¿Qué significan las elecciones francesas?

Lobisón

Para interpretar los resultados de las elecciones es preciso analizar las motivaciones de los electores desde algún esquema racional de preferencias. No es una tarea sencilla, y hasta hoy se sigue discutiendo si Clinton ganó las elecciones de 1992 por razones económicas o no. A favor de la economía juega sobre todo una famosa consigna en el cuartel de campaña (It’s the economy, stupid!), pero no es tan seguro que ése fuera el diagnóstico correcto.

La prensa y los medios no pueden esperar a tales análisis, y así es inevitable que en las primeras horas tras unos resultados electorales llamativos se realicen interpretaciones en caliente. El precio inevitables es que tales interpretaciones pueden decir mucho más sobre quienes las realizan que sobre el significado político de las elecciones.

Como cabía esperar, el gobierno de Nicolas Sarkozy ha explicado su mal resultado —36% frente al 54% del frente de izquierdas— atribuyéndolo al desgaste a mitad de mandato y, sobre todo, al impacto de la crisis económica. No es una mala explicación y casi nadie la niega, pero todos desean añadir otros elementos con los que arrimar el ascua a su sardina.

La derecha francesa, por ejemplo, sostiene que Sarkozy ha ido demasiado lejos con su operación de ‘apertura a la izquierda’, es decir de sus nombramientos de antiguos socialistas para puestos en el gobierno. Es bastante discutible que este hecho haya pesado para nada en la derrota, pero qué duda cabe de que es un buen momento para la implícita reivindicación corporativa de que se dé más espacio a las distintas familias de la derecha y se abandonen los experimentos.

El País ve claro que Sarkozy paga el precio de una política que ‘pone mayor énfasis en los golpes de efecto en torno a las reformas que en las reformas mismas’. Quizá sea pensar mal, pero cabe la duda de si esta crítica no pretende ser un aviso a Zapatero. En todo caso no es seguro que la política de gestos y anuncios le hubiera dado mal resultado a Sarkozy si la economía hubiera tenido una rápida recuperación, ni que una política menos espectacular le hubiera ahorrado el castigo electoral.

Que el Partido Socialista haya resucitado en estas elecciones es una buena noticia para los socialdemócratas y para los demócratas a secas, porque no es bueno que la oposición esté desaparecida y en crisis frente a un gobierno hiperactivo. Pero más allá de la inyección de moral, los resultados no permiten ningún triunfalismo. En la primera vuelta los socialistas sólo obtuvieron algo más de tres puntos de ventaja sobre el centro-derecha, y no hay nada que garantice que la polarización de la segunda vuelta se reproduzca en el momento de las presidenciales, en 2012.

En primer lugar el PS tiene que resolver el problema de su candidato o candidata a la presidencia, tarea compleja por el extremo personalismo de un partido que ha sido siempre una confederación de personalidades. Pero además tiene que perfilar un programa creíble,  evitar que Sarkozy le marque la agenda política con iniciativas contradictorias, y lograr que su mensaje suene nuevo sin ser vacuo, a diferencia de las anteriores elecciones. No es tan fácil.