¡Saca al inmigrante que hay en tí!

Erika Fontalvo Galofre

¿Quién es el valiente que se atreve a reconocer que España y el resto de Europa se acercan peligrosamente a la xenofobia como una forma de cuestionar y hasta rechazar la presencia de inmigrantes en su territorio ?

Apuesto que nadie se atreve a poner el dedo en la llaga y a reconocer que los Sergi Xavier M.M. no son tan pocos como imaginan los “españoles de bien”. Esos hombres y mujeres que creen que es suficiente con exclamar un “pobrecita” al ver las imágenes de la infame paliza que el cretino en cuestión le dio a una indefensa menor ecuatoriana en un vagón del metro de Barcelona.

Ahora resulta que el execrable incidente resulta vilmente matizado por el agresor al señalar que lo cometió en estado de beodez: “No sé lo que pasó, iba borracho y punto. Ni me acuerdo casi de lo que pasó. Cuando tú vas borracho, depende cómo vayas, no sabes lo que haces. Se me ha ido la olla pero mucho. Nunca había tenido un comportamiento similar, ni racista ni nada”, puntualizó no sin antes insultar a los periodistas que se agolpaban en su casa en la Colonia Güell de Santa Coloma de Cervelló.

Su salida fue tan facilista que rayó en la ignominia, hasta alguno habrá sentido consideración por este miserable que se levantó de la silla y tras mirar que no había nadie que pudiera defender a la menor, arremetió contra ella agrediéndola sin razón. Ah perdón, cierto que hay un motivo, por lo menos a juicio de este degenerado: la joven es inmigrante, su piel no es tan clara, su pelo no es tan rubio como el suyo, no habla como él, no nació en su país o quizás sí, pero su apariencia dice lo contrario.

Sí sí, muchos habrán pasado página de lo ocurrido ese 7 de octubre en el trayecto de Plaza de España a Martorell, pero los que somos como ella, los que “parecemos diferentes” porque lucimos como esta menor ecuatoriana, los que dejamos nuestro país para venir aquí a buscar una nueva forma de vida, aún sentimos en nuestra cara los golpes del racismo, la agresión xenófoba, los gritos de “inmigrante, vete a tu país”. Y no saben cómo duele eso.

Duele en lo más profundo del alma y hace daño, un infinito daño porque estamos aquí ante la imposibilidad de quedarnos en nuestros países al lado de nuestras familias e hijos, a los que en muchas ocasiones dejamos de ver durante largos años. Duele y deja heridas difíciles de cerrar porque de nada sirve el amor y la dedicación con la que cuidamos a sus niños y a sus ancianos como si fueran nuestros propios seres queridos, nuestra propia sangre. Seguimos siendo “extraños y diferentes”, los sudacas de mierda que están arrebatando el empleo, los cupos escolares, las ayudas en vivienda y educación y hasta la posibilidad de acceder a los servicios médicos a media España.

La actitud de este miserable, de este Sergi Xavier M.M. nos desdibuja el futuro, nos deja sin posibilidades, nos revuelve las ganas de devolvernos a nuestros países, nos mata la ilusión por ser uno más en esta tierra a la que le estamos dando tanto: desde riqueza y crecimiento económico pasando por un incremento en las tasas de natalidad hasta nuestras propias vidas que se quedan en las obras de la construcción que aseguran el desarrollo de la España pujante y moderna.

Hoy en el metro y en el autobús, porque yo los tomo a diario, los inmigrantes – más que todos los días, íbamos en silencio, pensativos y hasta doloridos, como intentando que no nos vieran, como tratando de hacernos invisibles para no molestar con nuestro olor a cocina, a trabajo duro y mal pagado a la señora que muy perfumada se sienta a nuestro lado leyendo un libro en francés, o al joven que nos mira con desprecio porque nuestra ropa está sucia y luce vieja. Ah, claro y no llevamos el iPOD más ruidoso del mercado.

Deseando que la tierra la tragara debía estar la chica ecuatoriana ese domingo en el vagón del metro tras escuchar la conversación racista del desalmado que segundos después, sin mediar palabra, la atacó. Lo más triste, es que así inerme, casi en estado de pánico, incapaz de hacer algo – cada quien es dueño de sus miedos – permaneció el joven, también inmigrante, que fue testigo del hecho sin atreverse a mirar, sólo escuchando los gritos del bárbaro agresor y los de su víctima. 

Acostumbrados a las injusticias como estamos – nunca olviden que la desigualdad, la corrupción y la pobreza de nuestros pueblos nos han traído hasta aquí – esta nueva afrenta es un duro golpe a nuestra propia condición de españoles. Muchos ya lo somos pero ¿estamos acaso condenados a que nunca se nos reconozca? Qué más debemos hacer para evitar que los Sergi Xavier M.M. nos conduzcan al desasosiego de pensar en nuestros hijos como sus futuras víctimas?

Cuando nos han necesitado, siempre hemos estado allí: para trabajar, para divertirnos juntos, para defender España – 4 militares de origen latinoamericano han muerto en los últimos 3 meses en ataques a las misiones en el exterior – para manifestarnos contra el terrorismo, para construir juntos el futuro de esta nación, así que ¿por qué tenemos seguir siendo ciudadanos de segunda categoría? ¿Por qué para tantas y tantas personas somos un problema o en el mejor de los casos, sólo un par de brazos o piernas sin sentimientos ?

Tenemos los mismos deberes y derechos que cualquiera de ustedes, nos esforzamos por estar a su nivel – aunque difícilmente nos lo reconozcan – , aportamos a este país todo lo que podemos y nos sacrificamos sin medida porque también debemos velar por el desarrollo de nuestros propios hogares que están lejos de aquí. La tragedia de la distancia se profundiza cuando nos sentimos rechazados y sólo pensamos en salir corriendo, pero la necesidad tiene “cara de perro” y hacemos de tripas corazón, nos guardamos las lágrimas y salimos adelante porque como decimos coloquialmente, “pa’ lante es pa’ allá”.

¿Es tan difícil de entender?

Es prioritario que el país tome en consideración la escalofriante agresión de este joven de sólo 21 años contra la menor ecuatoriana. Sorprende y aterra la indiferencia de muchos ante este acto infame que pone al descubierto la falta de sensibilidad frente a la diversidad que ha traído consigo el fenómeno de la inmigración, la inmigración pobre y necesitada, no la de los grandes capitales que escoge España como su segundo hogar por conveniencia o puro placer.

Piensen por un momento, ¿qué pasaría si ustedes fueran esa chica, qué sentirían ahora, que sentimientos albergaría su corazón, sentirían miedo, cómo volverían a su vida normal?

Es una situación muy grave para que no tenga dolientes, para que nadie se ocupe de ella. No se trata de un problema que deban resolver las autoridades, los grupos que actúan contra el racismo o los colectivos de inmigrantes. Españoles y extranjeros tenemos que revisar cuidadosamente cuál es la escala de valores sobre la cual están fundamentados nuestros principios, los mismos que estamos transmitiendo a las nuevas generaciones.

En España, hay un número indeterminado de personas de distintas nacionalidades, razas, credos, idiomas y edades que hemos sido víctimas de un gesto de racismo por parte de un español: nos gritan inmigrantes como si eso fuera un insulto, nos miran con desprecio y hasta nos tienen miedo.

Ya es muy duro no ser de aquí, luchar por demostrar nuestra valía, buscar una oportunidad y trabajar en un medio hostil mientras se vive con el corazón al otro lado del Atlántico – en el caso de los latinoamericanos – para que ahora tengamos que defendernos de seres como Sergi Xavier M.M o similares.

Estamos asistiendo a una sociedad enferma de soberbia que de repente perdió la memoria y no recuerda lo bien que fueron acogidos en todo el mundo sus emigrantes, especialmente en Latinoamérica. A algunos de nosotros no se nos olvida y creemos que es imprescindible recordarlo.

Hoy me siento igual de destrozada que la chica ecuatoriana, como ella yo, y todos los que somos inmigrantes en este país, viajábamos en el vagón de ese tren, su dolor y desesperación los compartimos plenamente. Sólo deseamos que esta situación no vuelva a repetirse porque cada vez que sucede, se agranda la desafortunada brecha que nos separa y que amenaza con quedarse ahí para siempre.