¿Acaso no matan a los caballos?

Lope AgirreEra sábado, apenas quedaba una semana para las Navidades. Aquella noche había nevado copiosamente. Las aceras aparecían cubiertas de ese líquido sucio, resto de la tormenta, una vez que el calor comienza a trabajar y a fundir el hielo. Previendo una jornada tranquila, encendí la chimenea. No esperaba salir, por nada del mundo, o casi. Estaba solo. Los niños habían marchado con su madre a Madrid. Intuía que podía ser para siempre, que nada sería igual desde entonces. Sonó el teléfono. Era mi madre.–Hemos traído a tu padre al hospital.
–¿Estás sola?
–Sí.
–¿Y los demás?
–Tu hermano está con su familia en la casa de Jaca. Tu hermana se ha ido a Londres.

No había en su voz nada que delatara su estado de ánimo, ni en sus palabras algo que pudiera ser tomado como orden o imprecación, ni como ruego.–¿Quieres que vaya a acompañarte?
–Haz lo que quieras.


Me dio el número de habitación. Llamé a la compañía de taxis. Me dijeron que a causa del mal tiempo estaban todos los coches disponibles de servicio. Me vestí, como para una larga travesía, y me fui andando. Tardé como una media hora; la caminata me animó y me hizo entrar en calor. Antes de subir a la habitación, pasé por la cafetería, me tomé un té con unas pastas. Vi que la tienda donde venden periódicos estaba abierta e hice allí acopio de prensa. Cuando me iba, advertí que en unos anaqueles, alejados de la puerta, a desmano, yacían unos libros antiguos. Eran saldos de novelas policíacas. Miré los ejemplares uno  a uno. Tan sólo había un título conocido, ¿Acaso no matan a los caballos?, de Horace Mc Coy, novela publicada en 1935. Me acerqué a la caja a pagar. Aproveché para comprar una caja de chicles. Subí a la habitación. Mi madre me recibió con un beso. Eché una mirada a mi padre. Su cuerpo estaba lleno de tubos y dormía. A su lado había otra cama y un señor en ella, también entre tubos. Estaba despierto y respiraba con dificultad. Dejé los periódicos y el libro en una silla. Salimos al pasillo.–¿Qué le ha pasado?
–Un ataque al corazón.
–Es grave.
–Los médicos no lo saben o no quieren decirlo. Estoy muy cansada, llevo toda la noche en vela. Bajamos juntos a la cafetería. Se bebió un café con leche y se comió un par de magdalenas. La acompañé hasta la parada de taxis. Tuvimos que esperar un cuarto de hora.
–Descansa, al menos hoy. Luego te llamaré.

Me dio un beso, con las gracias. La vi marcharse. La carretera que iba a la ciudad estaba limpia y abierta. Montones de nieve casi negra se acumulaban en los arcenes. Subí a la habitación. Mi padre estaba despierto. Creo que sonrió al verme. Me ofreció su mano, delgada y blanca. Me recordó a una rama desgajada de un árbol.

–No te preocupes, papá. Me quedaré contigo el tiempo que haga falta.

Sonrió de nuevo. Miré al compañero de habitación. Intentaba erguirse, pero no lo conseguía. Fui adonde él. No me costó mucho enderezarlo. Estaba muy delgado.

–Gracias. Me llamo Adrián.
–¿Y su familia?
–No tengo a nadie. En mi vida sólo me he preocupado de mi mismo y ahora, ya ve, lo estoy pagando.
–No diga eso.Volví donde estaba mi padre. Me senté en la silla. Él se colocó en la cama, no dejaba de mirarme, como si le extrañara mi presencia. Le acaricié la frente. Tardé diez minutos en dar cuenta del supuesto contenido de los diarios. Nada nuevo, dolor tras dolor, pero en el papel se me hacía irreal, casi ficticio. En quince minutos me tragué todos los chicles. Eran de fresa. Tomé el libro de Horace Mc Coy. Había leído en algún lugar que tuvo gran influencia entre los existencialistas franceses, especialmente en Simone de Beauvoir. “¿Cómo pasa el tiempo?”, pensé en la mujer. “El año que viene se celebraran los cien años de su nacimiento. No somos nada”. Mi padre sonreía.–Hijo, ¿crees que saldré de ésta?
–No tengo la menor duda, papá.Lo dije para tranquilizarlo. Comencé a leer la novela. Llevaba devoradas bastantes páginas, cuando entraron las enfermeras, unas chicas jóvenes y enérgicas.–Fuera todo el mundo, que tenemos que trabajar.

Salí al pasillo. Me puse a mirar desde la gran ventana. La montaña cercana estaba cubierta de nieve. La superficie curva de la cima brillaba y destacaba a lo lejos. Era atractiva, sugestiva, vida en estado puro.

–Ya pueden entrar.

La habitación olía a limpio. A mi padre, según supe al acercarme a él, le habían echado colonia. Sonreía. Su vecino estaba acostado, se quejaba. Me acerqué a él.

–¿Qué le pasa, Adrián?
–Que le veo a usted con su padre y me da envidia. ¿Por qué no crearía yo una familia?
–No le de más vueltas. No se fatigue pensando.Volví a la lectura. Pero no podía concentrarme, como quisiera. Cuando más entretenido estaba, entraban las enfermeras con las medicinas, el termómetro o la comida. Mi padre dio buena cuenta, con mi ayuda, de la crema de verdura y del pescado rebozado. Adrián tomo un poco de pescado. Ni fui capaz de que comiera más.–Es una desgracia vivir solo. No se puede hacer una idea.

Entró el doctor. Aproveché su visita para bajar a la cafetería a comer un sándwich. Llamé a mi madre por teléfono. Estaba acostada, se había tomado un tranquilizante. No parecía que estuviese mal. Cuando subí, el médico me esperaba. Quería hablar conmigo.

–Es grave, doctor.
–Es pronto para saberlo. Lo tendremos varios días en observación.
–¿Y Adrián?
–Más que fatiga de corazón, tiene fatiga de vivir. También lo tendremos en observación.Llegó la noche y apenas había leído la mitad del libro. Adrián se negó a tomar nada. No fui capaz de convencerlo. Mi padre, después de la cena, una sopa desvaída, una tortilla y una manzana, me ofreció la mano. Se quedó dormido, con sus frágiles dedos entre los míos. Parecían los  de un  niño, tan delgados estaban. Iba a seguir leyendo, bajo la pequeña luz de la cama, cuando me llamó Adrián.–Señor, ¿puede venir aquí?

Me acerqué a su cama. El hombre sudaba.

–Estoy muy asustado.
–No tiene de qué.
–Siento que me estoy muriendo.
–No diga eso.
–Sí, lo siento. Querría hacerme un favor.
–Dígame.
–Cuando era pequeño y tenía miedo, mi madre me solía contar un cuento. ¿Puede contarme un cuento?Me senté a su lado y le conté la historia de un hombre, llamado Ulises, que, tras haber combatido en Troya, quiso volver a su casa. Cada vez que se acercaba y avistaba su hogar, un acontecimiento, un suceso extraño e inexplicable, lo volvía a alejar. Pero el hombre no se rendía y lo volvía a intentar de nuevo.–Usted cree que llegará a su casa.
–Claro.
–¿Y alguien lo espera allí?
–Su mujer, su hijo, sus parientes y sus criados.
–Entonces merece la pena el esfuerzo.
–Siempre merece la pena.Me sorprendió mi propia respuesta. Adrián se quedó callado. Luego se dio la vuelta. Volví a mi silla. A mi padre le costaba respirar, le acaricié la frente. No tenía fiebre. Seguí leyendo. Llegué hasta el final de la novela:“–¿Por qué la has matado? –preguntó el policía que estaba sentado junto a mí.
–Ella me lo pidió.
–¿Lo has oído, Ben?
–Es un chico muy servicial –dijo Ben por encima de su espalda.
–¿Ese es el único motivo que tenías? –preguntó el policía.
–¿Acaso no matan a los caballos? –respondí.”

Me quedé un rato dormido, no sabría precisar cuánto tiempo. Me desperté sobresaltado. Miré a mi padre. Dormía, con cierta placidez. Me acerqué a Adrián. No se movía. Su rostro, muy pálido, reflejaba serenidad. Llamé a las enfermeras. Vinieron y me mandaron al pasillo. Amanecía. El sol se asomaba entre la superficie helada de la montaña cercana. Pero ya no me pareció un espectáculo alegre, sino triste y frío, muy frío. “La belleza –pensé–, no está sólo en la naturaleza, sino en el corazón de las personas que luchan diariamente con la muerte y el dolor”. Se escuchaba rumor de voces, pasos en el pasillo, ni presurosos ni asustados, el chirriar de una camilla. Bajé a la cafetería a desayunar. Mi imaginación se había quedado atrapada en la visión de la nieve. Me entretuve un buen rato. El té estaba muy caliente y las pastas muy secas. Cuando subí, mi madre me esperaba, y mi padre sonreía, a pesar de los tubos. Había otra persona en la misma habitación. No lo reconocí. En cuanto saliera del hospital, estaba decidido, tomaría el tren a Madrid.