¿Límites del Arte?

Lope Agirre

De vez en cuando surgen ciertas polémicas en el terreno exquisito del arte, que nos obligan a preguntarnos si tiene algún sentido como manifestación cultural, si lo tiene dentro de unos límites o si sigue vigente aquella teoría del “arte por el arte”.

En el Museo Guggenheim de Bilbao, buque insignia de eso que, en eufemismo, se llama “postmodernidad vasca”, otra mentira más, a no ser que el tal Frank Gehry sea oriundo de Getxo o de Bakio, que todo puede suceder. La teoría de la postmodernidad es vino de otra taberna. Nadie sabe qué diablos es, pero no pasa mes sin se que se escriba un libro sobre el tema. ¡Cielos, qué manera de exprimir la cáscara de titanio!

Para celebrar su décimo aniversario, el Museo ha organizado una exposición titulada Chacun à son goût, que quien hable francés ya sabe lo que quiere decir, que sobre gustos no hay nada escrito, aunque deberíase. Es una exposición colectiva en la que doce artistas vascos contemporáneos relatan y expresan, cómo ven el país, o sea Euskadi, o sea Euskal Herria o como quiera que se llame, que lo ignoro.

Entre la obra expuesta hay doce fotografías del artista navarro Clemente Bernad, que han sido el origen de la polémica. Hay una foto del coronel Galindo, una ikurriña gigante (para que luego hablen del banderín de la Plaza de Colón), una habitación de un cuartel tras un atentado, unos jóvenes encapuchados, etc… De todo un poco, como casi siempre. Hay una intención clara en el autor, como es lógico. Las fotos son buenas estéticamente y mejores simbólicamente. Por ello ha buscado el artista el efecto sentimental, que provocan los símbolos, antes que la emoción estética.

El autor, según propia confesión, pidió permiso a la familia de Miguel Ángel Blanco para publicar una fotografía tomada el 12 de julio de 1997. Aparecen en ella una mesa de luz con las radiografías de la cabeza de Miguel Ángel, las mismas que mostraron los médicos a los periodistas para indicar dónde estaban alojados los proyectiles. La familia negó el permiso (yo también lo hubiese hecho) y, junto a otras asociaciones (COVITE, Foro de Ermua, AVT) solicitó la retirada de la muestra (yo no lo hubiese hecho). La fotografía no está en la exposición; yo no la he visto, al menos. El argumento es que “las fotografías expuestas son legimitadoras del terrorismo”. La culpa la tiene siempre, ya se sabe, el mensajero. El Partido Popular instó en la Cámara Vasca la retirada de las fotos. Fue rechazada por el resto de los grupos. Creo que el tema es apasionante.

Vuelvo al inicio, ¿debe tener límites el arte? Hace poco leía en El País un artículo de Rosa Montero en el que hablaba de un tal Habacuc (de cualquier otro de su condición diría que se trata de un artista, pero de éste me niego a afirmarlo). El citado hizo una exposición en Managua y “tras atar a un perro a una pared, lo dejó morir de hambre”. Se pregunta la escritora “¿qué demonios es la libertad creativa?”.

Yo no sé lo que es el arte, y tampoco lo que significa la libertad creativa, e intento aclararme. Pero que el citado Habacuc es un “mataperros” no me cabe la menor duda. Ya le diría yo cuatro verdades. Una fotografía es una mirada sobre la realidad, una historia, fruto del azar, a veces, o de un ángulo de visión buscado, otras más. Una exposición fotográfica es un conjunto de relatos que pretende incidir sobre la realidad, interpretándola desde el punto de vista del fotógrafo. El arte es esa mirada interior que quiere llegar a ser exterior y colectiva. Que lo consiga o no, es otra cuestión. Influye también el talento de cada cual.Desear que un artista sea neutral, es de necios. Ni siquiera el propio Clemente Bernad lo pretende. Nadie lo es en este mundo, aunque lo proclame. Intentar limitar el trabajo artístico por medio de leyes o normas, de irresponsables. ¿Qué queda?, ¿la propia responsabilidad del artista?, ¿la ética, esa gran palabra?Las asociaciones de víctimas se han sentido ofendidas y han reaccionado e intentado ejercer la censura moral. Gran cosa es la moral, que no tiene el mismo valor en Madrid o en Bilbao. En Madrid no hubiese tenido lugar la exposición. Las asociaciones de artistas, la dirección del Guggenheim (¿no fueron ellos los organizadores de la exposición?) han salido en defensa de Bernad, cuestionando que se le critique. Y creo que ahí está la piedrecilla del zapato y donde les duele. No quieren ser criticados. Yo creía que la libertad de expresión llevaba consigo la libertad de crítica, de criticar y de ser criticados, con palabras o con el silencio. Puede que esté equivocado. Es que no vivo en el planeta Guggenheim.