¿Obligación o convicción?

 Barañaín

En un reciente artículo en El País (“Cuando llame Rajoy” 21/07/11), Patxo Unzueta abordaba un asunto interesante: “Hay una cierta confusión cuando a Zapatero se le critica a la vez su pasividad contra la crisis y su exceso de celo en la aplicación de medidas contradictorias con sus compromisos electorales. La situación griega (en los despachos y en la calle) lleva a preguntarse qué podría haber pasado aquí si en mayo del año pasado no hubiera aceptado hacer los recortes y reformas que se le exigieron.”

En mi opinión esa es una cuestión crucial que tienden a escamotear quienes, desde ángulos ideológicos distintos, coinciden en criticar la gestión de la crisis por parte del presidente Zapatero. El motivo es obvio en el caso de los críticos de derecha: como también apunta Unzueta, “la dificultad para encontrar elementos claros de diferenciación programática (fue) lo que llevó a los estrategas del PP a poner el acento en el liderazgo y, por tanto, en la necesidad de cambiar cuanto antes de Gobierno adelantando las elecciones”. 

El PP no apoyaba o no ponía entusiasmo en defender las medidas que iba adoptando Zapatero, pero tampoco las criticaba abiertamente; no podía hacerlo. En vez de ello, desplazaban la cuestión hacia los aspectos puramente  formales: que si eran tardías, que si insuficientes, que si había contradicciones, etc… Recuérdese el juego político que ha dado la idea de la  tardanza del gobierno en reconocer la crisis, convertida en auténtico mantra  deslegitimador de Zapatero. Algún día alguien se tomará la molestia de acreditar qué dimensión real tuvo esa supuesta tardanza en la toma de las medidas necesarias, qué efectos produjo tal demora –si es que hubo alguno tangible-, en la recuperación y, sobre todo, que diferencia existió con respecto al afrontamiento de la crisis en el resto de los países afectados. Por supuesto, esa clarificación no tendrá ya repercusión política alguna y quedará como nota a pie de página para cuando se escriba, con fundamento, la historia de la crisis económica y su gestión.

 ¿Y la izquierda? Son muchos los que en la línea expuesta públicamente por Rodríguez Ibarra –aunque sin explicitarlo tan claramente-, sugieren que Zapatero hubiera quedado “como Dios” si en Mayo de 2010, ante el ultimátum europeo se hubiera “plantado” y hubiera renunciado a seguir,  convocando a elecciones generales, antes que aplicar un programa “obligado” y contradictorio con la política que su gobierno había venido aplicando.  Al no hacerlo así y actuar “al dictado de los mercados”, dicen, Zapatero se ha traicionado a sí mismo y ha defraudado a su electorado.

Encuentro inconsistente o incompleto ese análisis. Porque no se nos dice cuál sería el siguiente paso a dar. Supongamos que Zapatero y la dirección del PSOE compartieran eso de que no había que seguir las exigencias europeas. Eso implica que habría una actuación alternativa que es, hay que suponerlo, la que se defendería en esas elecciones anticipadas. Pero, entonces, ¿por qué no aplicar esa política ya, sin necesidad de disolver y convocar elecciones? La  legitimidad y popularidad de Zapatero estaban intactas entonces.

 Tal vez lo que se quiere decir, pero no se enuncia con claridad, es que para Zapatero era inevitable adoptar la política de ajuste acometida a partir de ese fatídico mes de mayo pero, por coherencia ideológica, no debía ser su gobierno el que la aplicara, sino la derecha, supuestamente más cómoda con los ajustes y recortes sociales. Y el PSOE acudiría a esas elecciones, se entiende, con su propia receta anti-crisis. Entonces, ¿si ganaba las elecciones aplicaría esa desconocida receta que no se había atrevido a implementar antes?  Y si perdía, ¿atizaría desde la calle al gobierno del PP por aplicar lo que en realidad entendían como inevitable?

Lo que ocurre es que seguir ese razonamiento hasta sus últimas consecuencias exige concretar de qué política alternativa estamos hablando y llegados a este punto,…. ¡sólo hay silencio en la sala! Rodríguez Ibarra –y quienes comparten más o menos su planteamiento-, no nos aclara nada al respecto.

 También en este caso, aunque por motivaciones distintas a las de la derecha, el truco está en no hablar de lo sustantivo –la política alternativa posible-, más allá de ciertas generalidades o de algún detalle (si se pone o se quita el impuesto sobre el patrimonio, por ejemplo). Por eso, buena parte de la base del PSOE puede haber visto con alivio el movimiento  15-M. Se identifica –liberando así su difusa mala conciencia-, con el malestar del que es revelador aunque no se concrete cual de las políticas llevadas a cabo debieran haberse ahorrado. Y, por supuesto, evitamos cuestionarnos el escenario en el que estaríamos ahora en caso de que el gobierno se hubiera “plantado” en mayo.

 Lo que pasa es que al no plantearse este debate con claridad se corre el riesgo de cerrar la herida  en falso. Y de alimentar ese mito tan querido –tal vez de modo inconsciente-, por buena parte de la izquierda de que su papel en tiempos de dificultades es estar a la contra –defendiéndose de los recortes al estado de bienestar, por ejemplo-, y que sólo puede  gobernar con coherencia cuando hay margen para repartir y redistribuir. Que los sacrificios los imponga la derecha.

No hay duda de que la situación española sigue siendo complicada. Mirando alrededor, ¿acaso hay duda de que podríamos haber llegado a estar en una situación muchísimo peor?

No sé cual será el enfoque de la campaña electoral de Rubalcaba. Supongo que querrá ser “ilusionante” y mirar poco hacia atrás. Seguramente es razonable la orientación a estas alturas de la película pero me temo que se equivocará el PSOE si no defiende lo que ha hecho hasta ahora su gobierno para tratar de  salvar la situación. No por obligación sino por convicción.