¿Quién responde ahora de la gestión de la gripe A?

Barañain

Como quien no quiere la cosa, el 10 de agosto, Margaret Chan, directora general de la Organización Mundial de la Salud (OMS), declaró que se daba por concluida la etapa pandémica de la gripe A. Ni en el propio texto de la declaración ni en ninguno de sus anexos se hace un análisis de la respuesta a la pandemia. Sin más, se da por finalizado un periodo de alarma mundial que empezó en abril de 2009. Se deduce, pues, que para la OMS todo lo hecho ha sido correcto.

Para explicar el contraste entre sus previsiones tremendamente alarmistas y el buen resultado en salud de la dichosa pandemia, la directora general de la OMS explicó que las pandemias, igual que los virus que las causan, son impredecibles, pues nunca ha habido dos pandemias iguales, y atribuyó a la suerte (“pura cuestión de buena suerte” consta literalmente) ese buen balance. En la misma línea se han expresado el Ministerio y las Consejerías de Sanidad en España. “Volvería a hacerse lo mismo” es la consigna.

El pasado 17 de setiembre de 2009 en este Debate Callejero (http://www.debatecallejero.com/?p=1305 ) se suscitó la controversia sobre lo que ya parecía un exceso de injustificada alarma social provocada por las propias autoridades y las respuestas que se estaban dando desde algunos sectores del mundo sanitario, conscientes de que los datos ya entonces existentes (pues ya se tenía la experiencia de la epidemia a su paso por el hemisferio sur) contradecían el discurso oficial, sectores profesionales que alertaban a la ciudadanía de las nefastas repercusiones sociales y económicas de dicho discurso, advirtiendo sobre los poderosos intereses que podían alentar esa política alarmista. En ese debate, como en todos los que se plantearon por entonces, se pudo apreciar un punto de vista común –que sigue predominando hoy en los medios de comunicación-, que se mostraba indulgente con las administraciones públicas al entender que a toro pasado no podía cuestionarse su exceso de prudencia mostrado al inicio de la crisis, sin el cual tal vez su balance final hubiera sido otro mucho peor.  El problema de este tipo de enfoques es  que implican otorgar una especie de cheque en blanco a los gobiernos que se ven así libres de responder por sus errores. En ese episodio concreto además, ocurre que el desarrollo cronológico de los acontecimientos cuestiona esa presunción de prudente buen hacer por parte de esas autoridades. Ahora es ya irrebatible que se tomaron muy malas decisiones cuando ya se sabía que no tenían fundamento alguno, y que esa política ha comportado gastos enormes y muchos prejuicios sociales   sin más beneficio que el de tipo político que obtuvieron las propias autoridades “luchando” contra una plaga bíblica cuando en realidad apostaban a “caballo ganador” (no había dudas de la escasa gravedad de la pandemia). 

En su análisis de lo sucedido, el profesor Juan Gervás –uno de los más perseverantes críticos con la política alarmista de las instituciones- destaca que “la falta de análisis de la respuesta a la crisis y el cerrar en falso lo que ha sido realmente un error mundial monumental… sugieren que hubo “malicia” sanitaria (medias verdades con intereses variados)” y no sólo desinteresada actuación” y critica que ahora esas autoridades “pretenden la impunidad científica, política y penal”.

 La acusación es consistente por más que difícilmente pueda abrirse paso en medio del continuado y universal discurso autoindulgente de los poderes públicos. Hubo grave y tal vez (voy a ser menos contundente que el crítico Gervás)  maliciosa equivocación pues en julio de 2009 ya se sabía que la pandemia sólo lo era por la expansión mundial y no por su gravedad, pues la mortalidad era ¡diez veces menor que la de gripe estacional habitual!

 Hubo grave y tal vez maliciosa equivocación pues se activaron planes de contingencia que correspondían a los de una gripe tipo la de 1918 (la tristemente famosa “gripe española”, de gran expansión y virulencia) y no se corrigieron cuando fue evidente que la gripe A era banal (en julio de 2009).

 Hubo grave y tal vez maliciosa equivocación cuando se echó mano del “principio de precaución” para justificar medidas imprudentes y decisiones excesivas y no justificadas, de alarma de la población y de empleo ingente de recursos humanos, farmacológicos, de higiene y otros.

 De hecho, como apuntan los críticos, gran parte del gasto inútil no se debe a los medicamentos (coste y conservación de antivirales y vacunas de las que, por cierto, en España se compraron trece millones y se emplearon sólo tres, a un coste de siete euros cada una, diez veces lo que la vacuna antigripal normal.) sino a las bajas laborales innecesarias, al tremendo absentismo inducido. Objetivamente se alimentó el terror  de la población a las muertes y neumonías víricas por gripe, especialmente de las embarazadas y de los jóvenes. Recuérdese que las predicciones hablaban de miles de muertos y de decenas de miles de ingresados que desbordarían las unidades de cuidados intensivos de los centros sanitarios. Recuérdese el vergonzosa complicidad de la prensa con esa estrategia de amedrentamiento -que les hacía vender más-, con aquel “goteo” de muertes por gripe A, entre mayo y agosto de 2009, descritas y expuestas obscenamente una a una, con sus nombres y apellidos.

 Realmente el único impacto negativo en salud destacable de esta pandemia ha sido el provocado por la gestión de la misma, con datos que van desde el aborto voluntario por “espanto” (de embarazadas temerosas de las complicaciones anunciadas) a los errores de diagnóstico con retrasos de tratamiento (por ejemplo, de meningitis etiquetadas como gripe A),  los abusos de antibióticos o los efectos adversos de medicamentos innecesarios o inútiles (antivirales y vacunas). Y si el impacto negativo en salud no ha sido mayor se ha debido en parte a la actitud de los médicos -del mundo entero y en especial de los españoles -, que se opusieron con éxito a las prácticas sin fundamento científico que pretendían implantar las autoridades y evitaron la alarma y el uso indiscriminado de antivirales y de la vacuna.

 Si para los gobernantes  todo se hizo bien, y fue sólo cuestión de “suerte” que no pasara nada grave ¿quién responderá ahora de las consecuencias de las decisiones adoptadas, sean estas el descrédito de las autoridades sanitarias (en el caso de la OMS ya llueve sobre mojado), los daños en salud colaterales o el despilfarro de miles de millones de euros y dólares? ¿no es exigible un análisis profundo de las decisiones adoptadas, de si pudieron o no haberse tomado otras?

 En esta crisis sanitaria, claro está, ha habido beneficiados. La industria del ramo hizo su agosto.  Refiere Juan Gervás una anécdota tal vez significativa: “no conocemos las condiciones del contrato con las industrias para la vacuna contra la gripe A, pero deben ser tan extrañas que la Ministra de Sanidad de Polonia se negó a su firma y a su compra por consejo de sus asesores legales.” Por cierto, en Polonia, con su política de no vacunación, la pandemia se ha saldado con 181 muertos en una población de 39 millones; España,  con una política de activa vacunación, tuvo 271 muertos para una población de 47 millones (unos 3000 víctimas causa anualmente la gripe “estacional”).

 Casi coincidiendo con su declaración solemne del fin de la pandemia,  la OMS dio a conocer los nombres de los 16 expertos del Comité de Emergencias que asesoraron a la directora general: de ellos, seis declararon conflictos de intereses al ser reclutados. En el último trimestre de 2009 y en el comienzo de 2010 se difundió información sobre la corrupción en torno a la respuesta de la OMS a la pandemia en revistas científicas (Science, British Medical Journal) y en la prensa general e incluso el Consejo de Europa debatió sobre ello. Se acusa a la OMS y a sus asesores de colusión de intereses con las industrias (si de muestra vale un botón: Julie Gerberding, la Directora de 2002 a 2009 de los Centers for Disease Control and Prevention (CDC, agencia oficial de EEUU que determina el uso de vacunas y otros tratamientos en epidemias y demás) ha pasado en enero de 2010 a convertirse en presidente de la sección de vacunas de la potente empresa farmacéutica  Merck.

¿Y todo esto, no suscita ni siquiera incomodidad a nuestras autoridades? Tal vez sea excesivo, visto lo generalizado del disparate, el reproche que algunos les hacen, pero entre eso y que estos responsables sanitarios se muestren  orgullosos de la actuación practicada hay un buen trecho que la honestidad política no debería permitir transitar tan a la ligera.