¡Viva la Pepi!

Antesala

El fin de semana que acabó ayer, Cádiz se convirtió en el epicentro de la política y la cultura española con motivo de los actos de conmemoración del Bicentenario de la Constitución de 1812. La ciudad se ha transformado en un gigantesco escenario de actos teatrales, musicales y cívicos, en los que los ciudadanos han vuelto a tomar las calles que inundaron hace 200 años, escenificando el entorno en el que tuvo lugar la aprobación de una de las Cartas Magnas más avanzadas de la época, bajo la amenaza de los cañones franceses. El Oratorio de San Felipe Neri, sede de las Cortes que la aprobaron, se ha engalanado para recibir a las principales autoridades del Estado, llegadas para rendir homenaje a los diputados doceañistas.

Nadie ha faltado a esta gran fiesta del constitucionalismo universal, a la que también se ha sumado Josefa Narváez, más conocida como “La Pepi”—encargada de la limpieza del Oratorio y persona devota de su ciudad—, a pesar del turno de noche que le han asignado durante los festejos, para que el templo de San Felipe Neri y su nuevo traje de luces, estrenado para la ocasión, pueda lucir en todo su esplendor.

Pocas personas reflejan la realidad de Cádiz como La Pepi, que suplementa su trabajo de limpiadora en el Oratorio con las horas que echa en la casa de una empleada del Ayuntamiento y del Congreso de los Diputados. En una provincia con una población activa de poco más de la mitad de sus habitantes, de la que un tercio se encuentra en situación de desempleo, los pocos que trabajan lo hacen en ocupaciones con remuneraciones tan exiguas, que requieren extender las horas de trabajo más allá de las cuarenta horas semanales que aparecen en esas leyes que están en vías de extinción. El marido de Josefa, desaparecido de las listas del paro por su condición de “desanimado”, mata las horas como tantos otros, haciendo apología de la belleza y de la importancia de su Cádiz en cualquier ocasión en la que se ponga (o no) en duda.

La alcaldesa y diputada que da trabajo a La Pepi también es un fiel exponente de la clase política gaditana. En el cargo desde 1995, acaba de superar los 16 años durante los que monopolizó la vara edilicia su antecesor quien, como ella, también simultaneó su asistencia a los palcos del Ramón de Carranza, del Teatro Falla y de la Carrera Oficial de la Semana Santa, con sus paseos por la Carrera de San Jerónimo.

Aunque ninguna de estas características es privativa de la ciudad de Cádiz. La sociedad española, o economía española—como la llaman otros—, padece unas tasas de desempleo, subempleo y desmoralización similares a las del pueblo gaditano. Por su parte, en España también es habitual la acumulación de cargos por parte de una clase política –un término que refleja a la perfección al conjunto de los políticos del país– que, en estos tiempos que corren, saturada por sus agendas, hace lo que puede para dinamizar la demanda laboral, ya sea sufragando esas horillas que le sirven a La Pepi para llegar a fin de mes, ya sea contribuyendo a engordar la cuenta de resultados del frutero del Hotel Palace de Madrid.

El desdén con el que los ciudadanos hemos elevado a la clase política al tercer escalón de las preocupaciones de los españoles, por atribuirle la responsabilidad por la situación del paro y de los problemas económicos —los dos únicos aspectos que nos preocupan aún más—, es el producto natural del hastío con el que una población castigada por la ausencia de oportunidades percibe la impunidad con la que los políticos atesoran cargos y se sirven de ellos para enriquecerse y nutrir a sus redes clientelares. La ciudadanía, a pesar de estar enfrascada en salir adelante cada día, no puede evitar preguntarse por derechos constitucionales como al trabajo o a una vivienda digna, ya recogidos en La Pepa. A la gente de a pie le importa poco la separación de poderes que ya promulgaron aquellas Cortes decimonónicas, pero mira con estupor como las mayorías parlamentarias se imponen sobre las minorías para elegir la composición de los tribunales, que acaban pronunciándose sobre mociones constitucionales con criterios ajenos al derecho, o dictaminando sobre los casos de corrupción que salpican a miembros de los poderes públicos con los que comparten afinidades u oposiciones políticas.

Movimientos ciudadanos como el del 15-M han aparecido como una vía de canalización de la frustración de la sociedad con los profesionales de la representación, a los que se niega su cualidad principal. A pesar de su fracaso como vía de expresión de la voluntad popular, algo esperable, por obvio, se ganaron la simpatía de muchos que opinaron que, a diferencia del mayo del 68 parisino, podrían haber constituido un germen para la regeneración de la política. Pero en eso se quedaron aquellas manifestaciones: en la ilusión de unos cuantos ingenuos.

La otra respuesta natural frente al hartazgo de los políticos es la de dejarse encandilar por las virtudes de los equipos de tecnócratas, por la varita mágica de los que, aparentemente desprovistos de ideología, de preferencias o de intereses, se limitan a aplicar la receta óptima para poner fin a los problemas que nos acucian. Si ellos se lo recomiendan, o se lo demandan —como habría hecho aquel dios de los juramentos de los cargos franquistas— la clase política reformará con urgencia al grito de ¡Vivan las Cadenas! la anteriormente sacrosanta Constitución, máximo exponente de la soberanía de un pueblo al que no se le consulta, para privar al Parlamento de alguna de sus funciones de acuerdo con las prescripciones de los expertos.

Dadas las circunstancias, es normal que el pueblo español, o el gaditano, se eche a la calle a celebrar cualquier cosa o a jactarse de la importancia y de la belleza de lo suyo, porque en realidad sale a ocupar su tiempo de la única manera que le han dejado. Pocos se creen el legado de la Constitución Liberal, la democracia cuatrienal, o las pantomimas de políticos profesionales al servicio de sí mismos.  A fin de cuentas, La Pepi —y otras como ella— son las únicas que habrán contribuido al crecimiento del producto interior durante los fastos de El Doce. Ahora que está tan de moda la cantinela de remunerar a cada cual según su productividad, se impone recordar aquel clamor que llevó “El Selu” al patio de butacas del Falla hace unas pocas semanas y acallar el grito de ¡Viva la Pepa! con el de ¡Ignorantes! ¡Viva la Pepi, que es la que lleva to esto p’alante!