¿Globalización = mileurismo?

MCEC

La globalización pasa generalmente por ser responsable de mantener bajos los salarios de los trabajadores menos cualificados. La globalización sería así la culpable del mileurismo que tanta gente padece en España. Parece lógico, pero no lo es tanto. Hay detractores de la globalización de izquierdas y de derechas. Los de izquierdas arguyen que la globalización y la bajada de las tarifas arancelarias permiten la entrada en nuestros mercados de productos manufacturados más competitivos que los nuestros por provenir de países en los que los costes laborales son más bajos. Dichos costes laborales son más bajos porque los trabajadores de esos países no gozan de ninguna protección social, cuando no están sometidos a condiciones de semi esclavitud.

La globalización es aún más pérfida porque los principales beneficiarios de esta disparidad no son las empresas locales, cuyos beneficios acabarían por revertir al menos en parte sobre sus propias sociedades. No, en virtud de la libre circulación de capitales son las multinacionales de capital mayoritariamente occidental las que se aprovechan de la globalización para deslocalizar su producción hacia esos países y evadir así la legislación proteccionista occidental, maximizando los beneficios de sus accionistas y los bonus de sus ejecutivos.

En los primeros años noventa me sedujo la tesis de no recuerdo quién – es posible que fuera de elaboración propia – según la cual la evolución del GATT hacia la OMC era producto de un pacto entre Margaret Thatcher y Ronald Reagan. Dadas las dificultades para doblegar a los sindicatos en casa, habrían pactado abrir las fronteras obligando así a los obreros a aceptar los recortes a medio plazo para evitar el despido. De la misma manera que, por ejemplo, la huelga general del 14-D fue capaz de enterrar el Plan de Empleo Juvenil pero no de evitar la precariedad laboral creciente tras la crisis del primer lustro de los noventa.

Sigo pensando que la tesis conspirativa tiene su lógica (sobre todo si la tesis era mía) dado que la apertura comercial ha sido y sigue siendo la única manera de reducir los subsidios agrícolas, por ejemplo. Pero aún si los dos campeones del liberalismo económico citados hubieran obrado inspirados por ese objetivo, no es cierto que la globalización sea culpable de que nuestros ricos sean cada vez más ricos y nuestros pobres estén estancados.

Los detractores de la globalización de derechas, tipo Pat Buchanan en EEUU, Le Pen en Francia o Georg Haider en Austria, sostienen que es la inmigración la que mantiene bajos los salarios de los trabajadores no cualificados en las sociedades más prósperas. Si bien es indudable que los flujos migratorios se han acelerado en los últimos tiempos al abaratarse los costes del transporte y también por la mayor visibilidad mediática de nuestra prosperidad en países más pobres, también lo es que la globalización ha extendido las libertades de circulación de bienes, servicios y capitales pregonadas por los librecambistas, pero no la de trabajadores o personas, que siguen encontrando enormes barreras prácticas y legales para emigrar. España, que ha pasado de un millón de inmigrantes a cuatro en la última década, no es un buen ejemplo a nivel global pues partíamos de un nivel de inmigración cercano a cero y estamos disfrutando de un crecimiento económico sostenido altísimo en términos históricos. Y sin embargo, los estudios empíricos de Jagdish Bhagwati, Fellow en el Council on Foreign Relations y Profesor en la Universidad de Columbia, demuestran que la globalización no ha tenido un efecto significativo a la baja sobre los salarios. La capacidad organizativa de los sindicatos y sus tasas de afiliación ya estaban en declive pronunciado y tampoco se ha producido un déficit neto de capital inversor hacia las sociedades más desarrolladas. La responsabilidad hay que atribuírsela sobre todo al progreso técnico, que permite prescindir de mano de obra no cualificada, aumentando así su oferta.

Normalmente el efecto sería limitado en el tiempo porque la mayor productividad generada provocaría después de un tiempo una mayor presión al alza de los salarios. Lo mismo vale para la mayor productividad generada por el abaratamiento de los costes de personal provocado por una mayor oferta de trabajadores no cualificados inmigrantes: pasado un cierto tiempo la oferta se estabiliza y vuelve a registrarse una presión salarial al alza.

En términos coloquiales, la fábrica textil mediterránea sufre un choque de competitividad con la llegada de importaciones asiáticas más baratas. La llegada de inmigrantes dispuestos a trabajar por menos le permite sobrevivir pero a costa de que los trabajadores antiguos acepten rebajar sus salarios. Pero las importaciones asiáticas no siguen descendiendo de precio eternamente, ni siguen llegando masas de nuevos inmigrantes dispuestos a trabajar por todavía menos. Pasado el choque inicial, la riqueza que sigue produciendo la empresa revierte en el pueblo que la acoge lo que provoca que los trabajadores, los antiguos y los nuevos, vuelvan a presionar por un aumento de sueldo que les permita seguir viviendo en un pueblo en el que todo es más caro.

El hecho de que no se haya producido presión al alza en los salarios durante las dos últimas décadas se debe fundamentalmente a que el progreso técnico se ha acelerado enormemente con respecto a otros saltos técnicos cualitativos (máquina de vapor, cadena de producción en serie, etc.). De tal manera que el efecto al alza de los salarios que provoca la mayor productividad se compensa con el efecto a la baja que provocan los nuevos y cada vez más rápidos avances técnicos. Todo lo cual no es culpa de la inmigración o de las importaciones a bajo precio generadas por la globalización.

Pero incluso si aceptamos que la globalización contribuye es seguramente más productivo, dado que no parece factible poner coto al progreso técnico o a la globalización, tratar de buscarle remedio al mileurismo.

Una mayor prosperidad pasa por incentivar el crecimiento económico y, en particular, una mayor renta per capita. En general se entiende que el incremento en la tasa de natalidad o el incremento poblacional generado por un flujo neto de inmigración, son indispensables para el crecimiento económico. Pero no es del todo cierto. Tanto la mayor natalidad como la inmigración contribuyen activamente al crecimiento económico, pero sólo a corto plazo puesto que los nuevos afluentes al mercado de trabajo se convierten también en demandantes potenciales de servicios públicos, especialmente a medida que envejecen. E incluso cuando el crecimiento económico resultante de su incorporación al mercado laboral se traduce en un incremento de la renta per capita, los jóvenes inmigrantes tenderán también a mantener una menor descendencia en el futuro.

Desde el ascenso de Venecia en el Siglo XI quedó claro que el incremento de población es mucho menos relevante para el crecimiento económico – y desde luego para el crecimiento de la renta per cápita – que la innovación y la especialización. Incluso en la China emergente de hoy se estima que la extensión de la educación ha contribuido más al crecimiento económico que el incremento poblacional. Por tanto, la medida más eficaz para espolear el crecimiento económico y en paralelo una mayor renta per capita, es invertir en capital humano de tal manera que crezca la tasa de ocupación y la productividad de la población ocupada. Ello es particularmente necesario en casos como el de España donde, pese a los progresos registrados últimamente, la mujer todavía no se ha incorporado al mercado de trabajo en paridad con el hombre y donde figuras que se han demostrado eficaces, como el empleo a tiempo parcial, están apenas implantadas.

Una vez incorporados al mercado laboral los amplios sectores sociales hoy ociosos y aprovechada suficientemente la prolongación de la expectativa de vida, si puede resultar necesario recurrir también, como complemento, al incremento de la natalidad y a la inmigración, preferentemente joven. Especialmente porque la rapidez de los cambios tecnológicos puede hacer imposible la especialización en las nuevas tecnologías de los sectores más ancianos de la población, o ineficaz.

El problema de combatir el mileurismo con Investigación, Desarrollo e Innovación es que lleva tiempo mientras que la ciudadanía demanda soluciones inmediatas y entiende mejor políticas populistas que apelan al cierre de fronteras a los productos y trabajadores extranjeros y a la revuelta contra los poderes fácticos financieros supuestamente responsables de nuestras penurias para afrontar los pagos de la hipoteca. El I+D+i tarda todavía más en reflejarse en mejoras de renta cuando el punto de partida es tan deficitario como el de España. Y sin embargo, para que España pueda mantener su calidad de vida socio-económica en el entorno globalizador que va a seguir presidiendo las próximas décadas, es absolutamente indispensable que recuperemos nuestro retraso secular en esta área.

Pues bien, el Gobierno presidido por Jose Luis Rodríguez Zapatero ha venido aumentando el I+D+i un 25% anual, cifra espectacular y que seguramente representa el mayor incremento de todas las partidas presupuestarias. Aunque no se sepa y aunque no se note, ésta es seguramente la mejor y más eficaz contribución que puede hacerse para acabar con el mileurismo y transformar nuestra economía de turismo, ladrillo y ensamblaje de coches en una economía preparada para hacerle frente al futuro, capaz de generar patentes en sectores de alto valor añadido.

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