¿El fin de las FARC?

Erika Fontalvo Galofre

 

 

 

 

Desconcertado e inquieto por las noticias que había escuchado, desde Colombia, sobre la muerte del máximo comandante de las FARC, Manuel Marulanda Vélez, el sábado por la tarde un amigo me preguntó si este hecho podría suponer el fin de la guerrilla más antigua de América Latina.

 

Pensar con el deseo nunca está de más. Pero en este caso, la racionalidad histórica que ha motivado el accionar de esta guerrilla durante 60 años no admite discusión. “Sin lugar a dudas, no”, le contesté.

 

 

Las FARC, el autodenominado ejército del pueblo, se han estado preparando para la desaparición de su líder. Su ideología marxista-leninista, su ambición de llegar al poder por las armas y su decisión de doblegar al Estado colombiano, superan a un hombre. Esta guerrilla va más allá de una figura histórica y, a pesar de los golpes, y vaya sí los ha recibido este último año, es capaz de reinventarse y de posicionar a nuevos líderes con maquiavélica frialdad. El muerto al hoyo y el vivo al… poder.

 

Al principio, tras conocer la fragmentada versión inicial –no se sabía si había muerto en un bombardeo o por un infarto -, pensé que se trataba de una nueva especulación sobre la desaparición del legendario guerrillero, a quien lo habían matado y revivido tantas veces que él mismo se mofaba del asunto. Así que no habría sido la primera vez que mientras corrían los rumores sobre su fallecimiento, “Tirofijo” estaba muerto, pero de la risa, en algún lugar de la inhóspita selva colombiana.

 

 

Sin embargo, con el paso de las horas, la información se fue confirmando, las piezas del rompecabezas iban encajando una a una y el domingo llegó la confirmación de alias Timochenko, uno de los siete miembros del “Secretariado” de las FARC, el órgano de dirección colegiado de este grupo armado ilegal.

 

Manuel Marulanda Vélez, el hombre que durante 6 décadas puso en jaque al Estado colombiano y que sobrevivió a los más feroces ataques en su contra, había muerto dos meses atrás, víctima del cáncer de próstata que lo aquejaba desde hacía varios años.

 

La confirmación de su muerte, por viejo y enfermo, me sorprendió más que si lo hubiera matado un ataque aéreo sobre su campamento. Quizás llegué a pensar que, como reza el refrán, “hierba mala nunca muere”, que nunca los colombianos nos libraríamos de un ser tan cruel y despiadado como él.

 

Dicen que no hay muerto malo pero Tirofijo sí que lo es. Que Dios me perdone.

 

A Pedro Antonio Marín Marín, su verdadero nombre, lo sorprendió el asesinato del caudillo liberal Jorge Eliécer Gaitán, el 9 de abril de 1948, en el sur de Colombia. Este campesino y comerciante estaba a punto de cumplir 18 años y no pasaba por su cabeza la guerra, pero la vorágine de la Violencia lo arrastró y a comienzos de la década del 50 empuñó las armas, que lo acompañaron hasta su muerte.

 

Yo lo conocí hace 8 años durante el proceso de paz del presidente Andrés Pastrana en la llamada “zona de distensión”, en el departamento del Caquetá, región destinada a los diálogos de paz.

 

Era un hombre frío, inmutable, de mirada desafiante, pasos lentos, brazos en permanente movimiento, de muy pocas palabras, y con una característica inherente a su vida en la clandestinidad: desconfiado como difícilmente existirá otro. Hasta su sombra le daba miedo. No en vano, se dice que ordenó ajusticiar a un número indeterminado de guerrilleros sospechosos de traición.

 

Siempre vestía con el mismo atuendo: con uniforme camuflado de manera formal y de diario, con camisa de cuadros, de manga larga, pantalón de color verde, botas pantaneras (botas de agua), gorra militar y su inseparable toalla sobre uno de sus hombros. Toalla que fue considerada, hace algunos años, como un elemento significativo de la historia de Colombia merecedor de ser parte de una exposición en el Museo Nacional de Bogotá.

 

Por cierto, yo jamás lo ví secándose el sudor con la famosa toalla pero supongo que algún uso le daría porque no se desprendía de ella ni a sol ni a sombra.

 

Ver aparecer a decenas y decenas de jóvenes guerrilleros en un día inesperado, era presagio de que él llegaría en cualquier momento. Se trataba de su guardia personal comandada por otro miembro del Secretariado, el mono (rubio) Jojoy, uno de los hombres más temibles de esta guerrilla. Marulanda se movilizaba en una moderna camioneta siempre manejada por su socia, así llaman los guerrilleros a sus compañeras. La mujer, que podría ser su hija, tenía 30 o 35 años menos que él y lo cuidaba con verdadera devoción.

 

Aunque para devoción la que le tenían sus hombres. Desde el segundo al mando, Raúl Reyes, hasta el último de los guerrilleros incorporado a las filas del grupo. Le veían como un “símbolo de la resistencia del pueblo contra la oligarquía y el poder”, era el padre, el maestro, el jefe, era casi un dios. Eso sí, un dios con pies de barro, una expresión nunca antes mejor citada, porque caminando por las selvas colombianas, de barro te puedes llenar hasta las orejas.

 

Marulanda ya estaba enfermo en esa época, se le veía bastante disminuido pero aún llevaba las riendas de su gente. Se le notaba su dominio, su incuestionable poder, todo le era consultado, nada se hacía sin su conocimiento y mucho menos, sin su autorización. Se le temía y se le respetaba, su palabra era la ley y él mismo, era el mandamás absoluto sobre miles y miles de hombres y mujeres que llegaron a dominar un vasto territorio de país. Su lealtad era tan grande que estaban dispuestos a hacerse matar por su gran líder.

 

Hoy los tiempos que corren al interior de las FARC son otros. Los guerrilleros siguen matando pero por dinero, traicionan y entregan a sus propios jefes para cobrar las recompensas ofrecidas por el gobierno colombiano. ¿Será que Marulanda alcanzó a darse cuenta del declive de su organización y la desesperación consiguiente le aceleró la muerte?

 

Durante los últimos dos o tres años, Tirofijo era considerado un fantasma al interior de las FARC. No se le había vuelto a ver desde 2002 y su salud y su paradero eran una incógnita. Que estaba en Venezuela protegido por Hugo Chávez, que vivía en una casa-finca en plena selva rodeado de un ejército que lo protegía, que lo habían visto en Ecuador…Su mito de hombre inalcanzable se extendía y se perdía en el tiempo. ¿Pero realmente estaba ahí al frente de todo, era tan omnipresente como antes? Seguramente no.

 

Este mes habría cumplido 78 años. Por enfermedad o vejez su liderazgo se había diluido. Ya no era el eje principal de la organización aunque seguía siendo un símbolo. Nadie había decidido que dejara de ser el jefe de las FARC -nadie lo hubiera podido hacer- pero en la práctica Raúl Reyes había asumido el manejo de la organización, tomando sus grandes decisiones y señalando el camino a seguir.

 

Su muerte el pasado 1 de marzo en un bombardeo contra su campamento en territorio ecuatoriano, cerca de la frontera con Colombia, supuso un golpe muy duro para el funcionamiento interno de la guerrilla.

 

Una semana después, otro hecho con un gran impacto para las FARC y suponemos, para el propio Marulanda: se conoció el asesinato de Iván Ríos, integrante también del Secretariado y uno de los llamados a ser el gran jefe de la organización en el futuro. Ríos fue ultimado por “Rojas”, uno de sus hombres de confianza. Este individuo desertó de la guerrilla, trayendo como prueba de su crimen, la mano derecha de su comandante. El gobierno colombiano le pagó 5 millones de dólares.

 

19 días más tarde, el 26 de marzo, Manuel Marulanda muere. Un mes trágico para las FARC, quizás el peor de su historia. Tres de sus más importantes hombres, miembros del Secretariado, desaparecen.

 

Pero vendrían más golpes. A finales de mayo, Karina, la temible comandante del frente 47 del grupo, se entrega al ejército. Abandona más de 30 años de lucha armada ilegal. Se rinde y se acoge a la justicia, en gran parte motivada, según ha declarado ella misma, por el miedo a que sus compañeros la vendieran para cobrar la suculenta recompensa ofrecida por el gobierno. Ver para creer. El declive de las FARC es incuestionable.

 

Las muertes de Marulanda, Reyes y Ríos han dado paso a una reorganización interna. La sucesión de Tirofijo estaba cantada, sería reemplazado oficialmente por Reyes. Desaparecido éste, es Alfonso Cano el que debe asumir el mando. Y así lo ha confirmado la propia guerrilla. No ha habido sorpresas. Basta con conocer la estructura organizativa del grupo. Como en la mayoría de sus decisiones, las FARC lo hacen todo por consenso y aunque no lo parezca, son bastante predecibles. Lo que pasa es que se espera demasiado de ellas y ya lo he dicho, se piensa con el deseo. Pero, la cabra siempre tira al monte y aunque la mona se vista de seda, mona se queda.

 

    A Cano, el nuevo jefe de las FARC, como a Marulanda y a Reyes, lo conocí durante mi estancia en el Caguán, en la zona despejada, durante los fallidos diálogos de paz. Guillermo León Sáez Vargas, su verdadera identidad, es un antropólogo con estudios de derecho que es considerado el ideólogo y quizás el más intelectual dentro del grupo, conformado principalmente por campesinos reclutados a la fuerza.

 

Jefe del Bloque Occidental, creador del brazo político de las FARC conocido como el Movimiento Bolivariano para la Nueva Colombia, y designado negociador del grupo en las conversaciones de paz con los distintos gobiernos desde 1991, a Cano le cabe en la cabeza todo el ideario político de la organización. Pero no nos equivoquemos, no sólo se dedica a estos temas. También se le atribuyen ataques armados y decenas de crímenes. Lleva sobre sus espaldas la ejecución de 40 guerrilleros que fueron sometidos a juicios de guerra por él mismo.

 

Es un hombre dialogante pero tan radical como cualquiera de sus compañeros del Secretariado. En sus manos está ahora la suerte de los secuestrados políticos, entre ellos, la de la ciudadana colombo-francesa Ingrid Betancourt y la de los centenares de hombres y mujeres que están en poder de esta guerrilla a la espera de que sus familias paguen un rescate económico. Un paso positivo hacia la resolución de este tema podría no sólo poner fin al sufrimiento de miles de familias, sino que podría incluso cambiar la dinámica del gobierno de Álvaro Uribe respecto a la lucha contraguerrillera.

 

Sin embargo, ésta no parecería ser una de sus prioridades. Cano recibe una guerrilla en cuidados intensivos, desarticulada y sin unidad de mando. Tendrá muy difícil consolidar la agrupación, en la que hoy todos parecen estar en dispersión. La situación es tan caótica que si las deserciones y la desintegración continúan, podríamos ser testigos del surgimiento de grupos emergentes, tipo “mini-FARC”, dedicados principalmente al negocio del narcotráfico, como les ha pasado a los paramilitares de extrema derecha tras su desmovilización.

 

Así que no, no es el fin de las FARC, y lo que es peor, podríamos estar frente a una nueva estructura mucho más peligrosa y más difícil de controlar y de combatir que la tradicional integrada por el Secretariado, los bloques y los frentes que conocemos. Sin cabeza visible y con una evidente desunión las FARC de Marulanda se precipitan, probablemente, al caos y a la lucha interna.

 

Hoy los colombianos ponemos fin a una de las etapas más tristes y dolorosas de nuestra historia. Quedará en la memoria de sus millones de víctimas directas e indirectas la leyenda negra de un hombre indolente que, por ejemplo, dejó morir a un niño de cáncer sin poder ver a su padre, al que tenía secuestrado y al que luego mandó a asesinar.

 

Ojala su sucesor Alfonso Cano tenga la grandeza histórica de buscar alternativas para ponerle fin a la sinrazón de la barbarie, a la degradación del conflicto, a la deshumanización de la guerra que tanto daño nos ha hecho. De lo contrario, no creo que tenga una vida tan larga como el bien ido Tirofijo.