a robar a sus anchas con descaro. Ellos fueron, en realidad, quienes iniciaron el trayecto de despropósitos que sumiría al país en el desastre un par de décadas después. El padre de Humala era y sigue siendo un furibundo propalador de ideas amalgamadas en este período y es de suponerse que haya ejercido alguna influencia sobre su hijo. El hijo, por supuesto, no tiene porque seguir al padre en todo, y Humala ya se ha distanciado de algunas de las más extravagantes ideas de su progenitor, pero lo ha hecho por necesidad antes que por convicción. Porque no es que tenga demasiadas convicciones, me imagino, aparte de la querer ser el presidente o líder de los peruanos. ¿Procede Humala de un partido con largo trabajo de bases, con sólida trayectoria en la sociedad civil? Claro que no. Procede de haber realizado una asonada golpista y haber llamado la atención del a menudo vergonzoso estamento periodístico. Humala se benefició de varios factores, por supuesto, entre ellos la constante frustración de buena parte del país por la falta de distribución de la riqueza, pero también por el siempre presente reflejo autoritario, el mismo que refrendó el golpe de Velasco Alvarado y de Fujimori en su momento.

Por ello, no sólo sorprende, sino que deprime, contemplar como los mismos errores son cometidos por la misma gente o tipo de gente, intelectuales o políticos, que se han sumado a la campaña de Humala en la segunda vuelta para evitar el triunfo de lo que dicen ser la mafia fujimontesinista o para llevar a cabo su viejo sueño socialista. No dudo de sus motivaciones o intenciones, no de la de todos, en todo caso, pero las buenas intenciones no son suficientes en el fangoso mundo de la política peruana. Que Humala haya prometido el oro y el moro a diestra y siniestra para ganar esta segunda vuelta no significa más que eso: que quiso ganar la segunda vuelta. Lo que vaya a hacer ahora quisiera que fuera un misterio, pero me temo que será lo que han hecho tantos gobernantes semi preparados y astutos, que es gobernar primero para sí mismos y sus amigos, e implementar un par de políticas populistas para mantener al electorado contento, si es que lo logra. Dicen los que le apoyaron a regañadientes que mantendrán viva la vigilancia para ver que cumpla sus promesas. Pero ¿qué significa esto? ¿Qué acciones concretas van a llevar a cabo una vez se den cuenta que se desvía de las mismas? ¿Van a abandonar sus confortables salones miraflorinos o barranquinos para salir a protestar, o sus bien pagados puestos en el extranjero para pelear junto al pueblo peruano? ¿Le importará a alguien como Humala, con su visionaria gran transformación y el dinero de Chávez, lo que hagan unos cuantos de miles de decepcionados? ¿Van a servir de algo los artículos que sin duda se escribirán en la prensa condenando en los términos más enfáticos las desviaciones del programa propuesto? Es verdad que alguna vez una que otra marcha sirvió para soliviantar los ánimos y acelerar la caída de uno que otro régimen en proceso de descalabro, pero me reservo el derecho de ser escéptico.

Ahora bien, quizá me equivoque por completo. Quizá, como quieren los medios de comunicación, Humala esté en camino a convertirse en el próximo gran líder del subcontinente, solidificando la opción social demócrata en una región del mundo que la necesita más que nunca. Mi esperanza es más humilde, sin embargo, y la expresaré como lo dicen los peruanos de a pie: ojalá que no la cague demasiado. El Perú ha cambiado mucho en las últimas décadas y es probable que la flexibilidad política que hizo posibles tantas candidaturas sirva también para salvaguardar la siempre frágil democracia peruana, aunque votemos por los menos malos cada vez e incluso más de una vez, como con Alan García (o Fernando Belaúnde). Toda elección es oportunidad de sacar lecciones y constatar cambios, y sólo quiero recalcar uno de ellos, no tan ventilado en la prensa: los candidatos a la segunda vuelta, por malos que fueran, representaron a aquel Perú soñado desde los tiempos de su fundación, el de la apertura a todas las razas y todas las sangres. Es cierto que el asunto racial no ha desaparecido del todo, ni lo hará pronto, pero se ha modificado de tal modo que en la primera vuelta la raza blanca de PPK, el ex-ministro candidato de ascendencia polaca, fue más un obstáculo que una ventaja. En la segunda vuelta el tema de la ascendencia japonesa de Keiko Fujimori y de la raza mestiza de Humala no se trató ni utilizó de modo alguno, hasta donde puedo saberlo. Si así fue, esto es un desarrollo que no hubiéramos podido imaginar quienes pudimos vivir épocas de racismo, resentimiento y desigualdad étnica no hace mucho. Sea Humala un Lula o no –algo que dudo mucho-, esto tiene poca importancia mientras respete las normas del juego democrático y mantenga el espíritu de inclusión e integración que es visible en Perú las últimas décadas. Si, por el contrario, empieza a utilizar el argumento racial, nacionalista, étnico o clasista, habrá eliminado los signos de interrogación con que he titulado esta nota y vaya uno a saber donde habrá refugio.