¿Cuál es la sorpresa?

Aitor Riveiro

Lo que ocurrió el pasado lunes a 60 millas náuticas de la costa de Gaza es de todo menos sorprendente. Por eso, sorprende que los aliados de Israel se muestren sorprendidos por la actuación de “la única democracia de Oriente Próximo”. Únicamente aquellos que hayan permanecido ciegos y sordos los últimos 50 años pueden mostrarse sorprendidos, algo que no creo que cumplan Moratinos, Sarkozy, Merkel, Obama o la ONU. No es la primera vez que Israel vapulea el derecho internacional. No es la primera vez que asesina a extranjeros, dentro y fuera de su territorio. No es la primera vez que ajusticia, sin pasar por un tribunal, a cooperantes europeos.

Precisamente, el último de los barcos de la flotilla asaltada la madrugada del lunes cuando pretendía llevar a la sitiada Gaza ayuda humanitaria tiene por nombre el de Rachel Corrie, una activista pro palestina que murió aplastada por una excavadora del ejército israelí cuando protestaba por la demolición de casas palestinas en la propia franja de Gaza. Dicha nave, que por problemas técnicos quedó rezagada del resto, navega hacia Gaza en el momento de escribir estas líneas. El ejército israelí ya ha avisado de que no permitirá que cumpla su objetivo y, dados los precedentes, nadie duda de que así será.

Así que, ¿a qué viene tanta sorpresa?

La realidad es que los países occidentales han vuelto a rendirse ante Israel. Todos y cada uno han denunciado las muertes causadas por el ejército israelí al asaltar la flota en aguas internacionales. Sin embargo, todos han pasado por alto el hecho en sí del asalto y el quebranto que supone para el derecho internacional permitir que Israel actúe como le venga en gana sin atenerse a las más mínimas normas que nos hemos dado entre todos.

¿Qué pasaría si Corea del Norte asaltara un barco australiano con víveres y medicina destinadas a la paupérrima población coreana? Ya hemos visto lo que ha pasado cuando, supuestamente, hundió una fragata enemiga en aguas disputadas por el norte y el sur. ¿Cual es exactamente el motivo que lleva a la ONU, a EE UU o a Europa a condenar con virulencia el ataque del régimen norcoreano y preparar nuevas sanciones contra el régimen de Pyonyang? No me quiero ni imaginar lo que estaríamos oyendo, diciendo y, lo que es peor, haciendo si Cuba actuara igual o si la también democrática Venezuela asesinara impunemente a civiles europeos en frente de la costa de Colombia, pero dudo de que el Consejo de Seguridad nos sorprendiera con una declaración similar a la que ayer nos anunció el único organismo de Naciones Unidas con capacidad de hacer algo.

El papelón es especialmente bochornoso para los países europeos y para la OTAN. La mayoría de las personas que iban a bordo de la flota asaltada procedían del viejo continente; incluso, en el barco en el que se produjeron las víctimas (que aún no sabemos si eran nueve, 15 o cuántas pues Israel ha secuestrado, además de a cientos de civiles, la información al respecto) viajaban tres españoles, país que ostenta la presidencia de turno de la UE. La respuesta del Gobierno de Zapatero fue llamar a consultas al embajador israelí en Madrid. Nada más. De momento, no sabemos si el Ejecutivo prevé prohibir el comercio de armas con el país asiático, un negocio muy lucrativo para las arcas del estado.

En cuanto a la OTAN, se juega parte de su prestigio y el favor de un miembro estratégico. Turquía ha sido atacado por un tercero, una circunstancia que el Tratado del Atlántico Norte recoge en su articulado. ¿Qué sucedería si pide ayuda efectiva de sus aliados para contener a Israel? ¿Cumplirán Francia, Alemania, España o EE UU con su socio en caso de que se planteen sanciones económicas o, incluso, una respuesta armada? La guerra de Afganistán recibe el apoyo de la OTAN precisamente porque el gobierno que entonces dirigía George W. Bush invocó ese principio para recabar los apoyos necesarios en la batalla que iniciaba contra los talibanes.

Tanto la organización militar como la ONU y la UE han zanjado el asunto pidiendo a Israel una investigación “rápida, imparcial, creíble y transparente del incidente” así como la liberación de “los civiles y buques retenidos”. Son pocas palabras pero evidencian a las claras cómo va a concluir el asunto.

Todos sabremos que Israel asaltó en aguas internacionales una flota de barcos que se dirigían a Gaza con ayuda humanitaria y, por supuesto, la intencionalidad política de denunciar el bloque que sufre la Franja. Sabremos también que Israel asesinó al menos a una decena de civiles y que secuestró a más de 600, a los que trasladó a tierra firme para, posteriormente, conminarles a firmar una orden de deportación cuya letra pequeña no conocemos. Mientras, Europa, la ONU y la OTAN olvidarán el asunto y continuarán defendiendo y negociando con Israel, que en unos años dará por no ocurrido el “incidente” o, en el mejor de los casos, tratará de que la intoxicación cambie la historia, como ya está ocurriendo y como tantas otras veces ha ocurrido.

Toda una sorpresa.