¿Años de violencia, años de guerra?

Frans van den Broek
 
Los problemas definitorios del terrorismo han sido materia de discusiones académicas –y no tan académicas- y son bien conocidos. Existen más de 100 definiciones según algunos conteos, lo cual puede parecer extraño al público lego, quien se ve más o menos bombardeado por el término todos los días a través de los medios de comunicación, y quien, imagino, no tiene mayores problemas para entender o creer que entiende de qué se trata. Esto es comprensible, porque no todo el mundo puede o debe ser tan quisquilloso como los intelectuales o científicos sociales que se devanan el seso para comprender este fenómeno tan de actualidad de la manera más precisa posible. En esencia, la controversia conceptual sobre este término se centra en la imposibilidad de encontrar una definición que abarque todos los casos sin contradicción o eliminación innecesarios. Una definición puede servir, digamos, para abarcar a los palestinos suicidas y a los independentistas tamiles que también se vuelan por los aires, pero no a las FARC o a Sendero Luminoso. Sin embargo, como dije, usamos el término con profusión y despreocupada inocencia a diario, lo cual es una prueba más, si alguna se necesitara, de que las palabras son más o menos que su definición, y que las evocaciones imaginativas o emocionales que producen en el hablante son igual o incluso más importantes que la vaga definición que tengamos de ellas. A su vez, los términos se insertan a menudo en una red de asociaciones conceptuales que pueden tomar la forma de ideologías o sistemas, los cuales no siempre son conscientes del todo. Nada nuevo en lo anterior, pero creo que vale la pena recordarlo cuando el uso y abuso de los términos, o su abandono, supone más que una reevaluación conceptual y adquiere las características de una argucia ideológica de consecuencias imprevisibles. Esto es lo que ha ocurrido, me parece, con la cada vez más extendida costumbre de tipificar los años que mi país (Perú) sufrió bajo la amenaza del terrorismo y la respuesta contraterrorista como ‘los años de la violencia’ o ‘los años de la guerra’, expresiones ambiguas y, me temo, tendenciosas. Sendero Luminoso dio inicio en 1980 a lo que ellos consideraban una guerra popular, una revolución internacional, de hecho, bajo la égida de la cuarta espada del marxismo (después de Marx, Lenin y Mao nada menos), esto es, guiada por el luminoso pensamiento del infalible camarada Gonzalo (Abimael Guzmán para el censo nacional), pero que a los ojos de la mayoría de la población no fue siempre sino una serie de actos vesánicos liderados por un fanático con el objetivo de instigar terror en la población para tomar el poder. Terrorismo, por tanto, sin mayores problemas definitorios. Hasta algunos años después de su derrota, en 1992, después de la captura de su mesiánico líder, aquellos años fueron llamados, como era de esperarse, los años del terrorismo. Pero con el tiempo esta descripción fue desapareciendo del panorama mediático e intelectual reemplazada por las denominaciones mencionadas. ¿Por qué?Algunos teóricos del terrorismo han postulado que movimientos como el de Sendero Luminoso pueden ser más propiamente descritos como una guerrilla que como un grupo terrorista. No vamos a entrar en una discusión de las razones para ello, sólo destacar que los argumentos a favor de esta reclasificación terminológica son respetables y muy atendibles. La intención detrás de esta precisión académica es la de evitar la confusión conceptual, facilitar la investigación y promover la objetividad. Uno puede disentir de este cambio, pero no del espíritu que lo anima. Si hay quienes han decidido cambiar la descripción de aquellos trágicos años de la historia del Perú por estas razones, pueden contar si no con mi asentimiento, por lo menos con mi respeto. Es casi seguro, no obstante, que no serán muchos a los que haya animado esta motivación heurística, o no solamente.
 
No faltarán, de otro lado, quienes agobiados por la escala y ferocidad de la represión contraterrorista, conocida con mayor detalle tras el estupendo trabajo de la comisión de la verdad, hayan considerado más justo y exacto eliminar el término ‘terrorismo’ para no dar la impresión de que la brutalidad y violencia de aquellos años fue responsabilidad exclusiva de aquellos a quienes la mayoría de los peruanos siguen denominando como terroristas, sino también de un estado y su ejército que no tuvieron reparo en exceder los límites que les imponía no solo la constitución y el sistema jurídico, sino la más elemental humanidad. A estas almas sensibles también se les puede conceder una intencionalidad correcta, aunque quizá equivocada en sus consecuencias ulteriores, en la elección de su léxico.
 
Pero sospecho que quienes más insisten en este cambio descriptivo, políticos e intelectuales –que no son, huelga decirlo, la mayoría de la población peruana-, se guían por razones menos científicas o morales que ideológicas. El lector adivinará con facilidad de qué signo ideológico se trata, si es que tiene sentido hablar en estos términos todavía: durante generaciones la intelectualidad peruana ha obrado bajo el supuesto –casi el axioma- de que un intelectual de derechas era como un círculo cuadrado, una contradicción en sí misma, y de que pensar y crear eran sinónimo de asentimiento a los principios sagrados del socialismo, generalmente marxista, revolucionario e inevitable históricamente. Hablo en general, por supuesto, pues no han faltado intelectuales independientes u ostentosamente comprometidos con los no menos sagrados principios del mercado, como Vargas Llosa, por nombrar al más prominente. Este punto de vista, que se quería científico, presuponía además la superioridad moral de la izquierda sobre la derecha, a quien se veía como la encarnación del mal, instrumento político de un estado represivo y cruel, preocupado únicamente en la preservación de sus injustos privilegios. El carácter semi-religioso de la izquierda radical ha sido estudiado también con profusión, y nadie que conozca su historia tendrá dudas sobre el carácter mesiánico, fustigante, absolutista incluso (hasta diríase calvinista) de su desprecio por quienes no pensaran como ellos. Se puede y debe conceder todos los matices que se quiera a esta esquematización de un fenómeno socio-político complejo, pero no se pueden enmascarar ni la visión polarizada, denigrante y simplista de una buena parte de adherentes a la ideología izquierdista radical (e incluso no tan radical), ni el dominio que el pensamiento izquierdista ha tenido sobre la mente de la élite intelectual de muchos países sudamericanos.
 
Con el tiempo muchos de estos políticos e intelectuales que predicaban con moralizante elocuencia la necesidad de la sublevación armada del pueblo, muchos de ellos desde el confort de su propia posición como miembros de la burguesía, entre el humo de los cigarrillos y el aroma del café, desde el púlpito o en excitantes conciliábulos secretos, se vieron sobrecogidos por la revolución realmente existente del camarada Gonzalo. La romántica imagen del guerrillero empezó a desdibujarse bajo la creciente avalancha de atrocidades cometidas en nombre de la revolución por Sendero Luminoso y a muchos su espíritu revolucionario se les develó como lo que era, un juego intelectual agradable mientras la revolución se situara en el futuro, no en el presente y que aumentaba el propio prestigio y concedía aires de heroísmo a quien lo propalara. Otros, sin embargo, de mente más obtusa y menos proclives a la revisión de sus creencias en base a los datos de la realidad, siguieron apoyando la revolución y mostraron comprensión por Sendero Luminoso y hasta lo apoyaron. A fin de cuentas, según sus propias premisas, la violencia de la sociedad en un país como Perú era estructural, y justificaba la reacción armada del pueblo, a pesar de sus excesos. Los perros colgando de los postes de luz, los ajusticiamientos populares, las cabezas machacadas con piedras para ahorrar balas, el terror de las poblaciones indígenas huyendo a las ciudades para evitar el fuego cruzado entre los militares y los compañeros, todo ello y mucho más, no eran sino, para llamarlos como ahora se estila, daño colateral. El objetivo era noble y necesario y por tanto no se podía tener tantos remilgos con los medios.
 
Pero el terror siguió, un ciclo de acciones terroristas y contraterroristas que empezó a afectar a toda la población, no sólo a aquellos de las así llamadas zonas liberadas, zonas, en general, donde la presencia del estado era magra desde tiempos coloniales y en las que los habitantes se vieron más o menos obligados a someterse a la autoridad de los revolucionarios. Porque Sendero no contó jamás con apoyo masivo de la población, y menos con apoyo de aquellos sectores que supuestamente deseaban liberar en primer lugar, los indígenas campesinos y el proletariado más destituido. Y con el constante terror vino el desprestigio, no siempre justo, de la izquierda peruana. Los intelectuales, por tanto, tuvieron que reformar su discurso, tomar posiciones con respecto a Sendero y a un estado que se convirtió en dictadura de nuevo. De pronto no se podía predicar la revolución armada con tanta soltura como antes y en el peor de los casos se podía atraer la peligrosa atención de la policía y ser considerado un senderista. Aquellos que clamaron en su momento de manera irresponsable por la destrucción apocalíptica del sistema opresivo del capitalismo tuvieron que reformarse con premura y muchas veces sin suficiente arrepentimiento. Además, ya desde antes del inicio de las actividades terroristas de Sendero había empezado un proceso político que retornó la democracia a Perú y que permitió a fuerzas de izquierda tener una representación importante en la asamblea constituyente del 79 y aprender el juego político parlamentario. Este capital político fue, sin embargo, virtualmente aniquilado a la larga en buena medida por la aparición de los avanzados de la cuarta espada del marxismo. Los antaño revolucionarios intelectuales tuvieron que callar o reformarse, o unirse a la desquiciada insurgencia impopular del partido comunista del Perú, versión camarada Gonzalo. Las consecuencias de esta trágica historia la saben ahora todos los peruanos: alrededor de 70.000 muertos, un país devastado económicamente (la destrucción senderista se elevó a billones de dólares), una herida social, política y espiritual de una profundidad que exige generaciones para cerrarse.
 
Si de algo sirvió toda esta locura fue justamente para atemperar los discursos radicales en el estamento político y crear en los peruanos –si no lo tenían ya- un enconado disgusto con el extremismo revolucionario. A pesar de la interrupción dictatorial de Fujimori y Montesinos, el aprendizaje democrático de Perú ha continuado, ahora quizá imparable en un mundo global, y sobre todo el desarrollo de una sociedad civil capaz de organizarse pacíficamente en busca de una mejora de las todavía difíciles condiciones de vida en nuestra herida patria. Pero si antes solía decirse que ‘el Apra nunca muere’, algo atestiguado de modo casi milagroso por el retorno a la presidencia de Alan García después de un periodo de adormilamiento político que muchos habrán pensado como los estertores finales de un partido responsable de uno de los gobiernos más desastrosos de la historia del Perú –y de no pocos crímenes contra los derechos humanos-, al parecer habría que extender este esperanzado adagio al pensamiento demagógico de cierto tipo de izquierda latinoamericana reacia a la desaparición. Y uno de los síntomas, no el más importante, por supuesto, de esta recalcitrancia vital es, me parece, la mencionada reclasificación de aquellos años de terror como años de violencia, años de guerra. Los demás síntomas son, claro está, más claros y más bufonescos incluso, como los discursos narcisistas de Hugo Chávez o la demagogia de Evo Morales, pero llamar a las cosas por un nombre u otro no es tan inocente como uno quisiera y sobre esto es lo que he querido llamar la atención.
 
¿Qué quieren decir, a fin de cuentas, los rebautizadores de este periodo con los términos de violencia o guerra? Como ya dije, no mucho conceptualmente, me imagino. De lo que se trata es de tratar de nuevo de ocupar el pedestal moral que les había sido arrebatado. Llamar años de terrorismo a aquella época equivaldría entonces a colusión con las fuerzas malvadas del poder estatal que asesinaron campesinos a mansalva, fueron culpables de desapariciones, torturas, y la ulterior oclusión de la democracia. Rebautizar a aquellos años como de violencia o guerra supone aliarse, otra vez, con la élite de los bienpensantes y el bando de los buenos, como antes lo eran de la élite materialista-dialéctica que propugnaba el Gran Sacrificio de la revolución en aras de los condenados de la tierra. Y para ello era necesario que los términos utilizados tuvieran una significación ambigua, de apariencia neutral. ¿Violencia? ¿En qué sentido se distinguiría la violencia referida entonces de la violencia de los Janjawid de Darfur, de la violencia en las calles del Bronx, de aquella en los confines domésticos de cualquier barrio pobre de cualquier país del mundo? Es como si una fuerza natural hubiera asolado Perú –la fuerza de la historia, tal vez, la inevitable confrontación de clases destinadas a matarse unas a otras hasta el triunfo del noble pueblo oprimido, acaso- y no hubiera habido responsables finales del desastre que ocurrió, sólo actores impelidos por motivos distintos en la danza sociopolítica de un país subdesarrollado. Por supuesto, muchos de Sendero se habrán equivocado en su fanatismo y sus métodos, dirán estos nuevos intelectuales y políticos rebautizadores, pero al menos sus motivos fueron alturados, traer justicia tras siglos de opresión e imperialismo. El contraterrorismo actuó, en cambio, de manera mayoritariamente brutal, aunque habría quienes tuvieron sus resquemores y se vieron obligados a actuar como lo hicieron, excepciones a la mentalidad gorila del estamento militar. A fin de cuentas, el término amplio y flexible de ‘violencia’ se presta para operar en varias direcciones a la vez, como una denominación más comprensiva del fenómeno total, con respeto al sufrimiento de todas las partes, incluida, espero, la de quienes tuvieron que morir y sufrir del lado de la policía o el ejército, y como una perfecta máscara de corrección política que, en el fondo, no es sino una reedición aligerada de la vieja supuesta superioridad moral de la izquierda radical sobre los demás.
 
¿Años de guerra? ¿Qué tipo de guerra? ¿Dónde estaban los ejércitos enfrentados uno a otro, los uniformes, las estrategias militares y las claras cadenas de comando, los diplomáticos a la sombra negociando la futura paz? Si fue una guerra, fue una guerra de caos y de locura, sin objetivos realistas ni métodos reconocibles como militares. Hasta la guerra tiene reglas y limitaciones. ¿Dónde estuvieron las reglas y limitaciones de esta guerra? Si acaso las hubo, fueron del lado de las fuerzas armadas y la policía, a pesar de sus brutales excesos. Para los senderistas cualquier método estaba justificado por la nobleza autoevidente del objetivo final. Militares y policías estaban, no obstante, sujetos a las leyes de los gobiernos democráticos de aquel periodo, por mal que se aplicaran y por ineficientes que fueran los gobiernos. La mayoría de los policías y militares que tuvieron que soportar los embates de Sendero lo hicieron dentro del marco legal y a costa de sus vidas. Sendero peleó de la manera más cobarde posible: camuflado entre la población civil y al amparo de la clandestinidad, y sus víctimas fueron sobre todo personas inocentes, no menos que la de los militares y policías.
 
Por supuesto, el término de guerra no es inadecuado del todo, amplio como es su campo de significación. A fin de cuentas, uno puede declararle la guerra al terrorismo, al parecer, así como a la pobreza o uno puede embarcarse en una guerra contra los impulsos inferiores del ser humano, uno de los significados de la ya famosa palabra Yihad. Pero denominar así al enfrentamiento entre un grupo procazmente minoritario de la población peruana y unos gobiernos democráticos confusos, que hicieron mal uso de sus poderes militares, es de alguna manera falso. Bien puede verse la total historia de Sendero como las acciones de un grupo criminal dentro de la sociedad peruana, a pesar de su infatuación como luchadores por la libertad, y entonces su violencia no sería mejor que la del asesino a sueldo o el violador de menores, y creo que esto sería más justo con la realidad de lo que pasó. Además, llamar guerra a este enfrentamiento desquiciado opera en favor de quienes, como dije, hasta hoy se refieren a las víctimas inocentes (la gran mayoría) como a daños colaterales inevitables en toda guerra. Pregúntesele a algún senderista preso y esto es lo que le dirá. Lo mismo dirán algunos militares o policías, pero no todos.
 
Porque es preciso, por todos los medios, no olvidar que esta catástrofe nacional no se inició como se inicia la lluvia o como se declaran la guerra los estados nacionales. La iniciaron personas de nombre y apellido, sobre las que cae toda responsabilidad original y en nombre de una ideología que no era sino una máscara para el más feroz resentimiento. Contribuyeron a iniciarla quienes propalaban entonces a diestra y siniestra que la revolución armada era inevitable y que el poder nacía del fusil. Y la iniciaron el mismo año en que Perú retornaba a la democracia y miraba con ojos esperanzados al futuro, sólo para ver ese futuro manchado de sangre e imbecilidad. Los teóricos pueden pensar y decir lo que quieran, como pueden la prensa y los renacidos portadores de la conciencia moral del pueblo, generalmente de la burguesía intelectual. Para otros serán aquellos años los años de la violencia o los años de la guerra. Para mí seguirán siendo lo que fueron y son para la mayoría de los peruanos, los años de un terrorismo vesánico que tanto le costó a mi país.