¿Podría pasar aquí?

Lobisón

Los sucesos de Grecia, las masivas y a menudo violentas manifestaciones tras la muerte el 6 de diciembre de un adolescente a causa de los disparos de un policía, han llevado a preguntarse si algo así podría producirse en otros países. La principal razón de inquietud es que se piensa que en el origen de los sucesos está la frustración de los jóvenes ante la falta de expectativas, algo que se da también en otros países y que puede agravarse con la crisis. (No se suele mencionar que el rechazo de la violencia política es menor en Grecia que en el resto de Europa, y que en España sobre todo.)

 

Lo malo de estos razonamientos es que pierden de vista la causa inmediata de los hechos. El movimiento estudiantil alemán tomó por bandera el asesinato a manos de la policía del estudiante Benno Ohnesorg el 2 de junio de 1967. El detonante inmediato del Mayo del 68 fue la violenta represión policial del lunes 6 en París. El movimiento estudiantil mexicano aplastado en la matanza de Tlatelolco comenzó como respuesta a la brutalidad de los granaderos en julio de 1968.

 

A finales de los años sesenta los jóvenes sentían impaciencia porque la vieja sociedad mantenía sus reglas autoritarias, y les negaba posibilidades y medios que los cambios económicos y sociales habían hecho viables. Quizá ése fuera el caldo de cultivo de los sucesivos estallidos sociales, el equivalente (simétrico) a la frustración de hoy, pero el hecho es que entonces fue la brutalidad policial, como ahora en Grecia, lo que los desató.

 

Ante los sucesos de Clichy-sous-Bois, en 2005, también se insistió en la frustración de los jóvenes magrebíes hijos de inmigrantes, y en el abandono de los barrios en que vivían, pero lo que provocó la violencia fue la muerte de dos jóvenes a consecuencia del acoso —real o imaginario— por parte de la policía. ¿No sería bueno dejar de hacer sociología y prestar más atención a los hechos concretos? Siempre existen razones para la inconformidad de los jóvenes con el orden social, y sectores dispuestos a traducir la disconformidad en vandalismo, pero la violencia policial es algo que los gobiernos deberían poder controlar.

 

Desde que el mundo es mundo las costumbres de los jóvenes han sacado de quicio a sus mayores, su mayor inclinación por la acción expresiva y gregaria que por la reflexión crea a menudo problemas de orden público, y su afición a diversas sustancias recreativas no mejora las cosas. Pero la policía encargada de hacer cumplir leyes y ordenanzas no pertenece a un grupo de edad muy distinto, y la dureza de su trabajo, sobre todo cuando se contrapone con la imagen de unos jóvenes ‘holgazanes y acomodados’, puede provocar reacciones extremas.

 

En Madrid hemos tenido hace muy poco el ejemplo de un joven muerto a manos de los porteros de una discoteca, y a raíz de este hecho se ha reparado en que los puertas no eran necesariamente profesionales ni su trabajo estaba debidamente controlado. Sería aún más desgraciado que se descubriera que en las fuerzas del orden, aunque debidamente formadas y profesionalizadas, hay gente de sangre caliente cuyos actos también pueden provocar muertes. En este sentido, la tendencia por parte de los responsables políticos a excusar los excesos policiales es una estrategia de alto riesgo.

 

También lo es la respuesta corporativa ante los individuos aislados a los que se les va la mano. Hace un año un policía le partió la cara, ante la lógica alarma de los demás agentes, a una joven okupa que se resistió a mostrarle su documentación. Pero la chica acabó acusada de resistencia a la autoridad, pasó 72 horas en comisaría, y la forense que la examinó concluyó que se había autolesionado. Eso se llama corporativismo, y el hecho es grave, aunque pueda parecer menor (la chica y su madre, empleada del Metro, lo ven lógicamente de otra manera).

 

Por otro lado, el mundo está ahora lleno de jóvenes que saben que a Bernard Madoff, presunto autor de una estafa por valor de 50.000 millones de dólares, un juez le ha obligado a pasar las noches en casa hasta que se vea el juicio, un juicio que, a juzgar por la complejidad de la estafa, puede demorarse hasta que su (presunto) autor ya no esté entre nosotros.

 

Después de ver estas y otras noticias los chicos leen que tres jóvenes han sido apaleados en Chamberí por una docena de policías, o se acuerdan de que a una amiga suya le dieron un puñetazo en la boca sin mayor razón, y les hierve la sangre: como para hablarles en ese momento de Bolonia. Ya lo decía Millás el viernes 19 de diciembre, en El País, llega un momento en que no se sabe si los antisistema son ellos o somos nosotros.