¡Muera la hekonomía!

Sicilia 

La economía trata de explicar, ni más ni menos cosas tan dispares como por qué se aprecia o deprecia una moneda, cual es al relación entre el salario y el empleo en un mercado, por qué la gente decide formarse en lugar de trabajar o viceversa, cual es la relación entre tipos de interés y crecimiento económico, cómo podemos desde la regulación fomentar que las empresas inviertan mucho, o tengan incentivos a bajar sus precios, qué efectos tiene que los impuestos sean así o de otra manera, qué va a pasar mañana con las variables relevantes que describen una economía, etc. Eso entre otras muchas cosas; no es, por tanto, precisamente modesta en sus aspiraciones.

 

La economía no puede usar laboratorios, es decir, es imposible comprobar en condiciones controladas lo que sus teóricos proponen. Debido a, y sumado a, que su objeto de investigación al final, siempre tiene que ver con las facetas del comportamiento humano, esto resta a sus conclusiones la estabilidad y la certidumbre de las que gozan las ciencias duras, las “de bata blanca” como la física, la química, incluso la medicina o la biología. Por eso pertenece a lo que se denomina “ciencias blandas” o “ciencias sociales”.

 

Había una vez cierto sastre, a quien un atildado señorito hacendado no dejaba tomarle medias por asco a que le tocase un hombre de condición social inferior. Esto obligaba al sastre a tomar las medidas a la imagen reflejada en el espejo.

 

Los economistas saben que se parecen a este sastre. Por diversas razones, no se puede llegar a tocar de verdad el objeto de nuestra preocupación, y no queda más remedio también que tomarle las medias al espejo, solo que en muchas ocasiones el espejo es borroso, o deforma la imagen, y la regla, encima, está torcida o tiene las unidades borradas. Con todo, siguen al asunto porque una aproximación a algo es mejor que nada de nada, o puede que incluso sigan porque al fin y al cabo, no se valga para otra cosa, a saber.

 

Pero la economía, a diferencia de la física o la química, maneja conceptos que afectan mucho a nuestra vida cotidiana, incluso algunos son producto de decisiones humanas, o más aun, de decisiones humanas que tienen que tomar la gente con poder: “impuestos”, “salarios”, “precios”, “empleo”, “crecimiento”, “supervisión”, etc, mueven decisiones, reflexiones y emociones.

 

La gravedad, la intensidad de campo magnético o la densidad de un fluído, no. Por eso los políticos llaman a los economistas mucho mas que a las “batas blancas”. Por eso hay una economía política, o política económica y no una física política.

 

La economía política o la política económica tiene una razón de ser. El que una manera de organizar una sociedad lleve aparejada una manera de organizar la economía no es nada extraño, de hecho, es inevitable. Asimismo parece lógico tratar de predecir el impacto que en la actividad económica, o en las finanzas públicas, pueda tener un cambio organizativo determinado. También suena razonable que tengamos sometidas a observación ciertas variables económicas por si estas tuvieran evoluciones extrañas que pudiesen estar anticipando problemas, o revelando fortalezas, por qué no.

 

Lo malo es que en un momento dado de la historia reciente, que podríamos situar, por ejemplo en el final de la década de los 70, poco a poco se empezaron a generar ciertas dinámicas económicas y sociales cuyo resultado final fue doble:

 

  • La evolución de ciertas variables empezó a adquirir una importancia superior a todo lo demás.
  • El poder político pasó de ser responsable de las decisiones que tomase, a ser causante directo de cualquier dato económico ocurrido en su mandato.

 

El corolario desafortunado de ambas circunstancias es que pasamos de un régimen donde las diferencias en cuanto a cómo organizarse eran lo distintivo, a un régimen donde cualquier movimiento viene precedido de abundante propaganda de datos económicos que, en realidad, nadie controla, o seguido de toda una serie de presuntas relaciones con variables económicas que lo justifican, o lo impiden.

 

La economía pasó de ser una actividad destinada a averiguar como funciona el mundo para ser más útil a los hombres, a convertirse en el fiel de una balanza trucada. Nació la “hekonomía” una especie de disciplina mística hipertrofiada, cuyos mecanismos no importa conocer muy bien, pero cuya sola mención puede abatir al más poderoso, encumbrar al más modesto, santificar al abyecto o demonizar al hombre más recto.

 

Así se matiza al Pinochet dictador y homicida, por los datos de crecimiento de Chile bajo su mandato, mientras crecía la desigualdad social y se llenaban cárceles y cementerios.

 

En un ejemplo de menor intensidad dramática, pero similar en la génesis “hekonómica”, prácticamente cualquier gobierno de cualquier país occidental que haya gobernado en el periodo del 1996 a 2000 o de 2001 a 2007 será recordado como un gobierno “bueno” solo por haberse beneficiado de una coyuntura mundial irrepetible (e incontrolable a nivel local), mientras nos encaminábamos al mayor castañazo desde el 29.

 

Y en dirección contraria, Gordon Brown, autentico cíclope intelectual, paga pecados que no son suyos, por pasar por ahí a destiempo, a cuenta de las relacionas causales tiránicas, aunque torcidas que la “hekonomía” impone.

 

Más refinadamente, en un impecable ejemplo “mikrohekonmiko”: “Esta perfectamente justificado que el primer ejecutivo de una compañía cobre cientos de veces más que sus trabajadores porque su aportación al resultado de la empresa es mayor exactamente en esa proporción”.

 

Incluso hasta hace un par de años todo parecía indicar que el poder político se encaminaba a poco más que eso, a presidentes o primeros ministros que salieran declamando los datos de crecimiento, paro y déficit de cada país, siendo aplaudidos o abucheados en función de si superaban o no unos umbrales. Ni siquiera a explicar porqué se producen, o qué se puede hacer al respecto. “Hekonomía” en su faceta propagandística.

 

 En una metáfora repetida hasta la nausea, se dice que el ideograma chino para “crisis” y “oportunidad” es el mismo. Muchas cosas serían bueno que cambiasen en este periodo para evitar cometer errores que nos han llevado a la presente situación, aprovechemos la oportunidad. Ojalá que desaparezcan visiones erróneas de cómo funciona el mundo, inspiradas más por justificar ciertas situaciones ilógicas que por su acierto a la hora de diagnosticar el problema. Háganse las economías mas robustas, búsquese modelos de crecimiento más sanos y equilibrados, sea el mundo más justo, y el ser humano mas benéfico, lo que sea. Todo ello es oportuno, pero yo me hago votos también porque muera para siempre la hekonomía, uno de los sueños de la razón que más monstruos ha producido en los últimos años.

 

Cuando nos quitemos de encima su pesada y agobiante sombra, es posible que, de nuevo, política y economía puedan ocupar el espacio que les corresponde y dedicarse las dos a hacer un mundo más razonable.