¿Qué hace falta?

Aitor Riveiro

El primer ministro de Italia, Silvio Berlusconi, tiene uno de los pasados más oscuros de la política occidental, ha estado relacionado con la mafia, ha conseguido un emporio mediático con usos, cuando menos, sospechosos, ha legislado para interrumpir procesos judiciales a sabiendas de que era culpable de delitos gravísimos.

Pero, además, el primer ministro italiano ha legislado para rebajar gravemente el estado de derecho de su país: ha eliminado el monopolio de la fuerza que en los estados modernos occidentales ostenta el Estado y ha permitido las patrullas ciudadanas, ha penado la inmigración ilegal,

Berlusconi también ha demostrado insistentemente que considera Italia su cortijo, ha denigrado reiteradamente a las mujeres y ha dilucidado asuntos personales con su futura ex mujer en los medios de comunicación.

Ha secuestrado, finalmente, unas fotografías en las que se le ve acompañado de menores de edad en bikini y semidesnudas, entre ellas alguna que él mismo ha jurado no conocer en persona. Para ello, ha utilizado a la Fiscalía de Roma.

Este último escándalo se ha producido tras una concatenación de sucesos: Berlusconi propone una suerte de Operación Triunfo de modelos, cantantes y famosas de buen ver para que acudan a las futuras elecciones europeas en las lista de su partido; su mujer, harta de los devaneos machistas de su marido, denuncia su actitud en la prensa; Berlusconi contesta a su mujer, quien acusa a su marido de acostarse con menores; sale el nombre de una de esas menores; se hace famosa ella, su hermano y su padre; Berlusconi niega todo, ellos a veces sí, otras no. Se da a conocer la existencia de unas fotos en las que se ve al primer ministro italiano con menores semidesnudas y en compañía del presidente checho, un antieuropeo recalcitrante, negacionista del cambio climático y conferenciante junto al ex presidente del Gobierno español, Aznar, gran amigo también de Berlusconi. Las fotografías no han sido realmente requisadas y existen copias circulando por las redacciones de media Italia, según cuentan los cronistas.

Los primeros hechos son gravísimos: algunos constitutivos de delitos, otros dignos de una dictadura neofascista. Los segundos no dejan de ser actuaciones personales que, en el peor de los casos, provocan asco o estupor, pero que quizá no sean delito: al fin y al cabo, las leyes permiten a las menores de determinada edad mantener relaciones sexuales con mayores, y el adulterio creo que ya no está penado.

Es cierto que los comportamientos personales de nuestros dirigentes son importantes en determinadas circunstancias y que, si se conocieran todos, nos sorprendería ver lo hipócritas que son. Sin embargo, algunas de las nomas promulgada por los gobiernos Berlusconi son, como decía, indignos de una democracia occidental. (Por no hablar de que, en el fondo, la hipocresía está enraizada en nuestra sociedad).

Pues bien, la sociedad italiana y la europea parecen no haber dado importancia a los primeros hechos, para volcarse en criticar, investigar, opinar, protestar, hablar, sobre la segunda: sobre las relaciones extramatrimoniales y poco decorosas de ‘il cavaliere’. Los italianos han votado reiteradamente al propio Berlusconi o a sus partidarios pese a ser un ladrón, un corrupto y un facha de tomo y lomo, pero quizá no le perdonen nunca que se tire a una tía buena jovencita.

Resulta descorazonador y ridículo. Lo que sugiere este hecho es que a los italianos les gustaría ser como Berlusconi en lo político y en lo empresarial (un fascista, pero un ganador; un delincuente, pero un triunfador) y que aspiran en su fuero interno a serlo.
Puede ser también que no exista en Italia una opción de izquierdas (o de derechas) capaz de desbancar del poder a Berlusconi. Incluso lo más probable es que sucedan las dos cosas a la vez.

¿Ocurre algo similar en España? Más o menos. En los últimos días asistimos a una polémica ficticia y absurda sobre el uso de aviones oficiales por parte del presidente del Gobierno para asistir a mitines del PSOE. El hecho ha generado ríos de tinta, horas de radio y televisión, casi al mismo nivel, o superior, que casos flagrantes de corrupción que se han detectado tanto en el PSOE como en el PP.

A los generadores de opinión y a la sociedad (lo segundo quizá por lo primero, pero no sólo) dan mucha más importancia a determinadas actuaciones personales más o menos reprochables frente a delitos o actuaciones políticas indignas.

Otro denominador común es que, salvo excepciones, la derecha acepta de mejor grado dichas actuaciones o, por lo menos, es mucho más permisiva con “los suyos”.

Recientemente, Mayor Oreja defendía unas declaraciones de Antonio Cañizares, obispo, en las que aseguraba que un delito (el abuso de menores, la violación de niños, las palizas en colegios católicos) eran mucho menos graves que el ejercicio de un derecho, el del aborto, mientras Rajoy se pasea de la mano de Camps o Fabra. Y, sin embargo, el PP va a ser el ganador de las elecciones europeas, según todas las encuestas. La izquierda va a castigar a los suyos por su gestión de la crisis; la derecha no va a castigar a los suyos por robar y mentir; quizá no todo lo que debiera, pero algo es algo.

¿Qué más hace falta para que los votantes del PP digan “basta”?