¡Que alguien escuche a esos policías!

Jelloun

La noticia apenas se recogió en discretos rincones de nuestros periódicos y no creo que se hiciera eco de la misma algún noticiario televisivo. Sin embargo, creo que bien hubiera merecido un poco de atención y reflexión. El diario The Independent informaba la pasada semana de que uno de los más veteranos comisarios jefe de la policía del Reino Unido, Richard Brunstrom, abogaba por liberalizar el consumo de drogas en este país, argumentando que nunca han estado tan disponibles en el mercado ni tan baratas a la vez que calificaba de ‘fracaso’ la actual guerra contra las drogas, basada en la prohibición de su consumo y distribución.

”Si la política de drogas debe ser en el futuro pragmática y no moralista o dogmática, habrá que acabar con la actual postura prohibicionista por inmoral e inviable y sustituirla por un sistema unificado basado en pruebas y que incluya el tabaco y el alcohol, destinado a minimizar los daños a la sociedad”, afirmaba el veterano policía.

Los datos recordados por este funcionario, referidos en concreto a Escocia, son demasiado apabullantes: frente a  un total de 13.000 personas fallecidas a consecuencia del tabaco y de más de  2.000 víctimas del alcohol, las drogas ilegales mataron, por el contrario, apenas a  350 personas. Sin embargo, y pese a la desproporción de los daños, la posesión de drogas como la cocaína o la heroína, puede ser sancionada  en ese país, con pena de catorce años de cárcel y su suministro incluso con cadena perpetua.

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El consumo de drogas en Inglaterra y Gales tiene para el país, según el policía Brunstrom, un coste económico anual de 17.000 millones de libras (casi 25.000 millones de euros), de los que un 90 por ciento corresponden a actividades delincuentes. Pero, además, el jefe de la policía recordaba -con sinceridad inusual- cómo la prohibición ha creado una crisis en el sistema penal, ha desestabilizado a países enteros –los productores- y ha erosionado los derechos humanos en todo el mundo. Frente a este estado de cosas, la legalización y regulación que propone, ayudaría al Gobierno a “reducir drásticamente la delincuencia relacionada con las drogas y permitiría dedicar a programas de reducción del consumo y tratamiento de los toxicómanos muchos fondos que hoy se emplean en combatir esa criminalidad”.

En realidad, no es el primer mando policial británico que se pronuncia en ese sentido, saliéndose de la rutinaria repetición del discurso oficial sobre la lucha contra las drogas. Poco tiempo atrás, en una entrevista en la BBC era un  destacado oficial de la policía escocesa, el señor John Vine, quien preconizaba un  debate sobre la política respecto a las drogas ilegales declarando que el trabajo de  las fuerzas de seguridad solas no está funcionando y que debería pensarse en otras iniciativas, incluyendo  la prescripción de drogas a los usuarios.

“No creo que vamos a vencer la guerra contra las drogas sólo con la represión”, dijo Vine. “Necesitamos seguir ese esfuerzo y asegurar a las comunidades que vamos a socorrerlas cuando lo precisen, pero también necesitamos dialogar con los políticos y las autoridades sanitarias para ver si podemos hacer algo diferente para reducir la demanda de drogas”, dijo, añadiendo que “prescribir drogas podría ser algo en que las autoridades sanitarias podrían pensar”. Y se mostraba dispuesto a que en su zona se pudiera experimentar alguna iniciativa en ese sentido, aun reconociendo que la suya pudiera no ser, aún, una idea muy popular.

Son reflexiones sensatas, importantes por venir  de gentes que se enfrentan a diario a este problema, en la primera línea de combate, la menos agradecida,  y que, de momento, se estrellan contra la cerrazón del discurso instalado en los gobiernos. Por lo que respecta al Reino Unido, parece que el primer ministro Brown sólo piensa en endurecer la legislación –que ya es asfixiante-,  mientras la oposición conservadora fantasea con  la introducción de nuevas barreras policiales para frenar la imparable marea del narcotráfico. Compitiendo por mostrar inflexibilidad y “dureza”, unos y otros se empeñan en invertir más y más en políticas ya fracasadas, desoyendo esas voces que al menos tratan de abrir un debate social sincero sobre el problema.

En realidad, parece que la gran mayoría de las personas con conocimiento sobre el asunto o que están involucradas en el mismo, ya se trate de jueces, abogados, médicos, periodistas, o policías, comparten, cuando se expresan libremente o en voz baja –esto es,  sin sujetarse a las hipócritas convenciones de la  corrección política-  que no hay más salida que la despenalización. Claro que si la cuestión se plantea, digamos, a la Comisión  Antidrogas de la ONU, donde hay 1.200 ó 1.300 personas que viven de la persecución de la droga, la respuesta será siempre negativa.

Conviene no olvidar que la prohibición y persecución, que apenas tiene un siglo de antigüedad, nacieron en los Estados Unidos, promovidas no por médicos o higienistas preocupados por los daños que causaba la droga -porque sólo causaba problemas a unas cuantas personas-, sino por sociedades de ultraderecha americanas, por misioneros y círculos puritanos, siendo pensado expresamente -en palabras del reverendo Wilbur S. Crafts, director del lnternational Reforin Bureau en tiempos de T. Roosevelt- “para celebrar el segundo milenio de égida cristiana sobre el planeta”. Fueron los mismos que promocionaron la prohibición del alcohol en su día.  El afán prohibicionista creció en los Estados Unidos al ritmo en que iba alzándose al rango de superpotencia lo que facilitó su expansión. 

Desde el momento en que se prohibieron las drogas no  ha hecho más que promoverse lo contrario de lo que, supuestamente, se pretendía. El prohibicionismo en materia de drogas es -cada vez más- un remedio que agrava el mal en lugar de evitarlo; su vigencia sostiene imperios criminales, corrupción, envenenamiento con sucedáneos y meros venenos, hipocresía, marginación, falsa conciencia, suspensión de las garantías inherentes a un Estado de Derecho, histeria de masas, sistemática desinformación y -cómo no- un mercado negro en perpetuo crecimiento. Los millones de personas que mueren o son encarceladas, chantajeadas y expropiadas cada año en el mundo, y los muchos millones más expuestos cada día a semejante suerte no son un argumento pequeño.

Más allá de la evidencia del fracaso de tal persecución, de lo contraproducente de la misma, de su coste económico y social, de los dramas humanos individuales y colectivos que provoca (piénsese en países como Colombia o México) lo que está en juego es, también,  una cuestión de derechos civiles.  Como decía a este respecto Fernando Savater, uno de los más decididos abanderados de esta causa,  “todo lo que tiene abuso ha de tener también uso; ningún abuso resulta personal y colectivamente tan nocivo como el de la autoridad que prohíbe a los ciudadanos los usos en nombre de los posibles abusos, intentando salvar a cada cual de sus propios deseos en lugar de educarle para desarrollarlos sensatamente.”

Por eso, no es acertado hablar tanto de “legalización” como de “despenalización” de las drogas. “Sólo se puede legalizar, autorizar o negar aquello que está en manos de la autoridad, mientras que las drogas están en el mundo. Es lo mismo que si una montaña, porque hubiera muchos alpinistas que mueren subiendo a ella, la prohibiesen; podríamos penalizar el acceso a la montaña, lo que no se puede es legalizar la montaña o ilegalizarla, porque la montaña no está en las atribuciones del jurista. Las sustancias de la naturaleza tampoco están en las atribuciones de los juristas”.  Las drogas están en el mundo, en la naturaleza, las fabricamos – el siglo XX ha sido el siglo de la química-, y lo que podemos es penalizar su uso, arbitrariamente, que es lo que ocurre hoy, o despenalizarlo.

Concluyo esto que no pretende ser más que un pequeño homenaje a esos policías británicos por decir en voz alta lo que tantos saben ya pero callan, con una cita de otro gran “francotirador”, Tomás Szasz, uno de los (escasos) liberales auténticos: “Voltaire dijo, `Desapruebo lo que decís, pero defenderé hasta la muerte vuestro derecho a decirlo´. Pero, hoy día, ¿quién dirá: `Desapruebo lo que tomas, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a tomarlo´?… En una sociedad libre, la idea que un hombre meta en su cabeza no es asunto del gobierno; tampoco debería serlo la droga que introduce en su cuerpo”.