¿Cómo leemos los periódicos?

Andrés Gastey

El tiempo dedicado a la lectura del diario es, para quienes todavía incurrimos en esta práctica antañona, un paréntesis privilegiado de libertad y reflexión. En la jornada a menudo convulsa, hay pocas actividades tan gratificantes como la de ir degustando a nuestro ritmo el menú, ancho como el mundo, que se nos ofrece cada día a cambio de una moneda.

 

Poco importa el lugar en el que nos libremos a nuestro vicio solitario: lo hacemos sin ningún rubor ante otras personas en establecimientos públicos, tomando un café o una caña; de manera casi clandestina en nuestros puestos de trabajo; aliviando los tránsitos interminables del transporte público; aliviando otros tránsitos; o incluso en las posturas más misioneras, decúbito supino sobre nuestros lechos.

 

Cada lector de prensa escrita sigue sus particulares ritos y rutinas al enfrentarse al diario. Raro es aquél que empieza el banquete por la primera página y va avanzando sin alterar el orden que el editor propone. Al contrario, prevalece nuestra soberana voluntad y solemos ir dando saltos, picoteando aquí y allá, zapeando. Atendemos a lo que juzgamos más urgente o novedoso, profundizamos en algunas secciones y prescindimos de otras, buscamos al columnista más sagaz o al que suele conmovernos más, sintonizamos los contenidos con nuestros estados de ánimo.

 

Un buen periódico es una mina de la que se extrae información, opinión y entretenimiento. Es también un espejo, a veces deformante. El reflejo del mundo que nos entrega resulta a menudo abrumador aunque, como sucede también en la vida, solemos encontrar en medio de la desolación algunos motivos para la alegría o, al menos, la evasión.

 

Hay quien acude al diario con el propósito principal, aún si a veces inconsciente, de ratificarse en sus convicciones y prejuicios; pero hay quienes practican lecturas adversativas, esforzándose por detectar las falacias que han de lastrar los artículos de los comentaristas de la trinchera de enfrente. De uno u otro modo, nos proyectamos sin duda en lo que leemos.

 

¿Cómo leen el diario quienes se asoman a este DC? En su condición de miembros de la secta de los opinadores, serán, en general, asiduos de las páginas de opinión, ese núcleo duro de los diarios, con poca estampita y cuerpos apretados, en el que sólo suelen adentrarse los iniciados.

 

Pero se pueden presumir algunas inclinaciones subsidiarias, como la de Sicilia por el salmón; o la prioridad que Titos concederá al desierto intelectual de la información deportiva; o la pasión secreta por los horóscopos que anidará en los científicos sociales que infestan el blog. Seguro que AC sigue con afán los anuncios por palabras, sección masajes y relax; Aitor, tabaco y oro, las crónicas taurinas, aunque sin Joaquín Vidal ya nada sea igual.

 

Ceferina, persona pía, frecuentará las necrológicas; en su condición inocultable de latifundista, Fernando dedicará especial atención a la información meteorológica y al escandallo; apuesto a que nuestro pequeño troll alimenta sus rencores gracias a una generosa ración cotidiana de sucesos truculentos.

 

Barañain, por su parte, ha admitido recientemente padecer abcdosis, parafilia que, de no controlarse, puede provocar daños cerebrales severos (y a lo mejor ésa es la explicación); al omnívoro Pratxanda se lo imagina uno comiéndoselo todo; Cicuta, confeso letraherido, invertirá buena parte de su tiempo en los suplementos literarios semanales; algo me dice que las empáticas Marta y Sarah se interesan por lo que otros opinan en las cartas al director; y quién sabe si bajo el aparente rigor radiactivo de Polonio se oculta un esclavo de los ecos de sociedad.

 

Hay más: puede que el juicioso PMQNQ haya devenido en experto sudokista de la academia Solbes; que el cosmopolita Millán huya, gracias a la sección de política exterior, de las estrecheces de la Nación de Breogán; que el réprobo Teoura no perdone ese contenido esencial de todo periódico que es la información sobre el santoral del día (“Santa Euduvigis, virgen y mártir; San Marciano, obispo y mártir” –bien, Marciano; al menos tú mojaste-). No es imposible imaginar en el viajero Magallanes una afición desmedida por la información local, o que a  Agirre, Lezo y Van den Broek les tiemble en la pupila una lágrima de emoción pura al examinar la evolución de los precios en el mercado de futuros de Frankfurt.

 

Pero, ¿seguimos de verdad leyendo diarios? Aunque es sabido que los índices de lectura en España están entre los más bajos de Occidente, parece que sí, que algunos irreductibles persistimos en nuestras costumbres arraigadas, en disfrutar del crepitar que escuchamos al volver cada hoja de papel, del placer de tiznar las yemas de nuestros dedos con las partículas mínimas de tinta. Hay, incluso, quien sostiene que el diario impreso es un punto de llegada en la evolución de la tecnología, como lo fue, por ejemplo, la rueda, y que nada podrá superarlo para determinados usos.

 

Puede que así sea, y que nuestra preferencia nostálgica por el papel habilite espacios para que la información impresa perviva;  pero hay que reconocer que el embate de la prensa electrónica (¡vaya contradicción!) es formidable.

 

Lo que me lleva a la pregunta siguiente: ¿cómo leemos DC?