¡¡Mariano!!

Ignacio Sánchez-Cuenca 

 

Tras la segunda victoria consecutiva de Zapatero en las elecciones generales de marzo de 2008, el Partido Popular supo aprovecharse de la falta de reflejos del Gobierno ante los signos cada vez más evidentes de que la desaceleración económica era mucho más profunda de lo que se había previsto inicialmente. El Presidente se metió él solito en un tira y afloja absurdo con parte de la opinión pública y publicada a propósito del uso del término “crisis”. Tuviera o no razón, Zapatero parecía más preocupado por asuntos semánticos que por reaccionar ante las malas noticias económicas. Falto de una estrategia coherente, el Gobierno se dedicó a aprobar una serie deslavazada de medidas parciales que no consiguieron transmitir la sensación de un plan creíble de acción.

 

El PP acertó al explotar esta reacción extraña de Zapatero, como se puso de manifiesto en la caída en las encuestas tanto de la valoración del Presidente como de la intención de voto al PSOE. Los socialistas tenían buenos motivos para estar preocupados, puesto que además Mariano Rajoy había salido airoso de una crisis interna en su partido, realimentada y amplificada por los medios más próximos a la ultraderecha como El Mundo, la COPE o Telemadrid. Cuando nadie daba un duro por Mariano, este consiguió imponerse dentro de su partido y nombrar un equipo de su confianza con aires de renovación. Se quitó de encima a todos los aznaristas, haciendo una extraña excepción con él mismo. Y aunque pareciera un poco raro que fuese el elegido por Aznar quien limpiara el partido de personas de la confianza de Aznar, como Acebes, Zaplana o Astarloa, el hecho es que se rodeó de gente algo más joven y supuestamente algo más civilizada.

 

Y así llegamos al final de las vacaciones, con unas condiciones extremadamente favorables para el PP. Sin embargo, en unas pocas semanas, la situación se ha invertido por completo. Así ha ocurrido, de forma un tanto paradójica, cuando ha quedado claro que la crisis económica era un fenómeno de dimensiones planetarias y no el resultado de una mala gestión del Gobierno de España. Cuando en octubre se produjo el colapso del sistema financiero de Estados Unidos, arrastrando a los mercados financieros del resto del mundo, el discurso de que nuestra situación económica se debía a los errores de los socialistas empezó a sonar un poco atrabiliario. Durante meses, hubo analistas y editorialistas que se inventaron la fantástica teoría de que el cambio de ciclo en España se debía a la incapacidad de Zapatero para pronunciar la palabra “crisis”. En pocos días, todas aquellas especulaciones ridículas quedaron en el olvido ante las noticias abrumadoras sobre el estado mundial de las finanzas.

 

Lo que ha salvado a Zapatero ha sido el dato incontrovertible de que la crisis no era un asunto interno de España. De repente, Mariano se quedó sin discurso y empezó a perder el crédito que había empezado a acumular desde su segunda derrota consecutiva en las elecciones generales. Zapatero, en cambio, metió la directa y reaccionó rápidamente tras el anuncio de intervención masiva en el sistema bancario en Estados Unidos. De modo parecido a lo que le ha sucedido a Gordon Brown en Gran Bretaña, la crisis ha sido una oportunidad para ejercer el liderazgo y aparecer como un político preocupado por la situación de los más desfavorecidos. El PSOE ha cambiado el discurso “negacionista” del principio por un discurso completamente distinto en el que se presenta como el partido mejor preparado y con mayor sensibilidad para ayudar a las personas golpeadas por la crisis. De ahí que se haya comprometido a mantener el gasto social y haya instrumentado medidas para ayudar por ejemplo a los parados que están hipotecados por la compra de pisos.

 

Esta nueva situación le ha pillado a Rajoy con el paso cambiado. Sus primeras reacciones fueron memorables: Zapatero se iba a repartir con sus “amiguetes” de la banca unos milloncejos de euros a costa de los sufridos ciudadanos. Luego vinieron las propuestas de ese lince de la economía que es Cristóbal Montoro (sí, el ex Ministro al que le estalló en la cara el escándalo de Gescartera, en el que estaban envueltos importantes altos cargos de su ministerio), consistentes en bajar los ingresos, reducir el presupuesto… y mantener las políticas sociales.

 

Rajoy se ha encontrado en una situación imposible. Su plan de cambiar el registro de la oposición ha chocado con la tentación de dejar sólo al Gobierno y desgastarlo todo lo posible echándole la crisis encima. No es de extrañar que en estas condiciones el PP haya vuelto a sus obsesiones de antaño y haya permitido que de nuevo los periodistas ultraderechistas le marquen la agenda. Primero ha sido la campaña fallida de ridiculizar a Zapatero por sus afanes en conseguir hueco en la cumbre de Washington. El amigo de Chavez y Castro, aislado internacionalmente, al final ha logrado sentarse en la reunión, para desesperación de nuestra derecha. Segundo, el PP ha tenido una de sus reacciones desaforadas ante la iniciativa de Garzón de juzgar los crímenes contra la humanidad del régimen franquista. No han estado solos: escépticos conservadores de toda condición (incluyendo, cómo no, a algún filósofo cascarrabias) han acompañado a la derecha en el intento de deslegitimación de la  “garzonada”, como ellos acostumbran a decir. Tercero, y bordeando el esperpento, el PP la ha tomado con el pobre Miquel Barceló. Los populares vuelven a estar donde solían: en posiciones netamente reaccionarias, sin un discurso alternativo ante la crisis económica, y con peleas internas. Mariano, que parecía levantar a cabeza, vuelve a ser un cadáver político. Mi impresión es que terminará quitándose de en medio antes de que otros le obliguen a hacerlo.