¿Por encima de nuestras posibilidades?

Lobisón

Una de las frases más recurrentes en las lamentaciones sobre la crisis económica es que en España y en Europa habíamos estado viviendo por encima de nuestras posibilidades. El último artículo de Mario Vargas Llosa (publicado en España el pasado domingo en El País) incidía nuevamente en este tópico.

Esta es una idea difícil de combatir, porque existen siempre ejemplos que la respaldan: personas o entidades que se habían endeudado más allá de lo razonable, gobiernos autonómicos endeudados para financiar obras faraónicas (y a menudo ruinosas) o televisiones autonómicas a mayor gloria de los gobernantes (véanse las notables diferencias entre Canal Nou o Telemadrid y TVE tras su nuevo estatuto).

Pero sobre todo es una idea peligrosa, porque refuerza a quienes sostienen que la sanidad, la educación y las pensiones públicas son un lujo insostenible. Por supuesto también aquí hay excepciones que confirmarían la tesis: sistemas de jubilaciones muy tempranas sin justificación por el tipo de trabajo, gastos sanitarios discutibles o diferencias salariales entre comunidades que responden más a una lógica clientelar-identitaria que a la racionalidad.

Pero conviene señalar los aspectos centrales de la cuestión: la sanidad y la educación son bienes públicos, y si no se asegura su provisión desde el sector público los resultados son, hablando en términos puramente económicos, muy negativos. El coste de la sanidad privada en Estados Unidos es casi el doble (en porcentaje sobre el PIB) que en España, y la esperanza de vida promedio es muy inferior, pese a que las rentas altas la tienen igualmente elevada: el modelo norteamericano (antes de la reforma de Obama) es socialmente muy injusto y económicamente ruinoso.

Sin educación primaria y secundaria universales el bajo nivel del capital humano del país supone un serio cuello de botella para el crecimiento económico en muchos sectores, y desde luego para la modernización de la economía en su conjunto. La enseñanza privada puede ser una garantía de mayor calidad cuando las cosas van mal, pero sólo abarca a una parte menor de la población, en conjunto no resuelve el problema, y refuerza el malestar ante las desigualdades: véanse las actuales protestas de los estudiantes chilenos.

Sobre las pensiones: el único límite es el demográfico. Si la esperanza de vida activa crece, debe crecer el período de cotización. Si la sociedad envejece hacen falta más trabajadores jóvenes. Pero que los haya o no depende del crecimiento: si lo hay no faltan los potenciales trabajadores (el famoso efecto llamada). La alternativa es recortar las pensiones y las prestaciones sanitarias a los viejos, y eso no es exactamente acabar con un lujo.

En suma, lo que está por encima (o por debajo) de nuestras posibilidades es reducir el déficit a costa de quedarnos sin crecimiento. A eso es a lo que aboca la actual ortodoxia de la UE, y ojalá que vaya cambiando, y que lo haga a tiempo.