¡Maravillosas contradicciones!

Polonio 210 

Seamos honestos y claros: ser de izquierdas es tremendamente jodido. Algo muy cansado.  A veces, hasta aburrido. A diferencia de las personas que se declaran conservadoras o liberales, y de alguna extraña eurodiputada con el don de la ubicuidad, a nosotros, seres indefensos y melancólicos, eternos nostálgicos del paraíso perdido, pobres criaturas, rojos eternos, se nos pide la máxima coherencia diaria y la coherencia  -esa maldita dama-  es un  gólgota que sufrimos a diario en silencio, toda la vida, sin un mal gesto ni una mala palabra. Valientemente. Nos. Pero muy jodidamente. También nos. (Coherencia: enfermedad que el cristianismo ha conservado hasta nuestros días y que nos persigue como un tango desde que algún negrito de �frica engañado dijera aquello de: “Cristo fue el primer socialista�, y otro que tal, seguramente parecido a Pepiño Blanco, se lo creyó).

Digresión-1: Detesto a los curas progresistas y su eterna manía de mezclar los vinos de mesa sin consultar al cliente. Un cura progresista es como tomarse una ración doble de salvación condimentada con la famosa salsa “sentimiento de culpa�. Seguro que todos ustedes conocen esa salsa. Seguro que alguna vez la han tomado. Compadezco a Ratzinger  por aguantar a estos tipos: hace bien en expulsarlos del templo. Yo, cuando alguna vez dudo de la coherencia de mis actos progresistas, de la coherencia de mis pensamientos progresistas con mis actos progresistas, de mi mismidad progresista, pongo la COPE, la emisora hermana, ya saben, toda tranquilidad, escucho tres minutos al pequeño talibán, y salgo recuperado de todas mis contradicciones. Desde ese momento ya puedo opinar coherentemente, “socialísticamente�, “progresísticamente�, si me permiten el concepto conceptual.  Soy un hombre nuevo y limpio, en cualquier caso.  

(Pero ese es otro tema, otro artículo. Yo no he venido aquí para hablar de mis problemas personales y psicológicos como algunos de ustedes hacen en este blog todos los días: y no me gusta señalar a nadie con el dedo acusador). 

Aclaremos antes de seguir: ni Cristo fue socialista ni la Falange quiso nunca nacionalizar la banca. Esas son dos estupideces que sólo Sánchez Dragó sostiene gracias a su prosa subvencionada y televisiva: que le den dos duros más a Dragó y a su prosa si tiene problemas de autoestima. 

Y después de la coherencia vienen los principios, los malditos principios. Si usted es socialista, como es mi caso, sabrá de lo que hablo. Por ejemplo: usted tiene una casa en propiedad y la quiere vender. La compró en 10 hace cuatro años y  un funcionario interino del  ICO, experto en el método hamburgués, lector asiduo de Espido Freire (hay gente muy rara), buena persona y algo débil de carácter, se la quiere comprar en 80. ¿Qué hace? ¿La vende o no la vende? ¿Dijo algo Marx de este tipo de plusvalías de andar por casa, nunca mejor dicho, o forma parte del usual corpus doctrinal socialdemócrata? 

¡Maldita especulación, cuándo se acabará!

Y así siempre, pendiente de los principios, a cada instante, en cualquier detalle: ¿es socialista tener un seguro privado de asistencia sanitaria? ¿Hasta qué cilindrada de coche somos coherentes con nuestros principios socialistas o los traicionamos? ¿Y el marisco: se puede comer marisco sin ser criticado ni señalado por el maldito dedo acusador? ¿Llevar a clase de esgrima al puñetero niño es una forma de revisionismo ideológico o puede pasar hasta nuevo aviso conceptual? Y no digo nada en el tema feminista: ¿es machismo decir que la Pataki está como un tren y contemplar orgulloso y feliz sus dos hermosos argumentos robados? Y, ya que estamos profundizando en cuestiones básicas: ¿es de buen socialista el uso y disfrute de la pornografía y sus efectos colaterales sin pensar en la lucha de clases? Es una pregunta teórica, aclaro, yo no…

No quisiera seguir insistiendo, e insistiendo, en la herida conceptual que nos mina y que es conocida por todos ustedes. Este blog es un lugar de encuentro y claridad y hoy es mi día y aquí estoy generosamente para mostrarme tal como soy: Ecce Homo.

Digresión-2: Mi vecino de escalera me lo recuerda siempre cuando me ve: cómo vas a ser socialista si te gusta el güisqui  más caro. Y eso un día y otro día duele en lo más profundo. Mina el pensamiento. Hay que estar muy preparado ideológicamente para resistir tanto ataque injusto nada más levantarte, en pleno ascensor, sin el primer café. Y qué le vas a contestar: nada, lo dejas pasar. Simplemente, amigo como es, el único vecino de escalera que te habla, le invitas a tu mejor güisqui, el más caro, y ves los partidos del domingo junto a él: es lo que conocemos conceptualmente como “compromiso histórico�. 

Y es a este punto clave donde yo quería  llegar: el fútbol. El fútbol como gran pilar de nuestros principios, como perfecta metáfora del paso del tiempo en la coherencia de nuestra mismidad progresista. Ya sé que la nueva corriente ideológica admite este tipo de perversiones colectivas, de ficciones salvadoras sin el “yo pecador�, obligado siempre en otras religiones contrastadas y subvencionadas, pero ¿se acuerdan cuando ver correr a Gento, “La Galerna del Cantábrico�, por el banda del antiguo Bernabeu, era causa de repulsa ideológica? Aquella clandestinidad clandestina era maravillosamente excitante, reconozcámoslo. Seamos honestos una vez más. Sigamos honestamente nuestro camino. ¡Sigamos compañeros! ¡Venga! 

(Principios: ocurre con los principios lo mismo que con el colesterol: lo hay bueno y lo hay malo. O eso dice mi médico de ambulatorio y don Fernando Savater. Es un tema poliédrico, añade Gabilondo (Ignacio). En mi caso es terrible: cuando en el Partido teníamos prohibido el fútbol yo lo jugaba clandestinamente y ahora, que está permitido, me aburre. Me empieza a ocurrir lo mismo con los principios y la maldita coherencia. También con Savater. Recordar: subir precio casa algo más antes de elecciones municipales). 

Ya ven lo complicado que es todo. Lo cansado que es ser un progresista en este inicio de siglo. Me río yo de los revolucionarios del 17. Eso sí, la coherencia y los principios siempre encierran una maravillosa perversión, un estupendo postrecito, un placer íntimo: traicionar a bocaditos pequeños, en pequeñas dosis, todas y cada una de nuestras ideas, de nuestros principios, de nuestra coherencia. Es lo bueno de las contradicciones, siempre tan maravillosas. Tan suyas. Siempre ahí para indicarnos el camino correcto. Que no falten nunca.